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Una mirada al exilio

Publicado 03 Feb 2014
Modificado por última vez en 25 Ago 2014

Exilio

Artículo publicado con la autorización de in-justicia


Por Victor Rojas.

 

Al parecer el vocablo exilio se encuentra tipificado en todos los lenguajes y dialectos que suenan en el mundo.

 

Mucho antes de que los griegos se apropiaran del concepto, las tribus milenarias, en sus estratagemas por comida y terruños, se habían iniciado en esa práctica que aún perdura. A los miembros de la horda derrotada les quedaba la huída de su lugar de asentamiento como única posibilidad de seguir con vida. No darse a la fuga era exponerse a la muerte, o bien feneciendo ipso facto o prolongando la agonía a través de la esclavitud. Es por eso que el exilio nace como un acto violento originado en la derrota.

 

Nuestro lenguaje cobijó esa penuria con la innoble expresión destierro. A partir de esos cruentos choques entre tribus, la dualidad exilio-muerte se dispuso a recorrer el mundo, cogida de la mano, para adherírsele a los mortales como si fuera la sombra de ellos y ni siquiera los ha dejado en paz en sus mitos y leyendas. Veamos. Nuestros antepasados mesoamericanos hablaban del largo destierro del dios Quetzalcóatl para regresar convertido en lucero del amanecer. En otra leyenda, Medea, la bella encantadora de serpientes fue desterrada de Atenas por haberle untado veneno al almuerzo de Teseo. Recuérdese que uno de los destierros que aún indigna fue el ejecutado por un arcángel, espada en mano, contra los huéspedes del paraíso, Eva y Adán. Poco tiempo antes ese mismo arcángel, obedeciendo órdenes superiores, había expulsado del mismo lugar a Lilith, la primera mujer de la creación, por haberse negado a obedecer al pie de la letra a su marido, el caprichoso Adán. Como si el castigo no fuera suficiente, los actuales promotores de la Biblia muy poco se refieren en sus prédicas a esta valiente mujer que no quería estar por debajo ni siquiera a la hora de las caricias. 

 

En justicia a los sucesos debemos reconocer que los griegos de la antigüedad le dieron un aire innovador a la práctica del exilio. En lugar de la rapidez de la flecha o el filo de la espada, inventaron desterrar a la persona contradictora escribiendo su nombre en conchas o cascajos de cerámica. Los primeros condenados al ostracismo mediante esta práctica fueron hombres de inquietudes políticas. Al destierro marchó Hiparco, favorecedor de escaldas, y también el padre de Pericles. Asimismo el nombre de Arístides, simpatizante de la lucha de los campesinos pobres, fue garabateado con la punta de una daga en una ostra. En la Roma del recién empezado calendario cristiano, el destierro del poeta Ovidio a los confines del imperio habría de inspirarle el poema Tristia, el canto más desgarrador que bardo alguno haya escrito sobre este tema. 

 

Los rudos habitantes de la Última Thule, habrían de poblar Islandia con familias de desterrados políticos. En efecto, el guerrero Harald Cabellos hermosos, leal a una súbita promesa de amor, se dio la tarea de unificar el reino de Noruega. En esa gesta libró cientos de emboscadas y el adversario que no caía atravesado por sus certeras lanzas o rebanado por sus hachas, lo desterraba enviándolo a vivir con su prole a la brumosa Islandia. Serían esos primeros pobladores de la isla quienes en su ejercicio comunitario acuñarían la palabra vikingo. Efectivamente, en su afán de crear órganos de gobierno, dichos exiliados crearon la famosa ting, una especie de juzgado que entre otras tenía la tarea de declarar exiliado a quien su comportamiento en sociedad fuera de lamentar. De las sentencias de destierro en Islandia, y otras naciones nórdicas, nace la atroz condena llamada viking. Quien mereciera esta pena era obligado a rebuscarse la vida mar adentro, lejos de su hogar. El deambular de aquellos condenados los convirtió en hábiles navegadores, intrépidos salteadores y también en descubridores de nuevas tierras. Los monjes de York fueron en múltiples ocasiones despojados de sus panes y riquezas por estos errantes hombres de mar. Asimismo el continente americano sintió primero los borceguíes de vikingo que las botas del genovés Cristóbal Colón. Las hazañas de los desterrados nórdicos dejaron en claro que si el exilio es una derrota, el deber del exiliado es tratar de convertir esa derrota en victoria. 

 

En las sucias paredes de una cárcel hondureña alguien escribió que la maldita trinidad de los perseguidos era: el encierro, el destierro y el entierro. Sin embargo, el dilema al cual muchos con la sangre hirviendo se han enfrentado es exilio o muerte. En la voluminosa Saga de Nial, se cuenta la historia del guerrero Gunnar de Hilarende, respetado por el tino que tiene con la lanza. Una vez condenado al destierro, el mencionado lancero se dispone a dejar Islandia. Sin dejar de rumiar pensamientos monta su caballo y lo espolea en dirección al navío que lo alejará de su hogar. Cuando van bajando por una colina el caballo resbala y se va a pique con todo y jinete. Al levantarse Gunnar del suelo esparce la vista y se da cuenta de lo hermosa que es Islandia con sus praderas florecidas y sus playas reposadas. Entonces decide no partir al exilio a pesar del riesgo que corría quedándose. Por supuesto que un par de semanas más tarde fue emboscado y dado de baja con un montón de flechas clavadas en el pecho. 

 

Cada episodio referido al exilio aparece motivado por una o varias causas (difieren mucho unas de otras), pero ninguna justifica tal pena. Una historia nos cuenta de la más abominable de esas causas, la calumnia. A don Rodrigo Díaz de Vivar, también corajudo y diestro con la lanza, su acérrimo enemigo lo acusó injustamente de ratería ante el rey Alfonso VI. Esa falsa imputación hizo que el monarca decidiera desterrar al acusado a pesar de ser uno de sus hombres de confianza. Herido en su honor y suspendido el derecho a vivir en su terruño Rodrigo parte al exilio como los perros espantados de las iglesias, con el rabo entre las patas. Ya en lejanas tierras hace alarde de fiereza en el combate, creando así la leyenda del Cid Campeador. He aquí, de paso, otro ejemplo de cómo la derrota del exilio es convertida en victoria. 

 

La historia moderna de los cinco continentes está plagada de destierros, en su mayoría políticos, tanto individuales como colectivos. Para la muestra están alrededor de siete mil personas que se han visto obligadas a cambiar la sonoridad de los riachuelos en las montañas del Curdistán por el ruido de los autos en las calles de Uppsala en Suecia. Estos curdos desterrados han superado el despiste que produce cada encuentro cultural reforzando sus propios códigos culturales con los cuales solucionan los problemas cotidianos, aún con mayor facilidad de la que tenían en su lugar de origen. Como un complemento a ese azaroso cuadro, las autoridades suecas han reportado que al país están entrando anualmente cuatro mil niños solos, venidos de las regiones en conflicto bélico como Afganistán y Siria. 

 

El panorama en América Latina ha sido aún mucho más desolador. Los sucesivos golpes militares en la región obligaron al exilio a millones de argentinos, brasileros, uruguayos, bolivianos, paraguayos y chilenos. Una décima parte de la población de Colombia vive desterrada en su propio país. El éxodo masivo de campesinos pobres a los suburbios de las grandes ciudades se ha vuelto tan común que ya ni siquiera despierta curiosidad. Más de un millón y medio de colombianos abandonaron familia, amigos y pertenencias, hasta el sol de los venados, en los dos primeros años del nuevo milenio. El destierro no respeta géneros ni edades ni creencias ni oficios ni estados de salud. Desterrados han partido desde zapateros remendones hasta exitosas empresarias. Mutilados y deportistas en pleno apogeo. Pitonisas y eminentes médicos. Destechados y dueñas de hoteles. Soñadores de utopías y agiotistas. Anunciadores de profecías y científicos. Campesinas y mecánicos de autos. En fin. Es de suponer que cada oficio tiene por lo menos un representante en el exilio. 

 

El quehacer de escritor ha sido, y sigue siendo, considerado por muchos gobernantes un arma peligrosa. Una rápida mirada por la ventana del exilio de escritores nos muestra a algunos de ellos. A la escritora argentina Juana Manuela Gorriti le correspondió a principios del siglo XIX iniciar la larga lista de exiliados de la palabra escrita, que por desgracia aún no cesa. El condotiero José Martí y más tarde su compatriota Alejo Carpentier. Un valioso par de la larga cuota cubana. También tuvo que partir con sus letras a otra parte el poeta guatemalteco Otto Rene Castillo. Éste hacedor de versos no tenía ni el más mínimo presentimiento de que al regresar del exilio lo esperaba la más horrible de las muertes. Hecho prisionero en el monte, sus captores prendieron una hoguera donde tiraban las partes del cuerpo que le iban cercenando vivo. Su paisano Miguel Ángel Asturias también vivió las penurias del destierro antes de recibir el Premio Nóbel. El turno le habría de llegar asimismo al ofendido poeta Roque Daltón. Su país, Pulgarcito de América, estaba condenado a verlo regresar para luego llorar su muerte a manos de sus propios hermanos de armas, por el delito de discrepancia. El ecuatoriano Jorge Icasa es otro de los que aparece en la ventana del exilio. Igualmente el novelista Jorge Amado abandonaría, con sus personajes hechos de cacao y los estatutos del Partido Comunista en el bolsillo del pecho, su Brasil del alma. Por el mismo sendero marcharía su coterránea Marcia Theophilo. 

 

Al otro lado de la frontera, donde la tierra se llama Uruguay, cogería el hatillo el cuentista Carlos Onetti, sin darse cuenta que su reloj de bolsillo no marcaba la hora del regreso. Eduardo Galeano y Cristina Peri Rossi le seguirían los pasos, pero con boleto de retorno. Sin tiempo para hacer maletas el supremo Augusto Roa Bastos y Herib Campos Cervera liarían los bártulos involuntariamente de Paraguay, la tierra donde se habla el dialecto que universalizó las ananás. Y el poeta que escribía versos tristes, Pablo Neruda, se ajustaría su gorro de capitán y se haría a la mar, alejándose de Chile. Poco tiempo después del tristemente famoso golpe militar, iría a parar Isabel Allende en Venezuela, Roberto Bolaño en Méjico y Antonio Skármeta en Argentina. Es precisamente en este plateado lugar donde los nombres de los magníficos poetas Mario Benedetti y Juan Gelman conjuntamente con Manuel Puig, Antonio di Benedetto, Clara Obligado, Mempo Giardinelli, Tomás Eloy Martínez, Edgardo Cozarinsky, Noé Jitrik, Alicia Kozameh, Ariel Dorfman, Héctor Tizón y Tununa Mercado habían sido escritos con bayonetas en cascajos de tejas de barro. De los golpes duros que en la vida le propinaron a los peruanos César Vallejo, José Mariateguí y Edmundo Paz Soldán se cuenta el del destierro. En la escuela se acostumbraba a contar que el autor de Doña Bárbara, la guapa devoradora de hombres, era Rómulo Gallegos pero nunca se mencionaba que el escritor tuvo que partir al exilio después de un golpe militar. Como cosa curiosa, Bolivia ha tenido en su historia más golpes militares que escritores y sin embargo a algunos de ellos se les ha negado el usufructo de su lugar de nacimiento. Me llegan a la memoria los nombres de Héctor Borda, Pedro Shimose y Víctor Montoya. Un general de hombres libres, Augusto Cesar Sandino, nunca partió al exilio por rebeldía pero si por haberle cobrado duro a uno que le mentó la madre. En su nombre y con ideas antiimperialistas fueron obligados a levantar velas el poeta que buscaba una bala con alma, Salomón de la Selva y también más tarde sus colegas Claribel Alegría y Daisy Zamora. 

 

Por fortuna son muy pocos los que olvidan que Gabriel García Márquez, pocos meses antes de recibir el premio Nóbel de literatura, tuvo que salir desterrado hacia Méjico al enterarse de que los militares lo querían de huésped en la sala de torturas de Usaquén. Como sacados de sus escritos, algunos compatriotas suyos desterrados se enfrentaron a otras realidades con la locura. Uno de ellos, un viejo contador de cooperativa rural, una tarde de duro invierno se acercó a la gigantesca estatua de la plaza principal de Malmö, también Suecia, a protestar por las masacres de labriegos que estaban cometiendo en Colombia. Con una larga cadena oxidada se amarró a las patas traseras del caballo que carga al rey Gustavo IV Adolfo. A los pocos minutos empezó a gritar que lo socorrieran que se estaba muriendo de frío. Nadie escuchaba. Las horas trascurrieron y el viejo contador, en silencio, abandonado a su suerte, se fue cubriendo de nieve. Ya en la oscuridad de la noche, daba la impresión de ser una blanca boñiga del caballo. Lo salvó, por casualidad, uno de los obreros que quitaban la nieve de los espacios públicos. Muchos años antes, los primeros doce desterrados de ese país llegados a Suecia, iban a cometer una locura similar. Tras una larga reunión nocturna, llena de humo de cigarrillos y vapor de café, determinaron hacer una acción de protesta contra los asesinatos selectivos de los militantes de izquierda en Colombia. Marcharían por la autopista de casi 800 kilómetros que une a Lund con Estocolmo. Uno de ellos, que andaba en silla de ruedas, iría al frente izando una enorme bandera tricolor. Era un enero de inicio de los años 80 y el duro invierno tenía a toda Suecia cubierta de nieve. A la hora de la partida en el centro de la ciudad, fueron detenidos por tres agentes que nada entendían pero que no permitieron la marcha por carecer de permiso de la policía. Pero eso no es de asombrar ya que en tierras lejanas un desterrado está expuesto a lo irracional. 

 

Algo de ese mundo loco en el campo laboral: Fogosos oradores obligados a comunicarse a señas, hábiles cirujanos ganándose el pan del día lavando trastes en los restaurantes, catedráticos convertidos en domadores de elefantes en los circos, dirigentes sindicales en aseadores de baños en los trenes o arquitectos condenados a ganarse el pan de la vida como ayudantes de albañilería. Porque es así, en el exilio rara vez se trabaja en lo que se quiere y se ha ejercido. Aunque en el mundo luterano ningún trabajo es vergüenza y todo oficio señala el camino al cielo. Quienes doblemente padecen esta metamorfosis laboral son los trabajadores de la palabra escrita cuyo exilio se da en lugares de idiomas impronunciables. ¿Qué tal Rulfo obligado a escribir en islandés, mandarín o japonés? A un escritor desterrado en país ajeno a su lengua le va mejor escribiendo con el dedo en el agua de las albercas. Nunca sabrá para quien escribe. En su nuevo lugar de residencia nadie lo puede leer y en el lugar de donde lo desterraron a nadie le llegan sus escritos. 

 

En fin. No tiene el aire de hipérbole la idea de que con los refugiados del mundo se podría poblar un sexto continente. Allí tendrían cabida todos aquellos a quienes les han usurpado la tierra y hasta la mujer que fue condenada al exilio llevando las cenizas de su furtivo amante. También los que se jugaron la vida por una idea y los que fueron expulsados por el color de su piel. Del mismo modo a quienes sus detractores les inventaron calumnias y a quienes los moralistas persiguieron por no ponerle mojones al delirio de la carne. Cabrían en ese continente el contestario, el creyente, el anarquista, los olvidados, los dueños de locuras y el disidente. No se quedarían por fuera los que hicieron dardos con palabras ni los testigos oculares de infamias ni los nihilistas del tercer mundo ni los derrotados en emboscadas pero tampoco los vendedores de sueños. En ese continente, por penoso conocimiento de causa, nadie sería desterrado y ninguno sería distinguido con el apelativo inmigrante. 

 

 

 

 

 

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