El eco de Mutatá: Alejandro Cárdenas, un alcalde que se hizo memoria
Hay hombres que llevan el mapa de su tierra fuera de los bolsillos, ya que reside en su mirada: Alejandro Cárdenas era uno de ellos. No entendía la política como el arte de la retórica vacía, sino como la ingeniería de lo posible: un techo para el que no lo tuviera, una vía para el campesino que cargaba su cosecha al lomo, una palabra que sostuviera la esperanza cuando el ruido de las balas ya empezaba a sitiar el Urabá.
Alejandro no fue solo una cifra en el inventario del horror que llamamos «el exterminio de la UP»; fue, ante todo, un constructor. Desde la Alcaldía de Mutatá y, más tarde, desde la gerencia de la Corporación de Vivienda y Desarrollo Social (Corvide) en Medellín, su obsesión fue la dignidad entendida como gestión pública al servicio de la gente. Creía, con esa fe terca de los visionarios, que la justicia social se escribía con planos de vivienda y presupuestos transparentes; su liderazgo no gritaba, gestionaba.
Aquel miércoles 28 de junio de 1989, el tiempo se detuvo en una calle de Medellín. Cárdenas, quien había asumido la presidencia encargada de la Unión Patriótica en Antioquia —ese puesto que en aquellos años era casi una sentencia—, caminaba con la sencillez del que no le debe nada al miedo. Cuatro disparos intentaron borrar no solo a un hombre, sino a un modelo de país.
Su esposa, Luz Marina, relata el silencio atroz que siguió al estruendo: la prisa por recoger sus pertenencias antes de que la burocracia del levantamiento lo volviera un expediente frío; el roce de su cara contra el asfalto, un último contacto con la tierra que tanto quiso transformar. Durante su entierro, las consignas y las paredes pintadas fueron el grito de un pueblo que se negaba a aceptar que la eficiencia y la ética pudieran ser motivos de asesinato.
Hoy, recordar a Alejandro Cárdenas, más allá de un ejercicio de nostalgia, es recuperar la memoria de una gestión que fue interrumpida. Es entender que en Mutatá, en Corvide y en cada rincón donde su nombre aún se susurra, vive la idea de que la política puede ser limpia, técnica y profundamente humana. Su vida fue truncada, sí, pero su rastro permanece como una brújula para quienes todavía creen que la paz se construye, ladrillo a ladrillo, sobre el cimiento de la verdad.







