portada violencia catatumboEn la presentación del informe “Catatumbo. Memorias de vida y dignidad” destacaron las voces de las mujeres, los jóvenes, los indígenas, los campesinos, los profesores y los sectores LGBT.

Después de tres años de recorridos, entrevistas y talleres en el territorio, el jueves 15 de noviembre se presentó el informe “Catatumbo. Memorias de vida y dignidad”.En un acto privado en un hotel de Bogotá, líderes y lideresas de esa región recibieron el resultado del trabajo en el que participaron, junto al Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH), la Diócesis de Tibú y Ñatubaiyibarí.

La ceremonia fue sencilla pero especial. Los asistentes, que viajaron desde distintos municipios catatumberos, hablaron sobre su vida en la región y la importancia de este proceso de memoria histórica. Así lo hicieron Acucuara Bashuna, representante del pueblo Barí; Ligia Galvis, docente; Hermes Bayona y Yaneth Pedroza, líderes campesinos; Sol Johana Ortega y Denys Cáceres, jóvenes raperas, y Érika Caselles, de la organización Visibles LGBTI+H.

Además del informe principal, un resumen y un mapa con lugares para la memoria y para la vida, y otro con transformaciones del territorio, los habitantes del Catatumbo recibieron seis cartillas que se produjeron en este proceso, con testimonios sobre cómo ha sido vivir en esta región para diferentes poblaciones. “En nuestras caminatas y conversaciones identificamos muchas cosas que no pudimos incluir en el informe, y empezamos a tener muchas ideas particulares sobre los campesinos, sobre los jóvenes, sobre la población LGBT, sobre los profesores, sobre las mujeres, sobre los indígenas. Eso estaba allí y no lo podíamos archivar”, explicó esas cartillas María Fernanda Pérez Trujillo, investigadora del CNMH y coordinadora del proyecto.

Estos son extractos de los relatos que aparecen allí. En ellos aparecen las dificultades que han tenido que enfrentar los habitantes del Catatumbo, pero también la inmensa dignidad con la que resisten ante la violencia.

violencia catatumbo2Yaneth Pedroza, una lideresa campesina de la región, es la protagonista del retrato que aparece en la portada. - Fotografía: Daniel Sarmiento 

Relatos de montaña y río. Voces y memorias de campesinos y campesinas del Catatumbo

Entonces sembrar la mata de coca se volvió para nosotros como una resistencia, como la única manera para poder quedarnos aquí en esta tierra haciendo lo que nosotros sabemos hacer, que es cultivarla. Entonces yo preparé la tierra, me conseguí las semillas y monté mi cortecito de coca, porque yo miré que no había el sustento, no había para el sustento. Es poquita la tierra que yo tengo y además es muy poco lo que le compran a uno la cosecha de frijol, de maíz, de plátano. El Tarra, por ejemplo, ya con 10 cargas de plátano se abastece, ya nadie compra más, se abarata. Y mi pedazo de tierra es bueno para el plátano, pero ¿qué se puede hacer si es para que se pierda?

Escuelas con memoria. Voces y memorias de docentes del Catatumbo

A veces me sucedió que yo llegaba a la escuela temprano y me daba cuenta de que esa gente estaba por ahí. Entonces lo que yo hacía era salir a buscar a los estudiantes, me inventaba cualquier vaina y los mandaba para la casa. Y los guerrilleros me decían: “Pero profesor, ¿por qué no hace su clase normalmente?”. Y yo les contestaba: “No señor, ¿cómo cree, no ve que están ustedes? Llega el Ejército por aquí y se arma una plomacera, ¿qué pasa con los niños?”.

Que nos dejen ser quienes soñamos ser. Voces y memorias de personas lesbianas, gays y trans del Catatumbo

Durante esos años la situación estaba terrible para las chicas trans y la gente gay aquí en Ocaña. Se suponía que los paramilitares ya se habían desmovilizado, pero cuando eso se oía que había unos grupos que estaban controlando los barrios y que estaban matando a la gente como nosotros, y a cualquier persona que tuviera el pelo largo o se pusiera piercings. Un mes después de que regresé, que cuando eso todavía me identificaba como mujer, estaba sentado en un parque con dos amigos gays cuando llegó una camioneta negra de la que se bajó un hombre que dijo que nos iba a picar a todos, que ya nos tenían en fotos. El tipo ese le pegó una patada a uno de mis amigos y nos gritó: “Lárguense de acá, maricas, no los queremos ver”, y otras cosas, nos trató de lo peor. ¿Y qué podíamos hacer en esos momentos? Nos tocaba callarnos esas cosas, porque ¿a quién iba a acudir uno si muchas veces aquí en Ocaña se vio que, si uno hablaba, la misma ley se encargaba de echarlo al agua, de contar que uno había denunciado?

Somos Barí: hijos ancestrales del Catatumbo. Voces y memorias del pueblo Barí

Nuestro territorio, Ishtana, es para nosotros el origen del hoy y la construcción del mañana, es la otra mitad del Barí. Es la vida, el reflejo de los ancestros, es la historia de una lucha. Sabaseba nos entregó este territorio y nos mostró los sitios sagrados, así como el respeto y cuidado que debemos proporcionarles. Si lo hacemos, somos capaces de mantener el equilibrio. Esos sitios sagrados son lugares muy importantes para nosotros porque en ellos habitan espíritus que merecen respeto. Además, nos enseñan la historia propia y el debido comportamiento .

Estos dolores que nos hacen fuertes. Voces y memorias de mujeres del Catatumbo

Todo iba marchando, digamos que bien, hasta cuando entraron los paracos en el 2001.Uno qué se iba a imaginar todas las cosas terribles que esa gente iba a hacer en la región, y menos las cosas que nos iban a hacer a nosotras, las mujeres. Antes de eso, ya se había empezado a oír por todo lado que los paracos estaban entrando y que venían a masacrar a todo el pueblo, como lo habían hecho en La Gabarra en 1999. Y es que los que entraron a Las Mercedes, lo mataban a usted hasta por mirar. Es decir, si yo miraba a los ojos a un paraco, y a él no le gustaba, de una vez me cogía y me echaba a una camioneta y hasta ahí llegaba yo. Entonces empezó a cundir el miedo. Qué digo miedo. El terror. A mí me pasó algo que, le repito, jamás se me hubiera ocurrido que me pudiera pasar: un paraco se enamoró de mí, y eso se me volvió un problema terrible.

Historias y colores de mi región. Voces y memorias de niños, niñas y adolescentes del Catatumbo

Esa noche nos picaron muchísimos zancudos y fue muy difícil quedarnos dormidos. No sabíamos bien en qué lugar estábamos y no se veían casas ni ninguna construcción por ningún lado. Pero aun así, Jefferson tuvo tiempo hasta para soñar. Me imagino que cuando lo agarró el cansancio pudo dormir profundamente por lo menos unas horas. Al otro día, lo primero que hizo fue acercarse a mí y contarme en voz bajita lo que había soñado: “Me soñé que la profe Luz Estela era una superprofesora, que ella tenía poderes. Volaba con una capa y nos sacaba de este monte. Nos llevaba a cada uno a nuestra casa y nos dejaba un regalo debajo de la almohada. Cuando ya nos descargaba, ahí en la casa, nos ponía la mano para que se la chocáramos y se iba a buscar a otros niños, que estaban también perdidos. A mí me dejó un balón de micro de regalo”.

Lea los testimonios completos en el informe "Catatumbo: Memorias de vida y dignidad"

violencia catatumbo3Sol Johana Ortega y Denys Cáceres, integrantes de Motilonas Rap, cerraron la presentación con un concierto donde cantaron al territorio, a los líderes sociales y a las mujeres. - Fotografía: Daniel Sarmiento

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portada el aserrioEl Grupo de iniciativas del CNMH creó la “Cartilla de la Casa de la Memoria del Aserrío”, un cuadernillo didáctico ilustrado dirigido a niños, niñas, jóvenes y adultos en el Catatumbo para apoyarlos en el fortalecimiento de su organización, que se vio interrumpida a causa de la violencia durante este 2018.

Por: Daniel Valencia

El trabajo de construcción de memoria implica diferentes retos: hay un componente emocional y de dolor, por ejemplo, cuando revisitar el pasado puede ser difícil por parte de quienes vivieron hechos violentos; así mismo, hay factores externos del contexto social y político que representan dificultades.

El conflicto ha puesto en riesgo las vidas de quienes gestionan la memoria desde sus regiones, de líderes sociales que deben trabajar con cautela o incluso silenciosamente para seguir con su determinación. Tal es el caso de la iniciativa de la Casa de la Memoria de El Aserrío, en el corregimiento de El Aserrío, en Teorama, Catatumbo,  donde sus promotores han visto afectados por paros armados y el control de los violentos.

En casos extremos como este, donde los líderes son obligados a salir del territorio y la gente tiene restricciones para movilizarse o reunirse por estar bajo amenaza, hay que recurrir a estrategias innovadoras para continuar apoyando los procesos de memoria. Las metodologías no presenciales son una de esas herramientas que hacen frente a la violencia. Hacer memoria bajo estas circunstancias es en sí mismo un acto de valentía.

La iniciativa de la Casa de la Memoria de El Aserrío lleva a cabo la creación de un espacio y una exposición con objetos significativos para la comunidad, a partir de los cuales se espera que los visitantes puedan reflexionar sobre el conflicto en varios ejes: i) las afectaciones en el territorio indígena Barí y el sufrimiento y lucha de este pueblo ancestral; ii) las alteraciones y cambios en el paisaje del corregimiento; iii) los hechos de violencia (principalmente el desplazamiento forzado); iv) los cambios y lesiones que la violencia ha generado en los habitantes; y v)  las acciones de resistencia y organización comunitaria para afrontar la guerra. Todo esto a través de las voces y experiencias de los habitantes del corregimiento.

“Desde un principio estuvo claro que las personas que lideraban la iniciativa venían gestando este proyecto desde hace muchos años por una necesidad de visibilizar y dignificar, y como un proceso de perdón y recuperación del territorio”, dice Angélica Rodríguez del CNMH, que acompaña la iniciativa. El motor principal son los líderes de la zona a través de la Asociación de desplazados del medio Catatumbo (Asodesamec) y la Junta de Acción Comunal del corregimiento, que han abanderado múltiples acciones de resistencia en el territorio, a pesar de la ausencia estatal.

Para reconstruir sus historias inicialmente se había pensado realizar espacios colectivos, talleres y discusiones, pero estos no pudieron llevarse a cabo por las amenazas y acciones violentas que empezaron a resurgir en el territorio. Continúa aclarando Angélica Rodríguez: “Desde el inicio fue un desafío porque coincidió con el paro armado en El Catatumbo, pero al mismo tiempo era un momento vital para construir un espacio para promover la cultura en el corregimiento, ya que la oferta en ese sentido está concentrada en Cúcuta, Ocaña y Tibú”.

el aserrio2Cartilla de la Casa de la Memoria del Aserrío. - Fotografía: Cortesía

Cuando iban a comenzar el plan de trabajo, fue evidente la imposibilidad de tener un acompañamiento presencial en el territorio, a lo que se suma que la comunicación vía telefónica es muy difícil. Para hacerle frente al contexto, el CNMH creó el cuadernillo Cartilla de la Casa de la Memoria del Aserrío que aborda los temas que los promotores de la iniciativa querían trabajar, pero de un modo alternativo.

Un mecanismo de trabajo, como lo explica Mónica Márquez del Grupo de Apoyo a Iniciativas del CNMH, para levantar información y realizar el proceso con la iniciativa. “Esta metodología se abordó y se decidió trabajar con ella en el contexto del paro armado en Catatumbo que impedía a las personas reunirse y al Centro Nacional de Memoria Histórica ingresar al territorio para hacer los talleres y acompañamiento”.

El cuadernillo se centra en los recuerdos de la gente, dando una fuerte relación a las metáforas. Por ejemplo, “la idea de una tormenta para mostrar momentos difíciles que han vivido como comunidad y que no son exclusivamente causados por la guerra, o la idea del ‘trasteo’, como una situación que nos es común a los seres humanos, para que la gente pudiera hablar más tranquilamente el tema del desplazamiento forzado. También se habla sobre cómo la comunidad trabajó para crear cambios positivos en el territorio”, complementa Márquez.

Un resultado importante del uso del cuadernillo es que permitió conocer otras problemáticas que transcendían el conflicto armado, pero que se relacionan con él como afectaciones ambientales y ausencia estatal. “Eso lo conocimos gracias a esta metodología y son temas que tal vez no saldrían en los talleres presenciales”, precisa Márquez.

Sin duda alguna la comunidad es la protagonista. Los jóvenes del territorio hacían las veces de mediadores para usar el cuadernillo con personas mayores que podían tener dificultades para llenar los contenidos. Gracias a esto hubo un intercambio intergeneracional que motivó a los más jóvenes a conectarse con su historia y su contexto al encontrarse con los relatos de quienes han vivido más en el corregimiento.

el aserrio3Cartilla de la Casa de la Memoria del Aserrío. - Fotografía: Cortesía

Mary Suárez gestora de la Casa de la Memoria de El Aserrío, explica que “los cuadernillos fueron muy prácticos. La gente manifestó que les ayudó a recordar nuevamente lo que vivieron en El Aserrío. Los cuadernillos han sido un muy buen material para nosotros para levantar esta historia que queríamos que fuera hecha junto a la comunidad”.

La cartilla es una intermediación para explorar la historia y los recuerdos de un espacio vivo, que buscaba reactivar las memorias intergeneracionales a través de algo tan sencillo como el lápiz y el papel. Al mismo tiempo fue un instrumento que permitió que la comunidad continuara construyendo su memoria sin sucumbir ante las amenazas de los actores armados. Con los relatos que la gente consignó en el cuadernillo, se está construyendo la narrativa de la exposición de la Casa de Memoria.

“Tener una herramienta simple, con preguntas a partir del territorio y de metáforas sobre el conflicto, hizo evidente que había una conexión entre las diferentes generaciones para saber qué había pasado antes, qué se está haciendo ahora y sobre todo, cómo los jóvenes pueden aportar en estos nuevos espacios que se están dando en el corregimiento”, dice Angélica Rodríguez.

La puesta en marcha de la Casa de la Memoria invita a los jóvenes a ser los anfitriones del espacio para realizar los recorridos a los visitantes. Esto los ha entusiasmado motivándolos a llamarse a sí mismos “Guardianes de la memoria”. El objetivo es claro: contarle las experiencias y la memoria a los visitantes de la región, de otros lugares y a cualquiera que visite la Casa, para hacerle frente al miedo, al olvido y al abandono estatal. Gracias a la determinación de los habitantes de El Aserrío, que no ceden ante las imposiciones de los violentos, y al desarrollo de estrategias metodológicas como el cuadernillo taller ilustrado, las memorias de Teorama y el Catatumbo no van a quedar silenciadas.

Publicado en Noticias CNMH
  • El CNMH lanzará en Bogotá, Tibú, Ocaña y Cúcuta el informe Catatumbo: Memorias de vida y dignidad*, un recorrido por la violencia que ha vivido esta región de Norte de Santander, desde la llegada de los españoles al territorio barí hasta la dominación de los grupos armados ilegales que persiste.
  • Entre 1999 y 2006, con la entrada de tres estructuras paramilitares, la región vivió una violencia sin precedentes: casi 100 mil desplazados, 832 asesinatos selectivos y 599 muertos en masacres.
  • La violencia, el abandono estatal y la pobreza hicieron que el cultivo de coca fuera una posibilidad de sustento para los campesinos, y eso los llevó a ser objetivo de políticas de lucha contra las drogas poco efectivas.
  • A pesar de todo, las catatumberas y catatumberos han levantado y fortalecido sus organizaciones, han resistido y se han movilizado para exigir mejores condiciones de vida.

Desde la conquista española hasta hoy, los habitantes de la región del Catatumbo, en Norte de Santander, han hecho frente al abuso de diversos actores legales e ilegales, que han ocupado su territorio y han perpetuado distintos tipos de violencias. Esa es la historia que el Centro Nacional de Memoria Histórica reconstruye en su informe Catatumbo: Memorias de vida y dignidad, que estamos lanzando hoy, y que nació de una propuesta de la Diócesis de Tibú y su Pastoral de Víctimas, a la que luego se sumó la Asociación de Autoridades Tradicionales del Pueblo Barí Ñatubaiyibarí.

Publicado en Noticias CNMH

portada catatumbo memoria dignidadEl Catatumbo: “casa del trueno” en lengua Barí, es una región fronteriza con Venezuela, ubicada al norte de Norte de Santander, de la que en Colombia se ha escuchado poco. Al Catatumbo lo conforman los municipios de Ocaña, El Carmen, Convención, Teorama, San Calixto, Hacarí, La Playa de Belén, El Tarra, Tibú y Sardinata, alberga los resguardos Motilón-Barí y Catalaura, donde habita el Pueblo Barí.

Ocaña y Tibú funcionan como puertas de entrada a la región y son paso obligado para acceder a los demás municipios.

Publicado en Publicaciones 2018

Desde 2016, por iniciativa de la Pastoral de Víctimas - Diócesis de Tibú y la Asociación de Autoridades Tradicionales del Pueblo Barí, Ñatubaiyibarí, el Centro Nacional de Memoria Histórica adelanta el proyecto de investigación Catatumbo: memorias de vida y dignidad, el cual busca reconstruir la memoria histórica sobre el conflicto armado en la región del Catatumbo, visibilizar las voces de las víctimas para contribuir a la dignificación de las y los catatumberos y su derecho a la verdad y a la no repetición, y hacer públicas sus propuestas en pro de la paz en el territorio.

Ingresar al micrositio Catatumbo: Memorias de vida y dignidad

Publicado en Especiales de memoria

El 16 de febrero de 2000, paramilitares del Bloque Catatumbo asesinaron a 20 personas en el municipio El Tarra, en Norte de Santander. Hoy, 18 años después, la violencia, que se soñaba llegara a su fin, no da tregua en este territorio.

Por: William Alejandro Moreno, periodista del CNMH

Elkin Fabián Toro fue asesinado el pasado 18 de febrero, él es el quinto líder social de esta región del país que pierde su vida por ejercer un papel de liderazgo con la comunidad, un capítulo de violencia que nos recuerda uno de los más atroces en la historia de la región del Catatumbo, que empezó en 1999, cuando las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) llegaron a la zona para confrontar al ELN y, en especial, para arrebatarle los cultivos de coca en la región y obtener el control de esta zona fronteriza de carácter estratégico para las FARC.

Para esto, los hermanos Castaño crearon el Bloque Catatumbo, más de 200 paramilitares comandados por Salvatore Mancuso que salieron en varios camiones desde Córdoba y cruzaron cinco departamentos hasta llegar a Norte de Santander, donde cometieron, según la Fiscalía, más de 25 masacres entre mayo de 1999 y febrero de 2000, dejando centenares de desaparecidos, desplazamientos forzados, homicidios y violencia generalizada.

En su paso de Tibú al Tarra, los paramilitares venían infundiendo temor en toda la población de dichos municipios, por lo cual, previo a su llegada al corregimiento de Filo Gringo, sus habitantes se desplazaron masivamente dejando abandonado el caserío. Cuando los paramilitares llegaron allí quemaron unas y se apropiaron de otras viviendas. Así, la mayor parte de la población abandonó sus casas, que días después fueron quemadas por el grupo armado. Según informes del Centro de Investigación y Educación Popular (Cinep), estos hechos en El Tarra “produjeron el desplazamiento de 117 familias del casco urbano y de 22 veredas, donde habitualmente residían unas cinco mil personas y de las que escasamente quedó el 5% de los habitantes”.

La masacre del 16 de febrero de 2000 marcó el inicio de la atrocidad en El Tarra. Ese mismo año, y en menos de un mes, los hombres de Castaño perpetraron otros dos ataques. Los habitantes de esta zona del Catatumbo solían ser amenazados por los paramilitares por ser supuestos colaboradores de las guerrillas.

Hoy se sabe, por Justicia y Paz, que los paramilitares contaron con el apoyo de miembros de la fuerza pública para apoderarse de las zonas con influencia de las FARC y el ELN en El Catatumbo. Por estas acciones fue condenado en 2007, por el Consejo de Estado, el Ministerio de Defensa. "Hubo incapacidad e indolencia de los efectivos militares y de la policía acantonados en la zona y una evidente falta de voluntad estatal para evitar sus desmanes y atropellos", indicó el fallo.

Pero esa no ha sido la única reparación para el municipio El Tarra. El Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) reportó en su informe “Con licencia para desplazar” de 2015 que, con el apoyo de la Asociación Minga, víctimas sobrevivientes de las masacres perpetradas en La Gabarra, Tibú (29 de mayo de 1999), y en Filo Gringo, El Tarra (29 de febrero y 3 de marzo de 2000), interpusieron en 2009 una acción grupal para reclamar la reparación de los daños causados por el desplazamiento forzado. “En los dos casos, el Consejo de Estado condenó patrimonialmente a la Nación y ordenó indemnizar a las víctimas, por concepto del daño moral ocasionado por los desplazamientos y la muerte de sus familiares”, señala el informe.

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Verdad y reparación

Resulta difícil hablar de verdad y reparación, y sobre todo de posconflicto, en una región como El Catatumbo, donde la violencia no da tregua. El Tarra, como los otros 9 municipios: Convención,  Tibú, Sardinata, Hacarí, La Playa, San Calixto, Ocaña, Teorama, El Carmen; que componen esta región de Norte de Santander, convive hoy con la presencia de los grupos armados ELN y EPL, las bandas criminales sucesoras del paramilitarismo y la ausencia estatal.

En esta región se produjo el secuestro de la periodista española Salud Hernández, en mayo de 2016, y además, según la Fundación Paz y Reconciliación, el municipio concentra el 3% de la mitad de los cultivos de coca en Colombia, por lo que es proclive a enfrentamientos con la fuerza pública por erradicación forzosa. Y cabe aclarar que esto se debe a que la sustitución de cultivos, al día de hoy, no ha iniciado formalmente en el municipio, solo ha habido socializaciones.

Por otro lado, los enfrentamientos entre grupos armados continúan afectando a la población. A principios de febrero de este año, en El Tarra se registraron enfrentamientos entre el Ejército y el EPL. Según informó la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios (OCHA), estos no solo dejaron en medio del fuego cruzado a cerca de 700 estudiantes de la escuela del corregimiento Filo Gringo —razón por la que se suspendieron las actividades académicas durante tres días—, sino que además generó el desplazamiento de 63 familias.

Al respecto, la Asociación Juntas de Acción Comunal Zona Dos (ASOJUNTAS) de la comunidad de Filo Gringo, en el municipio El Tarra, informó vía comunicado que, además de la escuela, “32 viviendas, el colegio y la iglesia registraron impactos de balas y diez familias fueron desplazadas de los sectores de Vista Hermosa y los Olivos”.

Según el portal La Silla Vacía, en enero de este año circuló, principalmente en El Tarra, un panfleto en el que presenta una presunta disidencia de las FARC: ‘Resistencia Farc’. De igual forma, se han venido presentando amenazas a líderes comunitarios y organizaciones de mujeres, quienes reclaman la atención del gobierno.

Todo esto, sumado a las acciones violentas del ELN en Norte de Santander por el paro declarado hace unos días, como el ataque por un francotirador contra un miembro de la Policía Nacional en el municipio de El Carmen; el intento de derribar un puente cerca a la vía Cúcuta-Pamplona para dejar incomunicada la zona con el interior del país, y los explosivos hallados en Tibú con los que se pretendía atentar contra la fuerza pública, demuestran que toda la región de El Catatumbo sigue siendo una zona vulnerable.   

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Por la esperanza

Sin embargo, frente a estas difíciles circunstancias, en El Tarra sus habitantes han respondido desde el arte y apuestas organizativas. Ese es el caso de la movilización pacífica que tuvo lugar a principios de febrero de este año a propósito del enfrentamiento armado entre el Ejército y el EPL en el municipio. El comité de mujeres del corregimiento de Filo Gringo, junto a población civil, emprendió una caminata en rechazo a los actos violentos, exigiendo “la exclusión de los civiles del conflicto armado y que se dé cumplimiento a exigencias de una paz con justicia social”, señaló el comité vía comunicado.

También han surgido manifestaciones artísticas, como la propuesta de Los Reyes Magos, un grupo de rap conformado por tres jóvenes oriundos del corregimiento Filo El Gringo, en El Tarra, que encuentran en la música no solo un medio para alejar a otros jóvenes de los grupos armados, sino también un canal de denuncia y expresión.

“Los Reyes Magos nacen con la idea de mostrar qué es lo que realmente está pasando en El Catatumbo. No lo que están mostrando por televisión, por la radio o las fotos, sino lo que efectivamente estamos viviendo. Y desde ahí, desde nuestro rap, exigir que nos apoyen como jóvenes y como pueblo”, explicó el rapero Iván René Ramírez al CNMH para el especial “Catatumbo, memorias de vida y dignidad”.

Este grupo de rap, que hace parte del movimiento campesino, surgió en un colectivo de jóvenes en Filo El Gringo llamado Lazos de Unión. Hoy representan las voces de resistencia que le cantan a la vida del campesino, pero también al abandono estatal; que responden al estigma de la sociedad y denuncian el control territorial que han impuesto distintos grupos armados en El Catatumbo.

El reciente informe “Una guerra sin edad” del CNMH da cuenta de 16,879 casos de reclutamiento de menores de edad, entre 1960 y 2016, y explica que una de las regiones críticas es el Catatumbo, en Norte de Santander, donde, tras la salida del frente 33 de las Farc, varios grupos armados se disputan el control de la zona y aseguran su expansión reclutando niños en los alrededores de los colegios.

Por eso, la labor de Los Reyes Magos no es para menos. Estos jóvenes desean ser agentes de cambio y recorren el Catatumbo concientizando a decenas de jóvenes mediante el rap. “Desde la música hacemos resistencia para que nos escuche una sociedad que, a veces, se olvida que existimos”, afirmó el rapero Melquin Sánchez al CNMH.

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