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Quintín Lame: la primera guerrilla indígena de Latinoamérica

Publicado 08 Sep 2015
Modificado por última vez en 09 Nov 2018
Quintín Lame: la primera guerrilla indígena de Latinoamérica Fotografía tomada de Elespectador.com
  • El informe ‘Guerra propia, guerra ajena - Conflictos armados y reconstrucción identitaria en los Andes colombianos - El Movimiento Armado Quintín Lame’ es la más completa historia de un movimiento armado indígena único en América Latina.
  • En menos de una década, entre los años ochenta y 1991, un pequeño grupo de indígenas Paez (Nasa) pasó de pelear una ‘guerra propia’ como autodefensa y parte del vasto movimiento de recuperación de tierras en el Norte del Cauca a intentar sin éxito integrarse con otras organizaciones guerrilleras en la Coordinadora Simón Bolívar y actuar lejos de su territorio, en una ‘guerra ajena’, para finalmente disolverse entre sus propias comunidades, en el que es el proceso de reinserción más exitoso que ha habido en Colombia.
  • En una investigación que le ha tomado cerca de 20 años, múltiples entrevistas con los protagonistas, las comunidades y sus autoridades y una exhaustiva búsqueda documental, Ricardo Peñaranda traza el recorrido del Movimiento Quintín Lame: desde que funcionaba como autodefensa indígena, mucho antes de darse a conocer, el 5 de enero de 1985, con una toma a Santander de Quilichao, conjunta con el tristemente célebre grupo Ricardo Franco, disidente de las FARC , hasta su desmovilización en 1991.

  • El informe va mucho más allá de la reconstrucción de la historia de este grupo pionero de los movimientos indígenas armados en América Latina.
    • En una región en la que han intentado establecerse todas las guerrillas colombianas, es un análisis de las complejas relaciones entre los grupos insurgentes y las organizaciones indígenas  que muestra cómo, en los últimos 20 años, unos y otros se han movido en trayectorias cada vez más opuestas. Esto está en la base, no solo de la decisión de disolución final del Quintín, sino, entre otros, de la histórica desconfianza entre los indígenas del Cauca y las FARC.

    • Una perspectiva comparada con otras experiencias de movimientos indígenas armados de América Latina le da un valor singular al informe. Los casos de Guatemala, Perú, Nicaragua y México son objeto de un capítulo especial y a lo largo del texto se trazan paralelos y diferencias entre estas experiencias y la del Quintín que aportan sustancialmente al “rico y candente debate de las relaciones entre movimientos sociales y organizaciones armadas”, como señala Gonzalo Sánchez, director del Centro Nacional de Memoria Histórica en la introducción.

  • El caso del Quintín es único en varios sentidos:
    • Se trató de un intento de recuperar el monopolio de la violencia frente a otros grupos que intentaron usurparla, que no se había dado en América Latina hasta la aparición, en 1994, del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, en México, con cuya filosofía de “mandar obedeciendo” se trazan interesantes paralelos.
    • El grupo armado fue parte de un vasto movimiento social de recuperación de la identidad negada por siglos a los indígenas del Cauca, que han protagonizado, asumiendo riesgos enormes, la más exitosa movilización civil contra la guerra que se ha visto en Colombia.
    • Mientras la norma en casi todas las guerras es que estas terminan con el tejido social de las comunidades destruido, como ocurrió en Perú, Guatemala y Nicaragua, en el caso del Quintín y del Norte del Cauca ocurrió lo contrario, con el movimiento social reconstituyéndose y absorbiendo al grupo armado en su propio proceso organizativo.
    • Los nexos orgánicos entre el Quintín y el mundo indígena del Norte del Cauca; el poderoso proceso de recuperación de una identidad que les fue negada a los Paez y otras etnias de la región durante siglos y las inusitadas posibilidades de ampliar su espacio político que la movilización y la coyuntura de la Asamblea Constituyente de 1991 abrieron al movimiento indígena explican por qué el proceso de reintegración del Quintín Lame a la sociedad es el más exitoso en Colombia.

Itinerario de un grupo con pocos paralelos

Con alrededor de 250.000 miembros, las comunidades indígenas del nororiente del Cauca son el segundo núcleo poblacional indígena más grande del país, después de La Guajira.

Están distribuidos en varios grupos étnicos: Paez (65%), Yanaconas (15%), Guambianos (13%), Coconucos (5%) y Emberas e Ingas (2%).

Cuadro de indicadores vitales de Colombia, del Departamento 
del Cauca y Cauca indígena (1972 - 1978). 
  Colombia Cauca Cauca indígena
Tasa bruta de mortalidad (X 1.000) 8.5 9.9 27.1
Tasa de mortalidad infantil (X 1000) 69.9 81.8 233.3
Esperanza de vida al nacer (hombres) 56.4 54.1 34.9
Esperanza de vida al nacer (mujeres) 60.3 57.4 37.5

Fuente: "Plan cuatrienal de desarrollo de las comunidades indígenas del nororiente del Departamenro del Cauca". Unidad de desarrollo social, DNP, febreo de 1980

 

El territorio del nororiente del Cauca es el de mayor presencia guerrillera en Colombia: todos los grupos armados han intentado establecerse allí. Desde la ‘Quintinada’, la lucha que dirigió Manuel Quintín Lame a comienzos del siglo XX contra el pago del terraje que cobraban en días de trabajo los hacendados a los indígenas y el despojo de la tierra, hasta la vasta oleada de recuperaciones de tierra desde los años setenta, la región ha vivido un permanente conflicto entre los hacendados y el movimiento indígena que, a mediados de los años ochenta, en el momento del surgimiento del Comando Quintín Lame, como se llamó inicialmente, se encontraba en su punto más crítico.

Tiene pocos parelelos la violencia que sufrieron los indígenas a manos de toda clase de grupos y del Estado: ‘pájaros’ al servicio de los hacendados, el EPL, el M-19, las FARC, la Fuerza Pública y sus desalojos violentos de fincas ocupadas… Hasta la Iglesia Católica, propietaria de varias haciendas que sufrieron ‘recuperaciones’, intervino. El informe recuerda al obispo de Belalcázar, monseñor Enrique Vallejo, acusado por los indígenas de patrocinar escuadrones de ‘pájaros’ y acciones como la masacre del Resguardo de San José, en 1956. El impacto de la expasión de los ingenios azucareros sobre la tenencia de la tierra, llevó al desplazamiento de miles de propietarios, aparceros y arrendatarios indígenas.

Tiene pocos parelelos, también, la lucha que desarrollaron los indígenas del Cauca. En 1971 surge el CRIC, con la participación de agentes externos, no indios, que jugaron un papel importante en la expresión política del movimiento indígena. El CRIC lideró la lucha por la recuperación de la tierra, los derechos y la autonomía indígena y el restablecimiento de cabildos y resguardos. Esa lucha continúa hasta hoy, pero su mayor impulso fue entre 1981 y 1990: en esos años se recuperó casi el 60% de las 74.000 hectáreas que según el Incora pasaron a manos indígenas entre 1970 y 1996. Ese periodo coincide con el de la actividad del Quintín.

El saldo ha sido la reconstrucción de la identidad de los pueblos indígenas y la configuración de un proceso organizativo que permitió a las comunidades no solo recuperar casi la totalidad de la tierra de los resguardos perdidos sino ganar un enorme protagonismo y espacio político en Colombia. Es en el marco de este proceso como se estudia el papel jugado por un movimiento armado como el Quintín Lame.

Desde los años setenta surgen autodefensas, como respuesta a la violencia ejercida por las bandas de ‘pájaros’ de los hacendados. A partir de 1982 las autodefensas organizan un grupo móvil de 30 o 40 hombres, con presencia armada en las comunidades y un programa de apoyo a las recuperaciones de tierra, la ampliación de los resguardos y la defensa de las autoridades indígenas y de una organización autónoma.

El Quintín tuvo siempre relaciones complejas con otros grupos armados, cuyo apoyo, entrenamiento y redes de logística necesitaba, a la vez que rechazaba sus intentos de control sobre las comunidades. Desde el inicio hubo fuertes enfrentamientos con las FARC, que ignoraban a las autoridades indígenas y, a la vez que extorsionaban a los hacendados, protegían sus haciendas de las ‘recuperaciones’ indígenas de tierra, dando a sus protagonistas trato de delincuentes comunes, con masacres y homicidios que cobraron más de un centenar de víctimas. Con el PC-ML, maoísta, creador del EPL; con el Ricardo Franco y con el M-19 se hicieron entrenamientos y alianzas. Incluso con el ELN se llegó a hacer un entrenamiento en los Llanos.

El violento desalojo de la ocupación de tierras en el predio López Adentro y el asesinato del único cura indígena, el padre Álvaro Ulcué Chocué, en 1984, precipitaron la conformación del Comando Quintín Lame. En pleno cese al fuego entre las FARC y el M-19 y el gobierno de Belisario Betancur, en noviembre del 84, los quintines se tomaron el Ingenio Castilla e incendiaron su maquinaria, en una acción atribuida por los medios al M-19. Con la toma a Santander de Quilichao, en conjunto con el Frente Ricardo Franco, en enero siguiente, hicieron su primera aparición pública y dejaron el que puede considerarse su programa fundacional.

A partir de entonces el grupo adelanta abiertamente la lucha en defensa de las recuperaciones de tierra, la ampliación de los resguardos, la defensa de las autoridades indígenas y el derecho a la organización autónoma.

Mapa Zonas de operación de Quintín Lame 

operacionesQuintin

Fuente: elaboración propia con base en archivos de la Fundación Sol y Tierra

 

El informe hace un detallado análisis de su estructura, de su dirección, dividida entre una Dirección Política y un Estado Mayor, y de su funcionamiento e implantación. A un núcleo armado de unos 60 hombres se sumaban grupos de apoyo en las comunidades. Al igual que en el surgimiento del CRIC jugaron un papel clave ‘agentes externos’, no indígenas, entre los líderes del Quintín Lame había personajes que no eran indígenas. Entre ellos, Luis Ángel Monroy, su primer comandante, afro, de Candelaria, Valle, que fue asesinado en 1985, y Pablo Tatay, de la Dirección Política, que nació en Budapest y estudió en la Nacional en Medellín y en Francia.

Una reglamentación flexible, castigos disciplinarios menos rígidos que en las organizaciones guerrilleras, la facilidad de entrar y salir del grupo, el hecho de que este fuera casi como una extensión de la familia, la capacitación política y la recuperación de la lengua y las tradiciones indígenas atrajeron a muchos jóvenes.

El empleo de la violencia para proteger a las comunidades contribuyó a bloquear la violencia terrateniente, contuvo la expansión de la guerrilla en las comunidades y evitó que esta usurpara las banderas del movimiento indígena. Sin embargo, el Quintín no logró evitar que la guerra llegara a las comunidades y se desvió de sus objetivos originales.

Hacia 1986, el ingreso del Quintín al Batallón América del M-19 y luego a la Coordinadora Guerrillera Simón Bolívar marcó un punto de quiebre: de la ‘guerra propia’ se empezó a pasar a la ‘guerra ajena’, en zonas como el Valle, lejos del territorio y los ideales indígenas. Ese alejamiento de los objetivos originales produjo una crisis y ya en 1987 el grupo presentaba muestras de desgaste.

Incapaz de responder a nuevos desafíos como la llegada de los paramilitares y para controlar la delincuencia común, que azotaba las comunidades, el Quintín enfrentó serios reparos de las organizaciones indígenas. Hubo conflictos con la comunidad guambiana y su organización, la AISO y, desde 1988, las comunidades, preocupadas por los riesgos de la generalización del conflicto armado exigían la salida de todos los actores armados del territorio, incluido el Quintín, como lo consignó la conocida Declaración de Vitoncó.

Por eso, cuando los 157 integrantes del Movimiento Quintín Lame se desmovilizaron en el campamento del resguardo de Pueblo Nuevo, el 31 de mayo de 1991, buena parte de ellos ya se había devuelto a sus casas y hubo que llamarlos especialmente para la ocasión. Como lo dijo Pablo Tatay, el grupo vio en la oferta de desmovilización “una manera elegante de desmontarse de algo que no estaba produciendo mayores frutos”. La participación de uno de sus delegados (sin voto) en la Asamblea Constituyente de 1991, ofreció un espacio político y una visibilidad nacional excepcionales, tanto al grupo como al conjunto del movimiento indígena.

La fuerza del movimiento y los estrechos lazos del Quintín con las comunidades hicieron que esta desmovilización fuera particularmente exitosa. Como dice el autor del informe, los “combatientes acceden a dejar las armas, a fin de no interferir en el proceso de consolidación del poder comunitario que se encontraba en marcha y pasan ellos mismos a transformarse en líderes locales y a ser parte de una nueva etapa de la lucha indígena, que privilegia la movilización política a la protesta armada”.

Esa fue la trayectoria del único grupo armado de claro carácter étnico que ha habido en el conflicto colombiano. Como la resume Ricardo Peñaranda: “El Quintín Lame nace como un desprendimiento  de la organización comunitaria; se desarrolla gracias al apoyo de las comunidades; y se disuelve finalmente, integrándose de nuevo a su base social”.

 

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