La Herradura: una cicatriz de asfalto en el corazón de Cañamomo y Lomaprieta
Hay parajes donde el viento parece cargar con un peso distinto, donde la carretera deja de ser un camino para convertirse en una cicatriz sobre la montaña. La Herradura, ese punto exacto entre Riosucio y Supía, es uno de esos lugares. Allí, el 8 de junio de 2003, el tiempo se detuvo para el pueblo emberá chamí y, con él, se fragmentó el sueño de una renovación política que nacía desde las entrañas del Resguardo Cañamomo y Lomaprieta.
El asfalto, testigo mudo de la infamia, vio cómo hombres del Frente Cacique Pipintá apagaban la voz de Gabriel Ángel Cartagena, un líder que no solo aspiraba a la alcaldía, sino que personificaba la posibilidad de un gobierno propio frente a la sombra del paramilitarismo que entonces lo asfixiaba todo.
Aquel domingo, la violencia no solo disparó contra hombres de carne y hueso; disparó contra un proyecto de dignidad. Junto a Cartagena cayeron Fabio Hernán Tapasco, Héctor Hugo Tapasco y Diego Efraín Suárez, nombres que hoy resuenan en las asambleas y en las mingas como un eco que se resiste al olvido. El ataque fue quirúrgico y planeado desde la oscuridad de las alianzas entre fusiles y sectores políticos tradicionales, que veían en la autonomía indígena una amenaza insoportable.
Las investigaciones posteriores confirmarían que la muerte fue la respuesta a una resistencia que no aceptaba mediaciones armadas, una resistencia que, a pesar de las medidas cautelares internacionales, quedó desprotegida ante la sevicia de quienes se creían dueños de la vida y del voto en el Alto Occidente caldense.
Hoy, transitar por La Herradura es recorrer una geografía del dolor, pero también de una obstinada esperanza. Aunque el Frente Cacique Pipintá intentó borrar con sangre el camino trazado por Gabriel Ángel y sus compañeros, lo que quedó sembrado en esa curva de la carretera fue una raíz que hoy sostiene el tejido social de Riosucio.
La memoria aquí no es un ejercicio estático de archivo; es un acto vivo que se manifiesta en la defensa del territorio y en la convicción de que, a pesar de las balas de aquel junio, la palabra de los mayores sigue siendo el faro que guía a una comunidad que aprendió a caminar entre las ruinas de la guerra para reconstruir su propio destino.
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