• El CNMH lanzará en Bogotá, Tibú, Ocaña y Cúcuta el informe Catatumbo: Memorias de vida y dignidad*, un recorrido por la violencia que ha vivido esta región de Norte de Santander, desde la llegada de los españoles al territorio barí hasta la dominación de los grupos armados ilegales que persiste.
  • Entre 1999 y 2006, con la entrada de tres estructuras paramilitares, la región vivió una violencia sin precedentes: casi 100 mil desplazados, 832 asesinatos selectivos y 599 muertos en masacres.
  • La violencia, el abandono estatal y la pobreza hicieron que el cultivo de coca fuera una posibilidad de sustento para los campesinos, y eso los llevó a ser objetivo de políticas de lucha contra las drogas poco efectivas.
  • A pesar de todo, las catatumberas y catatumberos han levantado y fortalecido sus organizaciones, han resistido y se han movilizado para exigir mejores condiciones de vida.

Desde la conquista española hasta hoy, los habitantes de la región del Catatumbo, en Norte de Santander, han hecho frente al abuso de diversos actores legales e ilegales, que han ocupado su territorio y han perpetuado distintos tipos de violencias. Esa es la historia que el Centro Nacional de Memoria Histórica reconstruye en su informe Catatumbo: Memorias de vida y dignidad, que estamos lanzando hoy, y que nació de una propuesta de la Diócesis de Tibú y su Pastoral de Víctimas, a la que luego se sumó la Asociación de Autoridades Tradicionales del Pueblo Barí Ñatubaiyibarí.

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Para homenajear a las víctimas de los ‘falsos positivos’, que se presentaron hace diez años en Soacha y Bogotá, el próximo 14 de octubre se realizará una caravana desde Soacha hasta Ocaña, Norte de Santander. Sus familiares siguen esperando verdad y justicia.

Entre enero y agosto del 2008, 19 jóvenes procedentes del municipio de Soacha y de Bogotá desaparecieron sin dejar rastro. Estos muchachos no se conocían entre sí y sus familias tampoco. Después de meses de búsqueda, sus seres queridos recibieron la noticia de que los cuerpos sin vida de los jóvenes fueron hallados en cementerios y fosas comunes de Ocaña y Cimitarra, Norte de Santander. Y no solo eso. Habían sido presentados como guerrilleros dados de baja en combates con la Brigada 15 del Ejército Nacional.

Luego se conoció que desde el 2005, el Ministerio de Defensa estaba aplicando una directiva (firmada por Camilo Ospina Bernal, ministro de Defensa en el gobierno del entonces presidente Álvaro Uribe Vélez), que les otorgaba recompensas a los militares por cada captura o abatimiento de un líder de organizaciones al margen de la ley.

Los casos de los jóvenes desaparecidos en Soacha y Bogotá presentaban características similares. En su mayoría, eran muchachos que provenían de familias pobres o campesinas con profundas necesidades, que buscaban oportunidades laborales para salir adelante y apoyar a su núcleo familiar.

Desde entonces, y a pesar de las constantes amenazas que han tenido que enfrentar, las madres de Soacha se empezaron a reunir en las plazas públicas, universidades y colegios, para denunciar la desaparición y asesinato de sus hijos, y exigir que se cuente la verdad y se haga justicia frente a estos crímenes cometidos por las Fuerzas Militares. Además, crearon la fundación Madres Falsos Positivos Suacha y Bogotá (MAFAPO). Para ellas, nombrar su territorio como Suacha, y no Soacha, es parte de la identidad que se dieron a sí mismas y a la fundación.

Las muertes de los 19 jóvenes de Soacha y Bogotá no fueron casos aislados. El capítulo de los ‘falsos positivos’ en Colombia, fue sistemático y afectó a las comunidades más vulnerables. Según el libro “Ejecuciones extrajudiciales en Colombia 2002–2010”, escrito por Omar Eduardo Rojas Bolaños, oficial retirado de la Policía, en ese período de tiempo se habrían presentado en el país 10 mil casos de ejecuciones extrajudiciales.

Como cada una de las familias lleva el proceso judicial de forma individual, después de 10 años hay algunos casos en lo que no se ha celebrado ni una sola audiencia, y muchos otros que se han enfrentado a constantes prórrogas. Por eso, el pasado 14 de septiembre, la Fundación MAFAPO presentó ante la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) un informe, en el que solicitaban garantías de seguridad para continuar trabajando en conjunto y llegar a la verdad.

El próximo domingo 14 de octubre MAFAPO conmemorará en Ocaña, Norte de Santander, la vida de los 19 jóvenes silenciados hace diez años. Con este encuentro, que tiene el lema “10 años vivas y unidas por la verdad”, las madres y familiares de los jóvenes buscan crear una plataforma de interlocución, para seguir hablando sobre las ejecuciones extrajudiciales y los múltiples obstáculos que han tenido para llegar a la verdad.

El evento contará con la participación de artistas locales y nacionales, y con movimientos sociales. Además, se realizará una rueda de prensa en que se hará un recorrido por los diez años de lucha de estas mujeres, y por las deudas que el sistema judicial y el país todavía tiene con ellas.

Para mayor información: 

Fecha: 14 de octubre de 2018
Hora: 9 a.m. - 6 p.m.
Lugar: Plaza central de Ocaña - Ocaña, Norte de Santander

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El renacer del Albarico

Publicado 22 Sep 2019

Gracias a una sentencia en la que se les restituyeron 850 hectáreas de tierra, los habitantes del Albarico, norte de Santander, retornaron a su vereda, después de tener que desplazarse forzadamente por las amenazas de grupos paramilitares en el año 2000.

Angélica Forero/CNMH

Para Amalia Roa el Albarico es su vida misma. “Es el pasado, el presente y el futuro de cada uno de los que tienen la dicha de haber estado aquí, de haber pasado momentos difíciles, de aquellos que hoy ven un  futuro esperanzador”, dice.

Hoy los ojos de los hombres y las mujeres del Albarico, una vereda ubicada en el municipio de Zulia, contagian esperanza, sus voces iluminan la historia, confrontan el miedo y el abandono. “Cuando inició el retorno, lo primero en lo que pensamos fue en la familia, entonces construimos la escuela”, dijo Ángel Castro, uno de los habitantes de la vereda. Allí en la pared se dibujó el rostro de doña Ernestina, la abuela de todos; el camión de la leche, el único vehículo que sube hasta allí; y un turpial, el ave de la región. Estos tres elementos son los más representativos para esta comunidad que tuvo que padecer el desplazamiento causado por el conflicto armado.

Durante el año 2000 grupos paramilitares desplazaron con amenazas a los habitantes de la vereda el Albarico,  un lugar que durante años padeció el control territorial de diferentes grupos armados. María Concepción, una habitante de la vereda, aún recuerda la advertencia que le hicieron los paramilitares: “Nosotros venimos a quedarnos, ustedes se tienen que ir, tienen hasta las 10 a.m. para irse de la vereda”. Ella no se podía ir, tenía que esperar a su esposo, pero los hombres en voz desafiante le rectificaron que se debía marchar porque no respondían por su vida. Ese día 9 familias que habitaban en la vereda tuvieron que abandonarlo todo.

Pasaron trece años, cuenta María Concepción, para que llamaran al presidente de la junta del Albarico y le explicaran que lo necesitaban para una reunión en la Alcaldía. Ahí empezó la esperanza para esta comunidad. “Tuvimos que contar, que hacer una línea de tiempo y tres años después, en el 2016 nos escuchó la juez”, complementa Concepción.

María Claudia Linares, coordinadora del programa Propaz, destaca el papel que se ha desarrollado a través de la Mesa de Trabajo para la Memoria Histórica en Norte de Santander, “un espacio valioso para las personas de la región”. Esta Mesa, que cuenta con el apoyo de la Secretaría Departamental de Víctimas, Paz y Postconflicto; la Corporación Cultural Biblioteca Pública Julio Pérez Ferrero; el Centro Nacional de Memoria Histórica  (CNMH) y el acompañamiento del Programa de Apoyo a la Construcción de Paz ProPaz de la Agencia Alemana para la Cooperación al Desarrollo, GIZ, “ha dinamizado la memoria y se han identificado oportunidades para aprender en conjunto”, dice Linares.

Edwar Álvarez, director territorial de la Unidad de Restitución, resalta la articulación interinstitucional. “La sentencia es integral, hace un llamado para que el CNMH se integre a las mediadas de reparación simbólica en la comunidad y en articulación con la cooperación alemana se obtiene un gran producto: el video y el mural”.

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portada juan frioEn septiembre del 2000, los paramilitares asesinaron a seis habitantes de esta comunidad de Norte de Santander y utilizaron su territorio para instalar unos hornos crematorios en los que desaparecían a sus víctimas. Esta comunidad hoy quiere decirle al país que son un territorio de paz.

Texto y fotos por: Laura Cerón

En medio de una carretera que cruza casas y casetas en las que resuena música a todo volumen, aparece el colegio de Juan Frío, un corregimiento pequeño ubicado en Villa del rosario, Norte de Santander. Allí, ocupando la cancha que bordea los salones de clase, un grupo de mujeres cuelga fotografías de lado a lado y forjan una exhibición de mochilas tejidas. Una a una va dejando mensajes que hablan de tejer lazos entre ellas, de sanación y de trabajo colectivo. Alrededor colocan flores como si se tratara de un altar. Están emocionadas. Llevan meses esperando el momento de mostrar quienes son, en quienes se han convertido después de la guerra que llegó a su corregimiento hace 18 años.

Una de ellas es Fideligna Gómez, una mujer imponente que orienta a los jóvenes que las acompañan para que estén pendientes de los preparativos de la conmemoración. Es 22 de septiembre del 2018 y los habitantes de Juan Frío rinden un homenaje a los seis campesinos que fueron asesinados hace 18 años, con la entrada paramilitar del Bloque Catatumbo a esa región. Llevan meses planeando ese momento. Con el sol que empieza a caer, hombres, mujeres y niños caminan juntos hasta la entrada del pueblo. Llevan flores de muchos colores en sus manos. Fideligna toma el micrófono conectado al bafle que lleva un carro, se aclara la voz y les da la bienvenida.

A un costado de la carretera, un mural pintado deja ver los campos verdes cultivados y llenos de cosecha que caracterizan a esa zona; hay árboles con frutos y un río azul que los atraviesa. En el centro, un par de manos sostienen una cachama, un pez que muchos años antes de la violencia atrajo a miles de visitantes a estas tierras. Se ven casas, una iglesia y una paloma blanca. En medio hay un mensaje escrito en letras amarillas que dice: Juan Frío, tierra de esperanza. Cuéntale a la gente que tenga más confianza.

juan frio2 Fideligna Gómez, lideresa y secretaria de la Junta de Acción Comunal de Juan Frío.

***

Juan Frío está ubicado en el límite de Norte de Santander, justo al borde del río Táchira que linda con San Antonio de Táchira (Venezuela). Está en la región del Catatumbo, una zona de gran interés para los grupos al margen de la ley por sus tierras fértiles y por su ubicación estratégica en la frontera con Venezuela.

Según informes de la Fundación Ideas para la Paz, el Ejército de Liberación Nacional (ELN) fue la primera guerrilla en llegar al Catatumbo a principios de los años 70. Allí, el ELN adoptó como una de sus principales estrategias atentar contra las zonas de exploración, extracción y transporte de crudo. Hacia 1982 llegaron las Farc, con el objetivo de controlar la cordillera oriental y crear un corredor entre Ecuador y Venezuela. Desde los años 80 la guerrilla de las Farc se vinculó al negocio del narcotráfico en esta región y, con el auge de la coca en el Catatumbo, convierten a esta región es un escenario clave para sus finanzas que se estaban fortaleciendo.

Desde mayo del 1999, los paramilitares del Bloque Catatumbo -creado y organizado por órdenes de Vicente y Carlos Castaño- empezaron a llegar a la zona con el objetivo de desterrar a los grupos guerrilleros, y tomar el control de la producción y distribución de coca. Como en todos los rincones de Colombia donde hubo disputas territoriales, la población de Juan Frío quedó en medio del fuego cruzado.

Fideligna llegó a Juan Frío cuando tenía 15 años. Su papá era jornalero y encontró allí la tranquilidad que no le daba Cúcuta, la ciudad en que ella nació y vivió con su familia. En Juan Frío podrían cultivar sus propias tierras y vivir mejor, a pesar de que el pueblo, las casas y la carretera apenas estaban en construcción.

El 24 de septiembre del 2000, Fideligna estaba dando catequesis a los niños que se preparaban para la primera comunión. Ese domingo, como siempre, en el pueblo había música, comida, adolescentes jugando torneos de fútbol y gente que subía en carros a los restaurantes más famosos a comer cachama.

A lo lejos el ruido de un tiroteo la alertó. Un niño se acercó agitado y le dijo que hombres encapuchados con armas venían hacia el pueblo. A toda velocidad llevó a los niños a un salón del colegio y los ocultó detrás de un tablero que usaban para publicar carteleras. “Por favor, limítense a respirar. No vayan a llorar ni a hacer bulla”, les dijo.

Mientras intentaba mantener a los niños con calma, Fideligna no podía reconocer a esos hombres pero les temía. Les temía porque unas personas encapuchados y con armas, como ellos, desaparecieron a su papá un día de 1999 en una trocha que conecta a Villa del Rosario con Los Patios. Lo buscó en caseríos como Donjuana, Bochalema, Los Patios; también en las funerarias, el hospital,  la morgue y los ancianatos, pero no encontró rastro.

juan frio3 Sicar Valdez, esposa de Gerardo Rangel, víctima de la masacre perpetrada por los paramilitares en el año 2000.

***

El mural era el punto de inicio de la caminata por la vida, en la conmemoración del pasado 22 de septiembre. El recorrido marcaría los lugares por los que hace 18 años los paramilitares del Bloque Catatumbo habían cometido la masacre. Al lado de la carretera fueron homenajeados los esposos Nohora Albeira de García Delgado y Carlos Julio García, quienes fueron asesinaron frente a sus tres hijos de 11, 9 y 7 años.

Una pequeña peregrinación empezó a formarse. Dos niñas llevaban en alto un telar que habían tejido las mujeres hacía unos meses, mientras entre puntada y puntada planeaban la conmemoración. La segunda parada se hizo en el colegio de Juan Frío, lugar donde los encapuchados habrían asesinado a Javier Antonio Gómez.

Caminaron con el sol en la espalda hasta llegar a la tercera estación: una casa en la que se homenajeó a Gerardo Rangel, un campesino que, al momento de la masacre, llevaba seis meses viviendo en Juan Frío con su familia. Gerardo fue asesinado en la trocha  que se conoce como La Ramona. Allí también se honró la memoria de William Palencia, un chofer que prestaba servicios de transporte para la gente del pueblo.

Una escultura de la virgen María fue la última parada. Allí se celebró la vida de Julio Cesar Vásquez. A Julio le decían era ‘El Guajiro’, un hombre que sembraba y cultivaba la tierra. “Alimentó a muchos cuando no tenían qué comer. Uno iba, le pedía una yuca y lo mandaba con comida para preparar un sancocho para la familia. Lo tildaron de ayudante de la guerrilla”, comentó Fideligna.

juan frio4 Mochilas tejidas en los ‘círculos de sororidad’, un espacio creado para que mujeres y hombres de Juan Frío.

***

Cuando la guerra es prolongada en el tiempo se vuelve un arma de doble filo. Con la llegada de los paramilitares, los episodios de violencia, desaparición y tortura empezaron a ser parte de la cotidianidad. Pero al mismo tiempo, los habitantes de Juan Frío aprendieron a convivir con ellos. Se crearon incluso algunos lazos de amistad y muchos paramilitares engendraron a sus hijos allí.

Sus habitantes no olvidan que el día de la masacre las paredes quedaron grabadas con los mensajes “muerte a sapos” y “guerrilleros HP”. La incertidumbre crecía. Fideligna cuenta que la paranoia por parte de los paramilitares por ‘pescar’ guerrilleros era evidente. Como su casa quedaba al borde del camino, muchos se instalaron en ella, colgaron hamacas en su patio y, en cualquier momento paraban los carros que pasaban por el frente. “Ese es de la guerrilla”, decían mientras salían a detenerlo.

Mientras tanto, a unos 15 de allí en moto, sin que nadie del pueblo se enterara, los paramilitares empezaron a usar trapiches como hornos crematorios para desaparecer a sus víctimas. Alcanzaron a incinerar unos 560 cuerpos según relató el periodista Javier Osuna en el libro ‘Me hablarás del fuego: Los hornos de la infamia’.

“Eso fue el dolor más grande cuando me enteré. Leí en la prensa ‘Los hornos del terror, el holocausto de Juan Frío’”, cuenta Fideligna. Incluso, les preguntó directamente a los paramilitares y su respuesta fue: “Sí señora, eso es arriba por donde llaman Juan García. Allí adecuamos un horno”. “Uno sí veía que subían ruedas de carro, gasolina, picas. Con los días llevaron a varios para que vieran cómo desenterraban los cadáveres de las fosas. Era un castigo por no estar de acuerdo a sus leyes”, contó Fideligna.

Y mientras eso estaba ocurriendo, los paramilitares seguían en su campaña de ganarse a la gente. Organizaban fiestas y asados, y muchas personas asistían porque les ofrecían dos cosas que ellos estaban necesitando mucho: comida y un poco de regocijo ante el dolor. Hacían misas; les daban regalos, ropa, útiles escolares para los niños. “Tapaban lo que hacían malo con algo bueno. Pero como decía un sacerdote del pueblo: pecar y rezar no es empatar. Es una gran mentira”, afirmó Fideligna.

El estigma con el que cargan los habitantes de Juan Frío desde entonces ha sido una marca difícil de borrar. Cuando hablan de su origen, muchas veces son señalados de ser “paracos”. Y hay quienes les dicen, de frente, que por esas tierras nunca irían porque los podrían desaparecer o asesinar.

juan frio5 La comunidad de Juan Frío reunida durante la conmemoración celebrada el pasado 22 de septiembre.

***

A pesar del dolor, la comunidad de Juan Frío ha aprendido a resistir con dignidad. Ya han sobrevivido a las guerrillas de las Farc y el ELN, a los grupos paramilitares, a bandas criminales como las Águilas Negras, los Urabeños y los Rastrojos. Ahora no se van a rendir.

Desde 2013, la Unidad para las Víctimas les reconoció como sujetos de reparación colectiva. Es decir, el Estado colombiano admitió que esta comunidad sufrió constantes hechos de victimización y vulneración de sus derechos, y que por lo tanto requiere una atención especial.

Desde su rol de lideresa, Fideligna Gómez ha acompañado este proceso desde el inicio. También ha impulsado proyectos de piscicultura para volver a criar tilapia roja y fomentar el turismo. Además, apoyó la creación de actos conmemorativos para fortalecer los lazos destruidos por el conflicto.

La última conmemoración, celebrada el pasado 22 de agosto, incluyó una caminata que terminó en el colegio. Allí, el sacerdote del pueblo celebró una eucaristía y se dio inicio a los actos simbólicos.

Para este año, la fundación 5ta con 5ta Crew, formada por jóvenes del departamento, acompañó a la comunidad con talleres. Las mujeres aprendieron a tejer mochilas y, con ese ejercicio, a rescatar los múltiples saberes de la frontera; los niños y jóvenes de la Escuela Itinerante del Norte Bravos Hijos presentaron un documental titulado Juan Frío “Memorias de una esperanza”, y los integrantes de la Junta de Acción Comunal presentaron una obra de teatro. El sentido era el mismo: mostrar que Juan Frío está recuperando la confianza en su gente y en su territorio.

Son muchos los retos que tiene hoy este territorio: la migración de venezolanos a sus tierras, el contrabando que alimenta la frontera, las disidencias de los grupos armados y las bandas criminales que quieren volver. La respuesta de la comunidad ha sido generar oportunidades de trabajo y crear espacios de reconciliación. Con el proyecto que adelantan junto a la Unidad de Víctimas, esperan construir un espacio policultural en el que puedan volver a integrarse, a reconstruir los lazos perdidos y borrar la desconfianza que existe entre ellos mismos.

“Aunque el conflicto armado nos marcó, también nos enseñó que somos valientes, resistentes y persistentes. Somos gente trabajadora, que salimos para adelante ante los obstáculos que se nos presenten. Queremos que vayan y le cuenten a la gente que Juan Frío es territorio de paz”, concluyó Fidelina.

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Bolívar, Cesar, Norte de Santander

La iniciativa de memoria consiste en la realización de pendones con fotografías de víctimas del sur de Bolívar, Cesar y Catatumbo, que han sido aportadas por sus familiares. Estos pendones son parte del material presentado en los espacios de incidencia de la Organización con el fin de visibilizar las acciones y la experiencia del proceso y conmemorar los seres queridos que fueron arrebatados por la guerra.

El capítulo regional se constituyó en el 2009 durante el I Encuentro Regional del Capítulo de Víctimas Sur de Bolívar – Sur del Cesar y Catatumbo y está conformado por víctimas de los municipios del Sur de Bolívar (principalmente Simití, San Pablo, Santa Rosa, Río Viejo y Regidor ), del Sur de Cesar (Aguachica, Gamarra, La Gloria y San Alberto) y Catatumbo (principalmente los municipios en los que hace presencia el Comité de Integración Social del Catatumbo CISCA)

En cada una de estas zonas los comités de víctimas responden a las actividades y reivindicaciones generales del Movimiento Nacional de víctimas de Crímenes de Estado MOVICE, realizan gran cantidad de actos conmemorativos y adelantan junto a la Corporación Sembrar, el proceso de recolección de casos y en algunas situaciones las acciones judiciales necesarias.

La región del Magdalena medio ha sido una de las regiones más afectadas por el conflicto armado reciente. En las últimas décadas hechos como el desplazamiento, masacres, asesinatos, desapariciones forzadas, entre otros, marcaron la vida de sus habitantes.

El Magdalena medio es una zona de alto interés para los actores armados por su biodiversidad, por su ubicación estratégica y su economía basada en proyectos extractivistas y de agroindustria.

Publicado en Bolívar

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