El Centro Nacional de Memoria Histórica presenta el primer ejercicio de memoria sobre el caso de los diputados del Valle del Cauca, secuestrados y asesinados por las FARC. En esta décima entrega de la serie documental “Somos más que 11” conocerá la historia de Juan Carlos Narváez Reyes, presidente de la Asamblea: un apasionado por los debates filosóficos y políticos, que en su discurso siempre hizo un llamado para que los colombianos no se acostumbraran ni al secuestro ni a la guerra. Esta es su historia.

“Ni la humillación, ni las cadenas, ni el maltrato han sembrado en mí rencor ni venganza. Soy de la casta de líderes honestos, valientes y dignos que construirán una patria en paz”, afirmó en una prueba de supervivencia Juan Carlos Narváez, presidente de la Asamble del Valle para el momento en que la guerrilla de las FARC asaltó esa institución y secuestró a doce diputados, el 11 de abril del 2002.

Su liderazgo social aparece siempre en los relatos de sus familiares y amigos. Su hermana Yolanda, quien lo acompañó en una de sus campañas, recorda que cuando Juan Carlos recorría los barrios más pobres de la ciudad decía: “Anótenme todas las necesidades, todo, todo”. “Yo veía que le decían: ‘Doctor necesitamos dinero para pagar los servicios’, y él sacaba de su bolsillo y les daba”, continua Yolanda.

En el distrito de Aguablanca, en Cali, lo conocieron bien y, sobre todo, apreciaron esa cercanía a la gente más vulnerable. Como Consejero de Paz de la Alcaldía de Cali, trabajó por el desarme y la reintegración de los jóvenes de las pandillas, un proyecto que le generó amenazas que no lo frenaron.Fue especialmente crítico con el dominio ejercido en el Valle del Cauca por unas pocas familias y con el monocultivo de la caña, que había dejado en la marginalidad a miles de campesinos. “Sueño con un Valle para todos y distinto para nuestros hijos”, solía decir.

En la misma prueba de supervivencia ya citada, Juan Carlos Narváez aseguraba: “Resisto por amor”. Su familia da cuenta de ese amor. A Fabiola Perdomo, su esposa, quien se convirtió en una de las lideresas más activas por el Acuerdo Humanitario, una de las cosas que más la enamoraba de él era su inteligencia; asegura que muchas personas se referían a él como un hombre “brillante”. Él era un hombre del que todos aprendían, dice Fabiola. Una persona que siempre quería seguir creciendo intelectualmente.

Después de estudiar Filosofía y Letras, quería hacer la carrera de Derecho y Economía. Para él un buen político debía saber comunicar, pensar, saber de leyes y de economía. “No le gustaba bailar y en eso medio le ayudé un poquito. Era un hombre más de irse para una finca o de quedarse en casa leyendo, viendo una película, más de este tipo de cosas”, dice Fabiola.

Daniela, la segunda hija de Juan Carlos Narváez, tenía solo dos años cuando secuestraron a su padre y a sus compañeros de la Asamblea; era muy pequeña para recordarlo, pero lo tuvo muy presente el día de su graduación como bachiller. Ese día la oyeron decir: “Gracias a mi padre, quien a pesar de no estar a mi lado en uno de los días más importantes de mi vida, sí está presente en mi corazón, en mi mente y en mi espíritu. Está en cada risa, en cada lágrima, en cada parte de mí. Lo siento y lo sentiré a mi lado. Este logro es para él y para mi madre, para que estén orgullosos de la hija que tienen, la hija que honrará sus nombres mientras viva”.

Y su hijo mayor, Juan Carlos jr., dice que a pesar de su muerte lo sigue sintiendo muy cerca: “A veces cuando estoy triste voy al cementerio y me siento y hablo dos o tres horas con él, porque yo hago de cuenta que está ahí. Lo saludo y sin que me lo esté preguntando le voy contando mis cosas, las de la familia, pero especialmente de mi hijo Matías, para quien quiero ser un papá tan amoroso como el que yo tuve y darle lo que me faltó recibir por la muerte de mi padre”.

Conozca la historia completa de Juan Carlos Narváez Reyes descargando aquí el informe “El caso de la Asamblea del Valle: tragedia y reconciliación”, y siguiendo la serie documental “Somos más que 11” que estaremos publicando hasta el 10 de diciembre.

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El Centro Nacional de Memoria Histórica presenta el primer ejercicio de memoria sobre el caso de los diputados del Valle del Cauca, secuestrados y asesinados por las FARC. En esta novena entrega de la serie documental “Somos más que 11” conocerá la historia de Edison Pérez Núñez, un diputado que supo enfrentar una limitación visual, con la misma entereza con la que luchó para recuperar su curul en la Asamblea tras demostrar un fraude electoral.

Por once votos, Edison Pérez Núñez casi pierde su curul de diputado del Valle en las elecciones del año 2000. La campaña había sido dura: muchas veces llegaba a su casa a las tres de la mañana y salía tres horas después a seguir explicando sus propuestas en Riofrío, El Dovio, Darién, Buga, Palmira, Tuluá y Cali. Una tarea extenuante cuyo fruto casi le es arrebatado cuando, después de inesperados cortes de energía en el centro de cómputo electoral, el conteo de la votación fue alterado.

Edison no era un hombre que se rindiera sin luchar. Al estudiar el mapa electoral, surgió la primera hipótesis: en un caserío a medio día de viaje desde Buenaventura, con no más de 30 familias, una comunidad que había denunciado que se abstuvo de votar por amenazas de grupos armados, apareció en el conteo oficial con 33 votos. Con ese dato Edison introdujo el caso. Investigaron, se probaron las irregularidades y descubrieron que los números de cédula de los supuestos votantes, no coincidían con los de la comunidad. Así se inició un proceso judicial por suplantación de identidad, que un año y medio después le dio a Edison la entrada como diputado a la Asamblea del Valle.

Edison encaró esa dificultad con la misma decisión con la que había superado en su vida otros obstáculos. Los que lo conocieron recuerdan su interés por la lectura a pesar de sus limitaciones visuales, su inclinación a estar preguntando e investigando, su vocación de servicio; y los buenos resultados de su actividad política en la alcaldía de Tuluá, en donde lideró una ambiciosa reforma administrativa que salvó al municipio de la quiebra. Se propuso, además, animar un movimiento de renovación democrática y creó “Espacios”, un proyecto para estimular empleos y movilizar a personas indiferentes y pasivas.

Para enfrentar sus problemas de visión, usaba un computador con letra grande, una lupa o los ojos de alguien que le leyera. El 11 de abril del 2002, día en que guerrilleros de las FARC secuestraron a doce diputados del Valle, incluído él, su preocupación principal fue tranquilizar a su madre enviándole un mensaje de calma. Nunca en su agitada agenda política dejó de cuidarla.

Cuando estaba secuestrado, Edison Pérez envió un mensaje que su familia y amigos no pueden olvidar. En una de las pruebas de supervivencia, ante la cámara de video, mostró la palma de su mano con el mensaje: “¿Hasta cuándo?”. Esa fue su forma de presionar a un Gobierno renuente a adoptar un Acuerdo Humanitario que, según los familiares de los diputados secuestrados y asesinados en cautiverio, habría podido salvarles la vida. También hay otro mensaje imborrable de esos días de secuestro: uno de agradecimiento por la llegada de unas gafas que reemplazaron las que había perdido.

“Era  un mal político en el sentido de que lo compartía todo y por eso nunca se enriqueció. Si para resolver la necesidad de alguien tenía que sacar parte de su salario, no dudaba en hacerlo”, aseguró el periodista William Loaiza.

Conozca la historia completa de Edison Pérez Núñez descargando aquí el informe “El caso de la Asamblea del Valle: tragedia y reconciliación” y siguiendo la serie documental “Somos más que 11” que estaremos publicando hasta el 10 de diciembre.

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El Centro Nacional de Memoria Histórica presenta el primer ejercicio de memoria sobre el caso de los diputados del Valle del Cauca, secuestrados y asesinados por las FARC. Esta octava entrega de la serie documental “Somos más que 11” está dedicada al más joven de los diputados: Francisco Javier Giraldo, quien tenía 32 años al momento del asalto de la guerrilla. Era un destacado líder político de las juventudes liberales.

La familia de Francisco Javier Giraldo, uno de los doce diputados secuestrados por las FARC en la toma a la Asamblea del Valle el 11 de abril del 2002, tocó todas las puertas que conocía para lograr su liberación. No eran ajenos al mundo de la política y, además, el joven diputado se había ganado sus propias credenciales, para mover y conmover a personajes influyentes y poderosos que actuaran en su favor; comenzando por Álvaro Uribe Vélez, a quien había apoyado en la campaña de 1998. “Pacho fue el primero en llevarlo al Valle, cuando no tenía ninguna opción”, recuerda Álvaro José Giraldo, su hermano.

Fue eso lo que impulsó a Ángela, su hermana, a presentarse en la Casa de Nariño durante el lanzamiento del libro del político José Renán Trujillo, titulado “La promesa inconclusa” y prologado por el entonces presidente Álvaro Uribe Vélez. Entre firma y firma de ejemplares del libro, Uribe le dijo: “Hijita, espérate un momento; espérame ahí”. Después agregó: “Habla con tu gobernador”. “Las FARC no negociarán con el gobernador, negociarán con usted”, le replicó ella con firmeza. El presidente, entonces, le dio un número de teléfono y un tiempo después, en una llamada, le diría: “Estados Unidos no nos deja negociar con terroristas”.

Ángela se reunió con algunos congresistas demócratas en Washington, quienes firmaron un comunicado en apoyo al Intercambio Humanitario, que ella le llevó al entonces presidente Uribe. “Yo necesito un pronunciamiento del Consejo de Estado”, fue la respuesta del presidente. Insistente, Ángela obtuvo también ese apoyo y la respuesta de Álvaro Uribe fue que el intercambio pondría en riesgo la seguridad nacional.

Cuando en una nueva llamada ella le informó que en una encuesta del Centro Nacional de Consultoría, la mayoría de los encuestados veían con buenos ojos el Acuerdo Humanitario, Uribe le anunció su decisión unilateral de liberar a un grupo de guerrilleros. Pero las FARC recibieron mal el ofrecimiento del presidente, ya que no resultaba de un acuerdo entre las partes. Aquel sería uno de los tantos momentos en que se cerraron las puertas del Acuerdo Humanitario.

El perfil de Francisco Javier Giraldo en el libro “El Caso de la Asamblea del Valle: tragedia y reconciliación” no solo se adentra en la lucha de su familia por este Acuerdo, sino que reconstruye la memoria de un joven que quiso cambiar la política con principios como cero mentiras para conseguir votos. Como su padre Ramón Elías Giraldo, Francisco Javier era un convencido de que el principal fin de la política era ayudar a los demás.

Sus sueños eran lograr el 100% de cobertura educativa en el Valle y favorecer el acceso a la vivienda para las personas de escasos recursos. Diego Vélez recuerda que su amigo Javier, o ‘Pacho’, solía decir que la gente debería participar en política a conciencia y no por una gaseosa o una empanada. Diego mantiene la imagen de ‘Pacho’ en un hogar infantil de un barrio vulnerable, conmovido hasta las lágrimas al ver que los niños se turnaban el único par de zapatos que tenían.

Uno de los momentos más difíciles que tuvo que enfrentar la familia de Francisco Javier durante su secuestro, fue la muerte de su papá Ramón Elías Giraldo. Todos coincidían en que Ramón “no se le arrugaba a nada”, y por eso fue tan difícil verlo derrumbado, enfermo y deprimido.

Socorro, la madre de ‘Pacho’, aseguró que su hijo les dejó “una herencia de amor y perdón”. Y su hermana Ángela agregó que aunque es difícil perdonar “no podemos ser inferiores a la voluntad que él tenía”.

Conozca la historia completa de Francisco Javier Giraldo Cadavid descargando aquí el informe“El caso de la Asamblea del Valle: tragedia y reconciliación” y siguiendo la serie documental “Somos más que 11” que estaremos publicando hasta el 10 de diciembre.

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El Centro Nacional de Memoria Histórica presenta el primer ejercicio de memoria sobre el caso de los diputados del Valle del Cauca, secuestrados y asesinados por las FARC. En esta séptima entrega de la serie documental “Somos más que 11”, conocerá la historia del diputado Carlos Alberto Charry Quiroga: matemático, contador y político pragmático, que trabajó por el deporte y la tercera edad. Aquí su historia.

Durante cinco años las familias de los 11 diputados del Valle del Cauca, secuestrados el 12 de abril del 2002 por las FARC, acudieron a todos los actos públicos y privados que pudieron para obtener su liberación. Pero sus esfuerzos fueron inútiles. Ni las FARC, ni el Gobierno atendieron esa apremiante y angustiada demanda de libertad. El 5 de julio de 2007, una movilización ciudadana en Cali exigía a gritos la entrega de los cadáveres de los diputados que habían sido asesinados por la guerrilla.

Ese día, en un ambiente tenso por la indignación y el dolor, se escuchó la voz de Carolina Charry, hija de Carlos Alberto Charry, una de las víctimas, quien acusaba al Gobierno por no haber hecho lo suficiente para devolver con vida a los secuestrados por una guerrilla “sin ideales y cargada de injusticia y maldad”.

Cuando por fin pudieron enterrar sus cuerpos, Carolina veía cómo descendía el ataúd con su padre: “Todo el mundo lloraba menos yo. Pero cuando empezó a bajar ese féretro reaccioné y dije: ‘Esto es real’... y ¡uf!, me rompí. Lloraba y lloraba y dije algo así como ‘démosle un aplauso porque él fue siempre un gran ser humano’. Todo el mundo aplaudió”.

Las imágenes que Carolina conserva de su padre, están cargadas de afecto y admiración. Desde el detalle pintoresco de cuidar una cabrita herida en un lote del  barrio, o de disfrutar como niño los días que pasaban en familia en la finca, recogiendo piedras, criando cerdos y compartiendo el almuerzo con sus vecinos; hasta el hecho de haber guardado hasta el final del cautiverio dinero escondido en su cinturón, a la espera del día en que, ya libres, tuvieran que alquilar un carro para llegar a casa.

Carolina y su hermana Laura habían sentido esa grandeza de alma en las pruebas de supervivencia de su padre, en las que este hombre, con su vida en vilo, les manifestaba que estaba preocupado por su transporte a la universidad, por el portátil que les sería indispensable para estudiar o por los cursos de francés que deberían tomar.

Su principio, como político, era “todos somos iguales y merecemos vivir mejor”. Su interés en buscar soluciones antes que discursos políticos, y su pasión por ayudar, marcaron su vida política. Cada etapa de su ascenso hasta diputado, las cumplió con esfuerzo y con un invariable espíritu de superación para servir.

La espera de su familia comenzó con la voz tranquilizadora de Carlos Alberto, en una llamada que le hizo a su esposa Gaby el día del secuestro. “Todos los años de la vida pensamos que iba a volver. Todos los 31 (de diciembre) decíamos: ‘este va a ser el último año nuevo sin él’. Hicimos todo lo que pudimos para que volvieran”, contó Gaby.

Esa espera culminaría con la noticia de su muerte. Y su hija Laura anotó entristecida: “Mira cómo son las cosas, el asesinato fue el día de mi graduación como bachiller”. Ese día terminó la primera espera y comenzó la segunda: la de la entrega de los cadáveres. “Mi mamá todos los días iba a Medicina Legal y le decían ‘ya llega, ya llega’”. Los cadáveres llegaron en once bolsas, y desde el principio a Gaby puso su atención en la tercera. Después de las diligencias de reconocimiento de cajas dentales, ADN y huellas dactilares, Gaby volvió a preguntar: “¿quién era el número tres?” y el forense, después de revisar la lista oficial, le dijo: “Es Carlos Charry”. Había terminado la segunda espera.

Conozca el relato completo de la memoria de Carlos Alberto Charry Quiroga descargando aquí del libro “El caso de la Asamblea del Valle: tragedia y reconciliación”, y siguiendo la serie documental “Somos más que 11” que estaremos publicando hasta el 10 de diciembre.

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El Centro Nacional de Memoria Histórica presenta el primer ejercicio de memoria sobre el caso de los diputados del Valle del Cauca, secuestrados y asesinados por las FARC. El protagonista de esta sexta entrega de la serie documental “Somos más que 11” es un avezado músico y abogado, que lideraba la orquesta de salsa “La Sabrosura”: el diputado Héctor Fabio Arismendy, asesinado en cautiverio. Esta es su historia.

En las imágenes que amigos y familiares conservan de Héctor Fabio Arismendy, diputado del Valle del Cauca secuestrado y asesinado por las FARC, casi siempre aparece él componiendo, formando grupos musicales, haciendo música y organizando conciertos. Al escucharlos, es difícil no preguntarse ¿cómo describir a Héctor: como músico o como político?

Cuando Arismendy se entregó por completo a la política, se sintió desilusionado. Hablar en público lo asustaba y sentía que su integridad física estaba en peligro. Incluso, pensó dejarlo todo para volver a la música. Pero no lo hizo.

Arismendy tenía solo 25 años cuando fue nombrado secretario de Gobierno Municipal de Cartago. Desde ese cargo, vivió la experiencia de “El Cartagazo”: una enorme manifestación que protagonizaron los habitantes de este municipio en 1983, exigiendo su derecho a tener servicios públicos. Después trabajó en las rentas departamentales, hasta que le anunció a su familia que se había lanzado al Concejo.

A partir de ese momento toda su familia y amigos se entregaron a la actividad política. “Le pusimos el pecho a esa campaña para ponerlo de primero. Distribuimos a Cartago por grupos que él llamaba ‘fogoncitos’, eran como 15 o 20. Y en medio de eso iba formando líderes que nos acompañaban. Y para completar, hacíamos ese trabajo a pie porque no teníamos vehículo”, recuerda su amiga Marlene Giraldo.

El novato concejal repitió curul. En una segunda campaña contaron como puntos a favor sus triunfos musicales y su encanto personal. Aunque en algún momento manifestó su desilusión, buscó un tercer período como concejal y probó sus capacidades después en Invías como secretario de transportes en momentos difíciles. Había conflicto con las empresas transportadoras y, por primera vez, tuvo que usar chaleco antibalas y camioneta blindada. Fueron seis meses intensos que terminaron con su aspiración a la Asamblea.

La política lo traía y llevaba como una dama exigente. Así debió pensarlo cuando tuvo que vencer su timidez frente al público y aprender técnicas de oratoria, para obtener un discurso con “calor humano”. Su amiga Olga Gómez le decía: “Párese así”, “hable así”, “suéltese que está muy rígido”, “mire al frente”, “que se vea convencido”, “hable con el corazón en la mano”. Así su voz y sus ideas configuraron una campaña con “calor humano” que lo llevó a la Asamblea. Pero esa curul de diputado, tan gozosamente celebrada, le costó todo.

“Yo veo a mi papá como un superhéroe”, dijo su hijo Juan Camilo, con seriedad. Y su hermano Sebastián describió así el cambio en su vida, luego de la muerte de Héctor Fabio: “Dejé de ser un niño, enfoqué todo en vengarme”. Años después, durante los diálogos de paz entre las FARC y el Gobierno, la vida puso a Sebastián frente a frente con la guerrilla. “Yo juré matarlos a todos cuando solo tenía 9 años. Sin embargo les dije que ya los había perdonado, y que también yo me había perdonado y por eso era libre y feliz. Pero ellos, como nunca lo había esperado, me escucharon con respeto y ponían atención a todas mis palabras. Al final Pablo Catatumbo nos dijo: ‘No nos enorgullecemos del asesinato de los diputados. Eso nunca debió pasar. Hoy hacemos un reconocimiento público y pedimos perdón. Ojalá ustedes nos perdonen”.

La  sabiduría musical de su padre –ese arte de combinar notas y silencios y convertirlos en armonía- dejó en Sebastián y en los suyos una huella imborrable.

Conozca el relato completo de la memoria de Héctor Fabio Arismendy Ospina descargando aquí el informe “El caso de la Asamblea del Valle: tragedia y reconciliación” y siguiendo la serie documental “Somos más que 11” que estaremos publicando hasta el 10 de diciembre.

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El Centro Nacional de Memoria Histórica presenta el primer ejercicio de memoria sobre el caso de los diputados del Valle del Cauca, secuestrados y asesinados por las FARC. En esta quinta entrega de la serie documental "Somos más que 11", nos adentramos en la vida de Alberto Quintero Herrera, quiense desempeñó como concejal y alcalde antes de ocupar el puesto de diputado, y estuvo a punto de convertirse en sacerdote. Aquí su historia.

Los hermanos, familiares, amigos y un sacerdote cercano a Alberto Quintero Herrera, uno de los once diputados del Valle del Cauca secuestrados y asesinados por las FARC, coinciden en que este hombre vivía en una dualidad: la religión y la política. Quiso ser sacerdote pero confesaba, con la misma facilidad, que también quería llegar a la presidencia.

El padre Aimer Osorio, su compañero de estudios en el seminario, aseguró que Alberto “sentía ese gran amor a Dios y eso lo vinculaba con su deseo de servir al prójimo. Creció mucho en la vida espiritual estando en el seminario. Pero por necesidades familiares regresó al Valle. Con frecuencia nos encontrábamos en la calle y, como dos buenos amigos, nos saludábamos y reíamos de lo vivido en esa época”.

Lucía Quintero, hermana de Alberto, contó que su mamá “sufrió mucho” para pagarle los estudios en el seminario. “Nos las arreglábamos para sostenernos con el salón de belleza, pero ya hubo un momento  en que fue muy difícil subsistir. Alberto dejó sus estudios religiosos y regresó con nosotros para ayudarnos. Cuando volvió trajo unos conejitos, dizque de raza rusa, y puso una conejera. Pero al fin acabó con ese negocio que no le dio resultado”.

El hombre político apareció mientras se desempeñaba como docente. “Comenzó a hacer política y empezó a formar grupos o ‘comandos de juventudes”, contó su hermano José Diego Quintero. Así comenzó su vida política que fue muy activa. Antes de llegar a ocupar una curul de diputado por segunda vez fue secretario de Gobierno, concejal, auditor fiscal y alcalde de Cartago.

En esa faceta de servidor público, se unió el espíritu del religioso y la inteligencia práctica del político. Así lo describió su hermana Luz Mery: “Lo que hizo fue humanizar la administración pública. Nunca persiguió a nadie políticamente, sino que decidía la conformación de su equipo por las capacidades de las personas”. Y su hermano José Diego compartió esa opinión: “Profesionalizó la administración pública, es decir, las personas que estaban allí era por su capacidad más que por una recomendación política. Siempre respetó mucho ese criterio”.

A pesar de las dificultades que le ocasionó su gusto excesivo por la bebida, que logró superar, su actividad política fue muy próspera. “El mejor legado de Alberto está representado en lo que continuamos siendo hoy, el movimiento político ‘Albertistas en acción’, que no sólo sobrevivió a la pérdida física de su inspirador y creador, sino que se mantuvo vigente en momentos muy difíciles para hacer política”, dijo su hermano José Diego Quintero.

Conozca más detalles de la vida de Alberto Quintero Herrera descargando aquí el libro“El caso de la Asamblea del Valle: tragedia y reconciliación”, y siguiendo la serie documental “Somos más que 11” que estaremos publicando hasta el 10 de diciembre.

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El Centro Nacional de Memoria Histórica presenta el primer ejercicio de memoria sobre el caso de los diputados del Valle del Cauca, secuestrados y asesinados por las FARC. En esta cuarta entrega de la serie documental "Somos más que 11", conocerá la historia de un camarógrafo de RCN que perdió la vida cubriendo este hecho: Héctor Hernando Sandoval Muñoz. Un apasionado por las imágenes; una persona audaz, independiente y con afán de vivir la vida.

El día del asalto de las FARC a la Asamblea del Valle, el 11 de abril del 2002, una bala de ametralladora disparada desde un helicóptero Arpía de la Fuerza Aérea impactó a Walter López, el conductor del carro de RCN que transportaba a los periodistas que cubrían el hecho. Mientras los reporteros atendían al conductor, nuevamente fueron impactados. 

Juan Bautista, uno de los periodistas, recuerda: “Nosotros empezamos a gritar: ‘¡No disparen!, ¡somos periodistas!’”.  Luego se lanzaron hacia la montaña para librarse de los impactos, y se dieron cuenta de que el camarógrafo Héctor Hernando Sandoval Muñoz estaba herido en su pierna izquierda. A pesar de los intentos de sus compañeros por auxiliarlo, Héctor murió en el Hospital Departamental de Cali al siguiente día.

“Mi hermano murió en su ley, en su trabajo. Murió rescatando a su amigo”, dijo su hermano Fredy. Su compañero Juan Bautista aseguró que hasta sus últimos momentos Héctor fue un apasionado por la imagen:  “Me pidió que lo grabara. Me dijo: ‘flaquito, grábame’. Le dije: ‘tranquilo hermano, voy a buscar ayuda’. Y me respondió: ‘Marica, me estoy muriendo, grábame’”.

La carrera profesional de Héctor comenzó tempran0. Sus hermanos recordaron que entró al medio de la televisión a los 19 años y se formó en la Academia de Dibujo Profesional de Cali, donde estudió diseño y producción de audiovisuales. Un vecino que trabajaba en RCN lo recomendó y allí encontró las oportunidades que había soñado. “Era muy bueno grabando las escenas de los partidos de fútbol. Lo hacía tan bien que le encomendaron la edición de las imágenes y aspiraba a ser camarógrafo de producción de telenovelas”, recordó su hermano Juan Diego.

Su encuentro con la fuerza vital del periodismo le llegó cuando empezó a cubrir las noticias de orden público. En uno de estos cubrimientos, la explosión de un laboratorio de coca que él seguía a través del visor de su cámara, estuvo a punto de perder un ojo. Un vidrio le produjo una herida en la cara que lo mandó al hospital Valle de Lili. Cuando su madre Orfa recibió su llamada, desde la sección de urgencias, se alarmó pero entendió que ese era el precio que debía pagar su hijo, por seguirle la pista a la turbulenta historia del país con una cámara al hombro.

El trabajo en los medios de comunicación había sido común en la familia. Su padre, Carlos Enrique Sandoval, fue por muchos años jefe técnico de Caracol televisión. “Todos mis hermanos y mis tíos aún trabajan en el medio”, contó Fredy. De hecho,  Juan Diego, su otro hermano, oficiaba como camarógrafo de Telepacífico y Luis Carlos, su hermano también, era conductor de la Fly de RCN, en el momento en que hacían estas evocaciones.

Se les renovaba la admiración al recordar los trofeos ganados por su hermano. “Mi hermano se ganó varios premios como reportero gráfico. Se ganó uno por un documental sobre la protección ecológica del Río Cauca. También, cuando salió de la universidad, obtuvo un premio como mejor estudiante”, contó Fredy.

Más que esos trofeos o sus trabajos de reportería, a Héctor lo definieron los últimos momentos de su vida. Las imágenes de esos minutos de espanto se conservaron en su cámara, que quedó encendida en el suelo durante los abaleos. Esas imágenesle recordaron a su hermano Juan Diego que “Héctor siempre decía que quería hacer una noticia que saliera a nivel mundial, que tuviera una repercusión nacional y lamentablemente la hizo, por cosas del destino fue la noticia de su muerte”.

Lea el relato completo de la vida de Héctor Sandoval Muñoz descargando aquí el libro“El caso de la Asamblea del Valle: tragedia y reconciliación” y siguiendo la serie documental "Somos más que 11" que estaremos publicando hasta el 10 de diciembre.

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El Centro Nacional de Memoria Histórica presenta el primer ejercicio de memoria sobre el caso de los diputados del Valle del Cauca, secuestrados y asesinados por las FARC. Esta tercera entrega de la serie documental “Somos más que 11”, está dedicada a otra víctima del asalto a la Asamblea del Valle, de la que poco se conoce: Walter López López, conductor del canal RCN, quien murió en el cubrimiento de este hecho.

Dos días antes de su muerte, Walter Sandoval tuvo el presentimiento de que pronto alguien de su familia iba a faltar. Pensó que sería su padre. “Hacía un año que nos habíamos reencontrado con papá después de 8 años. Lo volvimos a ver con diabetes y problemas respiratorios. Pensamos que se iba a morir y vea, el que faltó fue Walter”, contó John Jairo Sandoval,  hermano de Walter Sandoval, otra de las víctimas fatales que dejó el asalto de las FARC a la Asamblea del Valle el 11 de abril del 2002. Ese día, Walter estaba conduciendo el carro del canal RCN, en el que se movilizaban dos reporteros que cubrían el hecho. En medio del operativo de rescate de las fuerzas armadas, Walter recibió un impacto de bala.

“Walter era un berraquito. No se le arrugaba trabajar en lo que fuera -dijo John Jairo-. Si le tocaba recoger naranjas, las recogía. Fue vendedor de biblias, trabajó en una droguería, pasó unos años en una empresa de seguridad… Desde 1998 había logrado entrar a trabajar RCN como mensajero y en el 2002 fue ascendido a conductor. Me decía orgulloso que le estaba yendo bien”.

El carro que Walter estaba manejando, iba tras el rastro del bus en que la guerrilla llevaba secuestrados a once diputados del Valle y a otros funcionarios de la Asamblea. Por petición de los diputados, ya las FARC habían liberado a algunas personas, y los periodistas tenían la esperanza de encontrar nuevas liberaciones. A las 2:30 pm el grupo de periodistas empezó a ver como se acercaba un helicóptero Arpía, que estaba ametrallando y lanzando cohetes hacia una montaña apartada. “El helicóptero se hizo justo encima de nosotros y disparó cohetes hacia la montaña. Nosotros hicimos una banderita con una rama y un pañuelo”, testificaron los periodistas.

Cuando cesaron los ataques, los periodistas  decidieron devolverse. Juan Bautista, quien iba en el carro de RCN, recordó: “Dentro del vehículo, Walter dijo: ‘Voy a ir hasta esa curva para devolverme’. La pequeña curva estaba a escasos cinco metros de donde nos encontrábamos. En el trayecto escuchamos el sonido de un helicóptero que se acercaba. Me agacho y veo en el suelo la sombra de esa mole metálica negra que empieza a disparar. Segundos después, siento que algo impacta en el carro. Cuando alzo la cabeza, observó un hueco en el techo del carro. Inmediatamente Walter se va para un lado, quedando su mano derecha junto a la palanca de cambios”.

Walter se había levantado en una familia con siete hermanos que, a pesar de una vida difícil, se mantuvieron unidos. “La última vez que estuvimos juntos fue en el aeropuerto despidiendo a mi hermano Gilberto, que se fue a otro país  a buscar una mejor forma de vida. Eso hace más de 25 años”, contó su hermano John Jairo.

Y continuó: “Después se fueron al exterior Martha y Bayolet. Ese día Walter le dijo  a Bayolet: ‘hermanita no sé si nos volvamos a ver, pero yo te quiero mucho’. Y no nos pudimos volver a reunir. Para mi familia, después de la muerte de Walter vinieron una serie de sucesos dolorosos como la muerte de mi papá. A los cuarenta días de haber enterrado a mi papá, los paramilitares asesinaron a mi hermano Alex. A Keneth le dispararon siete veces mientras estaba parado en una esquina. Pero bueno… Dios no nos da nada que no podamos soportar ¿no?”.  

“¿Sabe qué me voy a llevar a la tumba? -agregó Jhon-. La risa de mi hermano, era contagiosa  y sincera. Se reía con nada y se sonrojaba”. A su compañero de trabajo, Jhoni Ramírez, también lo contagió la alegría de Walter: “era caleño hasta en su forma de vestir: camiseta, jean y zapatillas. Amante de la salsa al estilo guateque. Bailarín de la salsa de golpe. Bromista hasta el cansancio. El viejo ‘Whaly’ hace falta”. Así era Walter.

Hay una imagen que sus compañeros de trabajo nunca van a olvidar: Walter reclinado sobre la cabrilla de su carro, la mano junto a la barra de cambios, ya sin vida, pero en su puesto de trabajo. Murió trabajando, cumpliendo su deber, lo que siempre hizo en la vida.

Lea el relato completo de la vida de Walter descargando aquí el libro“El caso de la Asamblea del Valle: tragedia y reconciliación” y siguiendo la serie documental "Somos más que 11" que estaremos publicando hasta el 10 de diciembre.

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Este domingo 7 de julio, desde las 8:00 a.m. se llevará a cabo la conmemoración de los 20 años del... Más información

¡Nueva publicación del CNMH sobre violen…

04-07-2019 Noticias CNMH

¡Nueva publicación del CNMH sobre violencia sexual!

El pasado martes, el Centro Nacional de Memoria Histórica lanzó el libro “Memoria Histórica con víctimas de violencia sexual: aproximación... Más información

Cine + Memoria

“Canaán, templo y cuna de campesinos”

“Canaán, templo y cuna de campesinos”

01-03-2019 Cine + memoria

“Los que nos quedamos aquí no supimos lo que sufrieron los que se fueron. Y los que se fueron no supieron lo que vivimos los que nos quedamos aquí, aguantando la violencia”, dice un habitante de Canáan, municipio de Chibolo,...

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