Diario de una investigadora en Buenaventura

Publicado 27 Abr 2014
Foto por diarioadn.com Foto por diarioadn.com Texto por Constanza Millán

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Texto por Constanza Millán

 

Frente a los aterradores hechos de barbarie que venían azotando sin tregua a Buenaventura desde finales de la década de los 90, el pasado 9 de abril de 2013 las y los bonaverences deciden reclamar la autoridad sobre sus sonidos, sus voces y sus memorias. La marimba, el guasá y los conunos solicitaron el movimiento a los cuerpos afrodescendientes e indígenas que estaban quedando paralizados como efecto del terror que se estaba enquistando en el territorio. Uno de los participantes nos dijo “es preciso convocar de nuevo al movimiento del cuerpo para poder narrar desde nuestros territorios la forma como ha sido practicada la sevicia y la crueldad aquí, pero esto no quiere decir que sea una fiesta, porque éste dolor no es para festejar, es para respetar”

 

Luego de múltiples y prolongadas conversaciones con organizaciones de víctimas, étnicas y eclesiales del Puerto, esa jornada de conmemoración de la memoria y solidaridad con las víctimas tomó la forma de un festival incluyente denominado memorias de una resistencia Pacífica. Fueron tres días de acercamiento y diálogo en mesas de socialización, marchas de antorchas, de pescadores en el mar, danza, música tradicional, declamación de poetizas, prácticas religiosas y conciertos de música urbana, todo ello para mensajear sobre lo que estaba pasando, e ir marcando territorio desde y para los bonaverences.

 

La resistencia y el sufrimiento narrado a partir de las marchas, los ritmos, los silencios y el clamor de los bonaverences nos llamaron a escuchar desde muy adentro, cómo ésta población ha afrontado por más de 14 años tanto dolor sin perder su dignidad. La noche del 8 de abril hicimos parte de las caminatas en los barrios del Lleras, Alfonso López, el Firme, San Francisco, la Playita, Viento Libre, Palo seco, Muru Yusti, El Capricho y la Palera. Este recorrido nocturno, lento y ceremonial por estos territorios nos confrontó con las sombras siniestras y las amenazas constantes que los actores armados han dejado en el lugar. Estos barrios están ubicados en lo que se denominan zonas de Bajamar o como sus pobladores los bautizaron con autodeterminación, territorios ganados al mar. Han sido terrenos construidos con las propias manos, rellenando esteros y manglares con los desechos que han sido abortados por la dinámica del Puerto, fue así como sus primeros pobladores se hicieron lugar en una ciudad construida de espaldas a su región, al mar a sus ancestros y a su cultura. 

 

Y fueron precisamente estos territorios los que dieron refugio a los pobladores que tuvieron que desplazarse de las zonas rurales de Buenaventura durante la arremetida que hicieron los bloques Calima y Pacífico de las AUC desde finales de 1999. Las masacres cometidas en los corregimientos de Sabaletas, Aguasclaras, Zaragosa, Triana, Anchicaya y el Firme condujeron al arribo de miles de personas a ésta ciudad, sus rostros estremecidos expresando la sevicia que tuvieron que enfrentar dejaron profundas huellas en los barrios. De especial recordación fue lo sucedido en la masacre del Firme en el 2001 cuando miembros de las AUC asesinaron a machete a siete personas, entre ellas a un niño y dejaron heridas a otras tres. A la salida, el grupo armado quemó el caserío dejando a un niño atrapado entre las llamas de la casa de madera que funcionaba como hogar del Bienestar Familiar.

 

La noche sigue su curso, los pasos cada vez más lentos, más pesados. De repente los jóvenes que encabezan la marcha interpretando alabaos y tocando tambores se detienen en una calle, todos y todas guardan silencio, es claro para los marchantes el motivo por el cual hay que detenerse y respirar, comprendimos que hay que detenerse en una calle que señala un profundo dolor colectivo, el asesinato de Pedrito. Un niño de apenas 12 años de edad quien fue involucrado en la guerra durante el periodo de disputa territorial que devino luego de la desmovilización del bloque Calima en el 2004. En ese momento los grupos armados inician una nueva etapa de confrontación continuando los ataques sobre la población que venía de la zona rural y sobre las comunidades que solidariamente en los llamados territorios ganados al mar habían acogido a quienes llegaron desplazados. 

 

En uno de los días en los cuales Pedrito salía de su colegio fue abordado por un miembro de un grupo armado regalándole un celular, el niño se sintió emocionado con dicho regalo y con el transcurrir de los días fueron pidiéndole información sobre lo que sucedía en el barrio como contraprestación a lo dado. La guerrilla se dio cuenta que Pedrito estaba siendo utilizado por el grupo con el cual se estaba confrontando en el territorio, detuvieron al niño, lo golpearon, lo torturaron y le ordenaron que cavara su propia tumba. Pedrito logró escaparse, salió desplazado con su familia pero debido a las difíciles condiciones que encontraron en los lugares de recepción, regresó a Buenaventura. Ya estando allí fue asesinado por el grupo que le regaló el celular. 

 

En esta calle la pesadez de los pasos contienen la huella impotente de una comunidad que presenció la muerte de uno de sus hijos, pero también contienen las amenazas presentes, allí se define una frontera invisible entre los grupos que ahora tienen presencia. Las voces de los jóvenes cantaores se elevan, los tambores con fuerza se enfrentan al macabro silencio impuesto por los actores armados para definir que la frontera no puede ser trasgredida por sus habitantes, hay familias que han quedado divididas por estas violentas líneas. Sin embargo, el ritmo de los tambores increpa a los cuerpos a retomar la movilidad sobre el territorio y poco a poco los temerosos pasos se acompañan entre si, se acompasan y posibilitan el cruce al otro sector.

 

Esa misma noche algunos pescadores del barrio San José organizan su propia marcha, salen al mar con antorchas, deciden hacerlo allí porque dicen, nuestro territorio incluye también el mar. San José es un barrio conformado por casas palafíticas habitado en su mayoría por pescadores y mujeres piangueras, éstas son actividades económicas que han desarrollado las poblaciones del Pacífico para tener, como dicen, la buena vida en un rico ecosistema manglar. La relación que ha tenido la ciudad-puerto con este antiguo barrio de pescadores de Buenaventura señala otra frontera, aquella que se da entre la miseria del exceso y la miseria de la falta. Detrás del barrio, frente al mar, están los hoteles y restaurantes que logran disponer de agua y energía las 24 horas del día. 

Los pescadores de San José han engrosado el número de desaparecidos que ubican a la ciudad como una de las que presenta la mayor magnitud de este hecho violento en el país. Luego del 2005 quienes han ejercido esta actividad tradicional que por décadas ha posibilitado el sostenimiento autónomo de las familias han sido contundentemente victimizados. Uno de los líderes de la marcha de antorchas señala que el Pacífico está herido, el riviel está enfurecido. Los pescadores son testigos involuntarios de la barbarie cuando hallan en sus faenas de pesca parte de cuerpos desmembrados, cuando en sus salidas nocturnas deben escuchar los sórdidos gritos de quiénes son torturados o cuando han presenciado cómo los esteros y algunos islotes de la Bahía se han convertido en cementerios clandestinos. San José marcha a su manera intentando comprender por qué han sido asediados de forma tan violenta. Sin hallar sentido a lo que ha pasado, se encuentran ahora con un territorio que será reordenado por cuenta del megaproyecto que amplía el malecón turístico de la ciudad. Este proyecto planea reubicar a esta población a otro lugar, distante del mar, de la pesca y de la piangua.

 

La compleja victimización sucedida en Buenaventura, desproporcionalmente numerosa, continua a lo largo de 14 años y perpetrada con exceso de crueldad, deviene ininteligible para las audiencias distantes del puerto, por la forma fragmentaria, estereotipada y simplificada con la cual ha sido conocida. Es paradójicamente sobre esta ininteligibilidad que los victimarios se refugian. Sin embargo, para las pobladores afrodescendientes e indígenas, los repertorios de violencia utilizados por los actores armados han tenido un gran poder comunicativo, expresan el desprecio por sus vidas y cosmovisiones así como la convicción que el único valor de sus vidas y territorios radica en su disponibilidad para la apropiación. En este caso, las muertes, los desmembramientos, las violaciones de mujeres y niñas, las desapariciones, expresan con un gran potencial sobre el cuerpo de las víctimas el poder soberano que ejercen los actores armados. Estos hechos violentos ocurren para expresar el drama de la dominación más que por ser producto de la retaliación en la disputa de los grupos. Así, los repertorios de violencia utilizados le hablan a la comunidad para demostrar los recursos de todo tipo con que cuentan y les dicen que su control sobre el territorio es total, sustentado en una gran red de alianzas. 

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