La tejedora de verdades del abismo: Stella Pulido y la reconstrucción del alma de Lengupá (Boyacá)

May 29, 2026

Crédito foto: Razón Pública

Noticias más recientes:

La tejedora de verdades del abismo: Stella Pulido y la reconstrucción del alma de Lengupá (Boyacá)

  • La provincia de Lengupá acoge siete municipios que han sido escenario de diversas violencias en el marco del conflicto armado durante los últimos 70 años, desde la guerra bipartidista hasta el paramilitarismo. 
  • En Miraflores (Boyacá) se encuentra el centro de memoria de Lengupá, lugar de memoria en el que Stella Pulido recopila testimonios de víctimas, rescata la memoria histórica y enfrenta el olvido institucional.

En la geografía quebrada de la provincia de Lengupá, Boyacá, el verde de las montañas no es solo un color: es un manto que cubre silencios de décadas, secretos que el tiempo se ha negado a borrar.

En Miraflores, un municipio que parece suspendido entre la neblina y la historia, vive Stella Pulido, una mujer que tiene por misión evitar que el olvido se trague las verdades de su territorio. Stella no es solo una líder social; es una cartógrafa de la memoria que busca en los escombros del pasado las piezas para armar un futuro de paz.

«Lengupá es un territorio bello porque su geografía lo demuestra —comienza diciendo Stella con una voz que arrastra la sabiduría de quien ha visto mucho, desde la violencia bipartidista hasta el yugo paramilitar—, pero también con historias no muy bellas, pero que tenemos que aprender a vivir con ellas y sacar lo bonito».

El origen: una herencia de rebeldía y reconciliación

La historia de Stella no se puede contar sin la de su madre, Tránsito Pulido, una mujer que en los años 50 desafió a la violencia bipartidista. «Mi madre fue la primera mujer que se atrevió a pensar distinto y a expresarlo públicamente, cosa que en esa época no era muy grata», relata Stella con orgullo al referirse a este periodo en que el disenso femenino era visto como una afrenta a la moral y el orden.

Su madre pedía que dejaran regresar a su esposo liberal: «Sintió que tenía un derecho y era el derecho a tener su familia». La persecución no tardó en llegar: la Iglesia le cerró las puertas y le negaron el acceso al mercado local. Tras un altercado en el que reclamó por el abandono institucional y cuestionó a la Iglesia por la segregación a los liberales, la madre de Stella fue encarcelada, dejando a sus hijos en la calle. «Mis hermanitos quedaron solitos. Llegaron allá, donde la tenían encerrada, y por debajo de la puerta le daban la manito. A ella, se le cayeron unos dulces al piso y se llenaron de tierra, mi mamá volvía y los levantaba, los limpiaba y se los daba».

Un hombre del Partido Conservador pagó su fianza para que pudiera escapar. Tras diez días escondida, huyó disfrazada en la madrugada hacia Bogotá, donde halló a su esposo. De ese reencuentro nació Stella, el 20 de julio de 1952. «Soy la reconciliación y nací un día 20 de julio… una reconciliación, una independencia».

El retorno a las raíces, a un territorio herido

Tras años de trabajar en el sector de la salud, de desempeñarse como sindicalista y de jubilarse, Stella regresó a Miraflores, su territorio, pero el pueblo que encontró no era el mismo de sus recuerdos. El tejido social estaba «muy maltratado, muy destrozado»: ancianos en abandono, una sociedad herida y un silencio sepulcral sobre la violencia reciente.

De inmediato, inició una labor social con adultos mayores y niños con discapacidad. «Empecé a ver que la gente necesitaba ese apoyo y me fui metiendo en el trabajo social», explica. En ese contacto diario, empezó a escuchar los susurros del conflicto armado, y, junto a compañeras como Miriam Vargas y María Martínez, decidió indagar sobre lo que nadie quería mencionar: los años del paramilitarismo. Sin embargo, chocó de frente con el negacionismo institucional: «Iniciamos a averiguar, pero era muy difícil que la gente hablara. Una profesora nos dijo: “¡Ay!, ¿pero para qué hablar de eso? Eso hay que olvidar”».

La memoria en manos de los niños

Ante la desconfianza de los adultos, Stella y Miriam intentaron entrar a los colegios para recoger relatos. Lograron que un rector les permitiera trabajar con estudiantes de sexto grado, y el resultado fue un «tesoro» de testimonios visuales. Las niñas y niños dibujaron lo que habían visto: tíos desaparecidos, hombres armados en las calles, la rigidez del toque de queda y un orden impuesto con miedo.

«Para nosotros fue un tesoro muy grande eso y lo guardamos, lo recogimos, hicimos la primera galería de dibujos de los niños y de las víctimas del conflicto», relata Stella. Esos dibujos fueron las primeras piezas del proyecto de memoria.

Entregaron los dibujos a la Secretaría de Gobierno y a la Personería Municipal para su custodia en la alcaldía, pero tras un cambio de Gobierno, desaparecieron. «Cuando fuimos a preguntar, las galerías no aparecieron por ningún lado, que eso era un poco basura y las botaron —narra con tristeza—. Yo salí llorando a mares porque era todo un esfuerzo que se tenía y que se perdió porque a nadie le importaba. A ellos no les importa la memoria de un pueblo».

Finalmente, ese dolor se transformó en la convicción de que la memoria necesitaba un lugar propio, con autonomía e independiente de los vaivenes del poder: el centro de memoria de Lengupá.

El paramilitarismo y el petróleo

Hacia finales de los años 80 y 90, la llegada de las petroleras y de Ecopetrol cambió la dinámica de la región, ya que el combustible atrajo a los grupos armados bajo la excusa de custodiar la infraestructura de esta industria. 

En esa medida, la presencia e influencia de personajes como Héctor Buitrago y Víctor Carranza incidieron para que el territorio se convirtiera en un corredor de drogas y violencia. «Llegaron a la zona atraídos por la bonanza y empezaron a sacar a las niñas de los colegios». En su propia casa, Stella recibió los testimonios «[…] de niñas que lloraron entregando su testimonio muy doloroso. Hay una niña de ellas que tiene un hijo de un paramilitar».

Hoy en día, Stella enfrenta la hostilidad de quienes prefieren el silencio; a diario, recibe agresiones verbales en la calle e intimidaciones de ciertos sectores. Sin embargo, su respuesta es la de la no violencia: «Nosotros no podemos medirnos ni a fuerza ni a palabra, porque esta no es mi condición. Lo que no construye y destruye, dejémoslo quieto».

El alto de la Buenavista: la carrera de la muerte

Por último, uno de los episodios más oscuros que Stella busca rescatar es «la carrera de la muerte» en el Alto de la Buenavista, un abismo de 500 metros sobre el río Lengupá que esconde una de las historias más crueles de la violencia estatal y bipartidista de mediados de siglo.

Entre 1948 y 1950, la policía estatal y los chulavitas llevaban hasta allí a personas y les daban una oportunidad macabra: «Le decían corra. Si usted corre y logra esquivar las balas, se salva. Muchos no se salvaron, hasta con patadas fue que los mandaron allá, porque eso caían directo al barranco», narra Stella. Solo un hombre, cuya historia Stella atesora en los libros que ha recopilado, logró sobrevivir para contar el horror.

Tras doce años, Stella ha logrado institucionalizar una peregrinación anual al Alto de la Buenavista para honrar a las víctimas y que el sitio sea reconocido como lugar sagrado de memoria. A pesar de que el terreno es privado, el apoyo de figuras como el sacerdote jesuita Javier Giraldo, la Corporación Social para la Asesoría y Capacitación Comunitaria (Cospacc) y el dueño actual de la finca ha permitido mantener viva esta tradición de perdón y reconocimiento. Es así como cada año se realiza una misa que reúne a habitantes de los siete municipios de la provincia.

Otro logro de Stella es la publicación del libro Hilando historias, tejiendo memorias, resultado de este esfuerzo por recopilar historias de víctimas, con el apoyo del Centro de Investigación y Educación Popular/Programa por la Paz (Cinep/PPP)

El centro de memoria: la búsqueda del espacio físico

La sede del centro de memoria ha sido una conquista ganada centímetro a centímetro. Tras persistentes cartas y solicitudes, la alcaldía le concedió una oficina compartida con la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (ANUC), una organización que, como ella dice, también «puso muertos». Se la concedieron después de que inicialmente le habían ofrecido un antiguo baño como sede. 

La oficina está equipada con muebles usados donados y un computador entregado por el Cinep/PPP. No obstante, a pesar de que está ubicada dentro de la Biblioteca Pública Municipal Santos Acosta, no le permiten acceder a la red de internet. Aun así, sin conectividad, pero con una voluntad de hierro, sueña con un salón digno donde los siete municipios de la provincia puedan reconocerse en su historia. 

Para Stella, la memoria no es un ejercicio de rencor, sino una necesidad de justicia. «Esto no da plata —admite con sinceridad—, pero la paz se merece ese sitio, la historia se merece ese sitio». Por lo tanto, sigue recopilando incansablemente testimonios de mujeres violentadas y familias desplazadas.


acuerdos de paz, postconflicto, inversión, internacional


Ir al contenido