portada 30 anos masacre segoviaLos habitantes de este pueblo antioqueño conmemoraron a las 46 víctimas de la masacre perpetrada por los paramilitares hace tres décadas. Este acto sirvió para recordar al pueblo que alguna vez fue remanso de oro y paz.

A cada persona que entró al auditorio del Museo Casa de la Memoria de Medellín le entregaron un clavel blanco. Las paredes las decoraron con las fotografías de las personas que ya no están porque los desaparecieron o los mataron. En el escenario, un pequeño altar con mantel blanco rodeado de más flores y, sobre el mantel, un listado con los nombres de los 46 hombres y mujeres que asesinaron hace tres décadas en las calles de Segovia, al norte de Antioquia: Pablo, Shirley, Libardo, Jorge, Rosa, Luz, Jesús, Roberto... El listado completo lo leyeron al final del acto.

Se trató de la conmemoración en Medellín de los 30 años de la masacre de Segovia, el pasado 11 de noviembre. Llegaron un poco más de 100 personas para recordar lo que pasó pero, especialmente, para encontrarse. La mayoría pertenece a ASOVISNA (asociación que reúne buena parte de los sobrevivientes y familiares), viven en la capital antioqueña desde hace años y hablan sobre su pueblo como si se tratara del paraíso perdido. Recordaron los familiares muertos, sí, pero a leguas se notaba que la conmemoración también les servía como pretexto para preguntar por familiares, amigos o el hijo “de tal” que se atrevió a regresar al nordeste a trabajar en minería a pesar de continuar como “zona roja” en términos de violencia.

Hubo lágrimas. Hacer la conmemoración de la primera gran masacre de la historia del conflicto armado en Colombia cometida en un casco urbano, también es recordar el miedo y el dolor que ha acompañado a los sobrevivientes durante años. Para algunos, esos sentimientos están acompañados por un deje de frustración política, pues gran parte de las víctimas pertenecían a las disidencias políticas del momento, en especial, simpatizantes y militantes de la Unión Patriótica (UP). Hace siete años elCentro Nacional de Memoria Histórica lanzó el informe “Silenciar la Democracia”, en alusión a la gran mordaza impuesta ese 11 de noviembre y a las 200 personas asesinadas selectivamente entre 1982 y 1997 en esta región. Sin contar con las otras 14 masacres que ocurrieron en la zona y que dejaron 147 víctimas fatales. No todas eran de la UP, también hubo del Partido Conservador, del Liberal, de las juntas cívicas y de las juntas sindicales.

La masacre de Segovia del 88 es la más conocida por la opinión pública por lo que implicó en términos de terror y sevicia, y porque casi cada familia del pueblo tiene una historia que contar sobre ella. Pero algunos de los asistentes al acto conmemorativo en Medellín hablaron más de lo ocurrido a mediados de los noventa, cuando un comando paramilitar perpetró un alto número de asesinatos colectivos. Fue ahí -recuerdan- cuando colapsaron las relaciones comunitarias, y el miedo a pensar y hablar de una manera diferente se apoderó de la gente. Fueron asesinados líderes campesinos, autoridades locales, exalcaldes, exconcejales, profesores y miembros de la Fuerza Pública. A veces, dichas muertes eran precedidas de secuestro o desapariciones forzadas. Aún no se sabe el paradero de algunos de ellos. Aunque los actores y la forma de la guerra han cambiado después de 1998, esta se ha perpetuado hasta hoy, a tal punto que varios de los asistentes también hicieron memoria de familiares asesinados hace tan sólo cinco o seis meses.

30 anos masacre segovia2“Como ciudadanos debemos trabajar por la verdad y la justicia. Si no lo hacemos, nos convertimos en cómplices de nuestra historia”, afirmó el cura durante la misa de conmemoración. - Fotografía: Laura Cerón/CNMH

El fin de semana del 11 y 12 de noviembre, también se realizaron conmemoraciones en Segovia, lideradas por otras dos organizaciones de víctimas: la Corporación Acción Humanitaria por la Convivencia y la Paz del Nordeste Antioqueño Cahucopana (Cahucopana), y la Corporación para la Defensa y Promoción de los Derechos Humanos Reiniciar; quienes estuvieron acompañados por organizaciones campesinas de la región, organismos internacionales y la Alcaldía del municipio.

Además de un acto solemne en la plaza central, hubo un recorrido por las calles y lugares donde hace treinta años fueron asesinadas las 46 personas (desde el barrio La Madre hasta la plaza central). La marcha fue acompañada por familiares de víctimas, miembros de las organizaciones civiles, funcionarios locales, dos bandas marciales y estudiantes de colegio, quienes se unieron –durante las dos horas que duró el recorrido- para hacer memoria colectiva de un hecho que no debió ocurrir.

Carlos Morales, líder de Cahucopana, hizo énfasis, especialmente, en las exigencias de justicia y las garantías de no repetición. “Para hablar de justicia, hay que empezar por conocer toda la verdad”, dijo en la plaza. Según las investigaciones judiciales, la violencia política del nordeste estuvo protagonizada por redes criminales articuladas por miembros activos de la Fuerza Pública que operaban en la región, unidos a civiles y grupos paramilitares. Por la masacre de Segovia de 1988 hay condenas contra paramilitares, militares y un político.

30 anos masacre segovia3La esperanza que existe entre los segovianos es que exista una nueva generación que reivindique la dignidad y la vida. - Fotografía: Laura Cerón/CNMH   

Pero no es suficiente. Por eso, representantes de la Comisión de la Verdad y de la Justicia Espacial para la Paz (JEP) fueron invitados a Segovia para que acompañaran la conmemoración. Allí se sentaron en la plaza central a escuchar a las víctimas que quisieron compartir su testimonio. “El genocidio contra la UP es un caso que está en la JEP, cuyo reto es poder contar a la sociedad y a las víctimas qué fue lo que pasó y poder establecer los máximos responsables”, dijo Reinere de los Ángeles Jaramillo, magistrada del Tribunal de paz de la JEP.

A dicha frase tal vez habría que agregarle la necesidad porque Segovia vuelva a ser un lugar digno para vivir en paz, y donde pensar diferente no se convierta jamás en un pretexto para que llegue la muerte.

Listado personas asesinadas el 11 de noviembre de 1988

Pablo Emilio Gómez Chaverra
31 años, minero, simpatizante de la UP, esposo de María del Carmen Idárraga

Shirley Cataño Patiño
11 años, estudiante

María del Carmen Idárraga de Gómez
33 años, ama de casa, simpatizante de la UP

Jorge Luis Puerta Londoño
41 años, secretario del Juzgado de Instrucción Criminal de Segovia

Carlos Enrique Restrepo Pérez
77 años, minero pensionado de la Frontino Gold Mines, simpatizante del Partido Liberal, padre de Carlos
Enrique y Gildardo Antonio Restrepo

Libardo Antonio Cataño Atehortua
Minero

Carlos Enrique Restrepo Cadavid
26 años, carnicero, simpatizante del Partido Liberal

Luz Evidelia Orozco Saldarriaga
20 años, mesera

Gildardo Antonio Restrepo Cadavid
35 años, minero, simpatizante del Partido Liberal

Rosa Angélica Masso Arango
20 años, mesera

Luis Eduardo Sierra
41 años, mecánico, transportador, militante de la UP, cuñado de Jesús García

Jesús Antonio Benítez
34 años, minero

Jesús Antonio García Quintero
41 años, minero

Pablo Emilio Idárraga Osorio
31 años, minero

Luis Eduardo Hincapié
40 años, cotero, simpatizante de la UP

Roberto Antonio Marín Osorio
34 años, empleado de la Frontino Gold Mines, simpatizante de la UP

Fabio de Jesús Sierra Gómez
38 años, albañil

Luis Adalberto Lozano Ruíz
45 años, tendero

Diana María Vélez Barrientos
21 años, ama de casa

Guillermo Darío Osorio Escudero
52 años, minero pensionado de la Frontino Gold Mines, arrendador de caballos, simpatizante de la UP

Olga Lucía Agudelo de Barrientos
42 años, ama de casa

María Soledad Patiño
Ama de casa

Luis Ángel de Jesús Moreno San Martín
16 años, minero

Juan de Dios Palacio Múnera
Minero

Henry Albeiro Castrillón
21 años, cotero, tío de Francisco William Gómez

Jesús María David
Minero

Francisco William Gómez Monsalve
10 años, estudiante

NN masculino
31 años, indigente

Jesús Eduardo Hernández Sierra
Minero

NN masculino
30 años, indigente

María Dolly Bustamante
23 años, ama de casa

Robinson de Jesús Mejía Arenas
31 años, albañil, vendedor de rifas

José Danilo Amariles Ceballos
26 años, minero

Julio Martin Flórez Ortiz
26 años, minero

Jairo Alfonso Gil
Minero

Regina del Socorro Muñoz de Mestre
34 años, empleada de la Frontino Gold Mines

Jairo de Jesús Rodríguez Pardo
46 años, conductor empleado del Municipio de Segovia

José Abelardo Osorio Betancur
46 años, minero

Jesús Emilio Calle Guerra
39 años, despachador de vehículos de servicio público, simpatizante de la UP

Oscar de Jesús Agudelo López
49 años, minero

Guillermo de Jesús Areiza Arcila
32 años, minero

Jesús Orlando Vásquez Zapata
26 años, minero

Fabio Arnoldo Jaramillo Fernández
52 años, minero

Jesús Avalo
28 años, transportador

Jesús Aníbal Gómez García
41 años, minero

Erika Milena Marulanda
15 años, estudiante

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Para homenajear a las víctimas de los ‘falsos positivos’, que se presentaron hace diez años en Soacha y Bogotá, el próximo 14 de octubre se realizará una caravana desde Soacha hasta Ocaña, Norte de Santander. Sus familiares siguen esperando verdad y justicia.

Entre enero y agosto del 2008, 19 jóvenes procedentes del municipio de Soacha y de Bogotá desaparecieron sin dejar rastro. Estos muchachos no se conocían entre sí y sus familias tampoco. Después de meses de búsqueda, sus seres queridos recibieron la noticia de que los cuerpos sin vida de los jóvenes fueron hallados en cementerios y fosas comunes de Ocaña y Cimitarra, Norte de Santander. Y no solo eso. Habían sido presentados como guerrilleros dados de baja en combates con la Brigada 15 del Ejército Nacional.

Luego se conoció que desde el 2005, el Ministerio de Defensa estaba aplicando una directiva (firmada por Camilo Ospina Bernal, ministro de Defensa en el gobierno del entonces presidente Álvaro Uribe Vélez), que les otorgaba recompensas a los militares por cada captura o abatimiento de un líder de organizaciones al margen de la ley.

Los casos de los jóvenes desaparecidos en Soacha y Bogotá presentaban características similares. En su mayoría, eran muchachos que provenían de familias pobres o campesinas con profundas necesidades, que buscaban oportunidades laborales para salir adelante y apoyar a su núcleo familiar.

Desde entonces, y a pesar de las constantes amenazas que han tenido que enfrentar, las madres de Soacha se empezaron a reunir en las plazas públicas, universidades y colegios, para denunciar la desaparición y asesinato de sus hijos, y exigir que se cuente la verdad y se haga justicia frente a estos crímenes cometidos por las Fuerzas Militares. Además, crearon la fundación Madres Falsos Positivos Suacha y Bogotá (MAFAPO). Para ellas, nombrar su territorio como Suacha, y no Soacha, es parte de la identidad que se dieron a sí mismas y a la fundación.

Las muertes de los 19 jóvenes de Soacha y Bogotá no fueron casos aislados. El capítulo de los ‘falsos positivos’ en Colombia, fue sistemático y afectó a las comunidades más vulnerables. Según el libro “Ejecuciones extrajudiciales en Colombia 2002–2010”, escrito por Omar Eduardo Rojas Bolaños, oficial retirado de la Policía, en ese período de tiempo se habrían presentado en el país 10 mil casos de ejecuciones extrajudiciales.

Como cada una de las familias lleva el proceso judicial de forma individual, después de 10 años hay algunos casos en lo que no se ha celebrado ni una sola audiencia, y muchos otros que se han enfrentado a constantes prórrogas. Por eso, el pasado 14 de septiembre, la Fundación MAFAPO presentó ante la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) un informe, en el que solicitaban garantías de seguridad para continuar trabajando en conjunto y llegar a la verdad.

El próximo domingo 14 de octubre MAFAPO conmemorará en Ocaña, Norte de Santander, la vida de los 19 jóvenes silenciados hace diez años. Con este encuentro, que tiene el lema “10 años vivas y unidas por la verdad”, las madres y familiares de los jóvenes buscan crear una plataforma de interlocución, para seguir hablando sobre las ejecuciones extrajudiciales y los múltiples obstáculos que han tenido para llegar a la verdad.

El evento contará con la participación de artistas locales y nacionales, y con movimientos sociales. Además, se realizará una rueda de prensa en que se hará un recorrido por los diez años de lucha de estas mujeres, y por las deudas que el sistema judicial y el país todavía tiene con ellas.

Para mayor información: 

Fecha: 14 de octubre de 2018
Hora: 9 a.m. - 6 p.m.
Lugar: Plaza central de Ocaña - Ocaña, Norte de Santander

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portada juan frioEn septiembre del 2000, los paramilitares asesinaron a seis habitantes de esta comunidad de Norte de Santander y utilizaron su territorio para instalar unos hornos crematorios en los que desaparecían a sus víctimas. Esta comunidad hoy quiere decirle al país que son un territorio de paz.

Texto y fotos por: Laura Cerón

En medio de una carretera que cruza casas y casetas en las que resuena música a todo volumen, aparece el colegio de Juan Frío, un corregimiento pequeño ubicado en Villa del rosario, Norte de Santander. Allí, ocupando la cancha que bordea los salones de clase, un grupo de mujeres cuelga fotografías de lado a lado y forjan una exhibición de mochilas tejidas. Una a una va dejando mensajes que hablan de tejer lazos entre ellas, de sanación y de trabajo colectivo. Alrededor colocan flores como si se tratara de un altar. Están emocionadas. Llevan meses esperando el momento de mostrar quienes son, en quienes se han convertido después de la guerra que llegó a su corregimiento hace 18 años.

Una de ellas es Fideligna Gómez, una mujer imponente que orienta a los jóvenes que las acompañan para que estén pendientes de los preparativos de la conmemoración. Es 22 de septiembre del 2018 y los habitantes de Juan Frío rinden un homenaje a los seis campesinos que fueron asesinados hace 18 años, con la entrada paramilitar del Bloque Catatumbo a esa región. Llevan meses planeando ese momento. Con el sol que empieza a caer, hombres, mujeres y niños caminan juntos hasta la entrada del pueblo. Llevan flores de muchos colores en sus manos. Fideligna toma el micrófono conectado al bafle que lleva un carro, se aclara la voz y les da la bienvenida.

A un costado de la carretera, un mural pintado deja ver los campos verdes cultivados y llenos de cosecha que caracterizan a esa zona; hay árboles con frutos y un río azul que los atraviesa. En el centro, un par de manos sostienen una cachama, un pez que muchos años antes de la violencia atrajo a miles de visitantes a estas tierras. Se ven casas, una iglesia y una paloma blanca. En medio hay un mensaje escrito en letras amarillas que dice: Juan Frío, tierra de esperanza. Cuéntale a la gente que tenga más confianza.

juan frio2 Fideligna Gómez, lideresa y secretaria de la Junta de Acción Comunal de Juan Frío.

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Juan Frío está ubicado en el límite de Norte de Santander, justo al borde del río Táchira que linda con San Antonio de Táchira (Venezuela). Está en la región del Catatumbo, una zona de gran interés para los grupos al margen de la ley por sus tierras fértiles y por su ubicación estratégica en la frontera con Venezuela.

Según informes de la Fundación Ideas para la Paz, el Ejército de Liberación Nacional (ELN) fue la primera guerrilla en llegar al Catatumbo a principios de los años 70. Allí, el ELN adoptó como una de sus principales estrategias atentar contra las zonas de exploración, extracción y transporte de crudo. Hacia 1982 llegaron las Farc, con el objetivo de controlar la cordillera oriental y crear un corredor entre Ecuador y Venezuela. Desde los años 80 la guerrilla de las Farc se vinculó al negocio del narcotráfico en esta región y, con el auge de la coca en el Catatumbo, convierten a esta región es un escenario clave para sus finanzas que se estaban fortaleciendo.

Desde mayo del 1999, los paramilitares del Bloque Catatumbo -creado y organizado por órdenes de Vicente y Carlos Castaño- empezaron a llegar a la zona con el objetivo de desterrar a los grupos guerrilleros, y tomar el control de la producción y distribución de coca. Como en todos los rincones de Colombia donde hubo disputas territoriales, la población de Juan Frío quedó en medio del fuego cruzado.

Fideligna llegó a Juan Frío cuando tenía 15 años. Su papá era jornalero y encontró allí la tranquilidad que no le daba Cúcuta, la ciudad en que ella nació y vivió con su familia. En Juan Frío podrían cultivar sus propias tierras y vivir mejor, a pesar de que el pueblo, las casas y la carretera apenas estaban en construcción.

El 24 de septiembre del 2000, Fideligna estaba dando catequesis a los niños que se preparaban para la primera comunión. Ese domingo, como siempre, en el pueblo había música, comida, adolescentes jugando torneos de fútbol y gente que subía en carros a los restaurantes más famosos a comer cachama.

A lo lejos el ruido de un tiroteo la alertó. Un niño se acercó agitado y le dijo que hombres encapuchados con armas venían hacia el pueblo. A toda velocidad llevó a los niños a un salón del colegio y los ocultó detrás de un tablero que usaban para publicar carteleras. “Por favor, limítense a respirar. No vayan a llorar ni a hacer bulla”, les dijo.

Mientras intentaba mantener a los niños con calma, Fideligna no podía reconocer a esos hombres pero les temía. Les temía porque unas personas encapuchados y con armas, como ellos, desaparecieron a su papá un día de 1999 en una trocha que conecta a Villa del Rosario con Los Patios. Lo buscó en caseríos como Donjuana, Bochalema, Los Patios; también en las funerarias, el hospital,  la morgue y los ancianatos, pero no encontró rastro.

juan frio3 Sicar Valdez, esposa de Gerardo Rangel, víctima de la masacre perpetrada por los paramilitares en el año 2000.

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El mural era el punto de inicio de la caminata por la vida, en la conmemoración del pasado 22 de septiembre. El recorrido marcaría los lugares por los que hace 18 años los paramilitares del Bloque Catatumbo habían cometido la masacre. Al lado de la carretera fueron homenajeados los esposos Nohora Albeira de García Delgado y Carlos Julio García, quienes fueron asesinaron frente a sus tres hijos de 11, 9 y 7 años.

Una pequeña peregrinación empezó a formarse. Dos niñas llevaban en alto un telar que habían tejido las mujeres hacía unos meses, mientras entre puntada y puntada planeaban la conmemoración. La segunda parada se hizo en el colegio de Juan Frío, lugar donde los encapuchados habrían asesinado a Javier Antonio Gómez.

Caminaron con el sol en la espalda hasta llegar a la tercera estación: una casa en la que se homenajeó a Gerardo Rangel, un campesino que, al momento de la masacre, llevaba seis meses viviendo en Juan Frío con su familia. Gerardo fue asesinado en la trocha  que se conoce como La Ramona. Allí también se honró la memoria de William Palencia, un chofer que prestaba servicios de transporte para la gente del pueblo.

Una escultura de la virgen María fue la última parada. Allí se celebró la vida de Julio Cesar Vásquez. A Julio le decían era ‘El Guajiro’, un hombre que sembraba y cultivaba la tierra. “Alimentó a muchos cuando no tenían qué comer. Uno iba, le pedía una yuca y lo mandaba con comida para preparar un sancocho para la familia. Lo tildaron de ayudante de la guerrilla”, comentó Fideligna.

juan frio4 Mochilas tejidas en los ‘círculos de sororidad’, un espacio creado para que mujeres y hombres de Juan Frío.

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Cuando la guerra es prolongada en el tiempo se vuelve un arma de doble filo. Con la llegada de los paramilitares, los episodios de violencia, desaparición y tortura empezaron a ser parte de la cotidianidad. Pero al mismo tiempo, los habitantes de Juan Frío aprendieron a convivir con ellos. Se crearon incluso algunos lazos de amistad y muchos paramilitares engendraron a sus hijos allí.

Sus habitantes no olvidan que el día de la masacre las paredes quedaron grabadas con los mensajes “muerte a sapos” y “guerrilleros HP”. La incertidumbre crecía. Fideligna cuenta que la paranoia por parte de los paramilitares por ‘pescar’ guerrilleros era evidente. Como su casa quedaba al borde del camino, muchos se instalaron en ella, colgaron hamacas en su patio y, en cualquier momento paraban los carros que pasaban por el frente. “Ese es de la guerrilla”, decían mientras salían a detenerlo.

Mientras tanto, a unos 15 de allí en moto, sin que nadie del pueblo se enterara, los paramilitares empezaron a usar trapiches como hornos crematorios para desaparecer a sus víctimas. Alcanzaron a incinerar unos 560 cuerpos según relató el periodista Javier Osuna en el libro ‘Me hablarás del fuego: Los hornos de la infamia’.

“Eso fue el dolor más grande cuando me enteré. Leí en la prensa ‘Los hornos del terror, el holocausto de Juan Frío’”, cuenta Fideligna. Incluso, les preguntó directamente a los paramilitares y su respuesta fue: “Sí señora, eso es arriba por donde llaman Juan García. Allí adecuamos un horno”. “Uno sí veía que subían ruedas de carro, gasolina, picas. Con los días llevaron a varios para que vieran cómo desenterraban los cadáveres de las fosas. Era un castigo por no estar de acuerdo a sus leyes”, contó Fideligna.

Y mientras eso estaba ocurriendo, los paramilitares seguían en su campaña de ganarse a la gente. Organizaban fiestas y asados, y muchas personas asistían porque les ofrecían dos cosas que ellos estaban necesitando mucho: comida y un poco de regocijo ante el dolor. Hacían misas; les daban regalos, ropa, útiles escolares para los niños. “Tapaban lo que hacían malo con algo bueno. Pero como decía un sacerdote del pueblo: pecar y rezar no es empatar. Es una gran mentira”, afirmó Fideligna.

El estigma con el que cargan los habitantes de Juan Frío desde entonces ha sido una marca difícil de borrar. Cuando hablan de su origen, muchas veces son señalados de ser “paracos”. Y hay quienes les dicen, de frente, que por esas tierras nunca irían porque los podrían desaparecer o asesinar.

juan frio5 La comunidad de Juan Frío reunida durante la conmemoración celebrada el pasado 22 de septiembre.

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A pesar del dolor, la comunidad de Juan Frío ha aprendido a resistir con dignidad. Ya han sobrevivido a las guerrillas de las Farc y el ELN, a los grupos paramilitares, a bandas criminales como las Águilas Negras, los Urabeños y los Rastrojos. Ahora no se van a rendir.

Desde 2013, la Unidad para las Víctimas les reconoció como sujetos de reparación colectiva. Es decir, el Estado colombiano admitió que esta comunidad sufrió constantes hechos de victimización y vulneración de sus derechos, y que por lo tanto requiere una atención especial.

Desde su rol de lideresa, Fideligna Gómez ha acompañado este proceso desde el inicio. También ha impulsado proyectos de piscicultura para volver a criar tilapia roja y fomentar el turismo. Además, apoyó la creación de actos conmemorativos para fortalecer los lazos destruidos por el conflicto.

La última conmemoración, celebrada el pasado 22 de agosto, incluyó una caminata que terminó en el colegio. Allí, el sacerdote del pueblo celebró una eucaristía y se dio inicio a los actos simbólicos.

Para este año, la fundación 5ta con 5ta Crew, formada por jóvenes del departamento, acompañó a la comunidad con talleres. Las mujeres aprendieron a tejer mochilas y, con ese ejercicio, a rescatar los múltiples saberes de la frontera; los niños y jóvenes de la Escuela Itinerante del Norte Bravos Hijos presentaron un documental titulado Juan Frío “Memorias de una esperanza”, y los integrantes de la Junta de Acción Comunal presentaron una obra de teatro. El sentido era el mismo: mostrar que Juan Frío está recuperando la confianza en su gente y en su territorio.

Son muchos los retos que tiene hoy este territorio: la migración de venezolanos a sus tierras, el contrabando que alimenta la frontera, las disidencias de los grupos armados y las bandas criminales que quieren volver. La respuesta de la comunidad ha sido generar oportunidades de trabajo y crear espacios de reconciliación. Con el proyecto que adelantan junto a la Unidad de Víctimas, esperan construir un espacio policultural en el que puedan volver a integrarse, a reconstruir los lazos perdidos y borrar la desconfianza que existe entre ellos mismos.

“Aunque el conflicto armado nos marcó, también nos enseñó que somos valientes, resistentes y persistentes. Somos gente trabajadora, que salimos para adelante ante los obstáculos que se nos presenten. Queremos que vayan y le cuenten a la gente que Juan Frío es territorio de paz”, concluyó Fidelina.

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portada indigenas ingaLos Inga ubicados en la región del Caquetá, han resistido a siglos de violencia: a la expansión colonizadora al sur del país, a la explotación cauchera de la amazonia y a las disputas territoriales de los grupos armados. Este pueblo, de la mano de sus conocedores espirituales, trabaja por cultivar en los niños y niñas las tradiciones ancestrales. Esta es su manera de resistir pacíficamente y de garantizar su pervivencia.

Texto y Fotografías por: Laura Cerón

A tres horas por la carretera que conduce de Florencia (Caquetá) a Piamonte (Cauca), se encuentra el resguardo indígena de Yurayaco. Allí reside una parte del pueblo Inga desdeel siglo XVIII, cuando los abuelos y padres del indio Apolinar Jacanamijoy, conocedores de la selva amazónica del Caquetá, decidieron emigrar con su familiay formar un resguardo indígena que brindara seguridad y protección a su comunidad.

La pérdida histórica de sus tierras y sus tradiciones ancestrales por la colonización campesina -que impulsó la explotación de la quina y el caucho-, y las disputas territoriales entre la guerrilla de las Farc y Bloque Central Bolívar de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), los empujó a trabajar en la protección de sus saberes ancestrales y culturales como una forma de resistencia. Ellos saben que está en riesgo la extinción de sus conocimientos más antiguos.

El pasado 30 de agosto, el colegio indígena Yachaicurí del resguardo de Yurayaco -proyecto etnoeducativo creado hace unos 18 años- se convirtió en el lugar para conmemorar la vida y la resistencia de los líderes y lideresas, que han muerto trabajando por garantizar la supervivencia del pueblo ingano en el territorio. Con la participación protagónica de los niños y niñas del resguardo, esta conmemoración se convirtió en un homenaje a la vida, la sabiduría y el poder del pueblo inga.

Las tradiciones ancestrales fueron el centro de la conmemoración, pues generan vida e identidad en las nuevas generaciones. “Para pervivir en el tiempo y en el espacio no se puede olvidar las raíces y la memoria de los taitas y mamas”, afirmó Waira Jacanamijoy, coordinadora del resguardo de Yurayaco.

Explore en este reportaje gráfico las tradiciones que, desde hace siglos, han hecho parte esencial de la vida espiritual y organizativa del pueblo Inga, y han permitido su supervivencia.

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AtumRumi Taita Apolinar, o la piedra del Taita Apolinar, es un símbolo de sabiduría, energía y poder. Para el pueblo inga es un sitio sagrado, pues allí nace la memoria, el saber y el conocimiento ancestral. La vida espiritual del pueblo inga fluye entre esta piedra y el río Yurayaco. Por el proceso de colonización, la piedra ahora se encuentra en una finca que no hace parte del resguardo. Esto, sumado al turismo, ha puesto en peligro la vida y las tradiciones culturales que se fortalecen a raíz de la piedra.

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La danza la Chakanaintegra las visiones y conceptos cosmogónicos con el territorio: la medicina ancestral, los saberes espirituales, los lenguajes, los significados y la organización social propia del pueblo inga. Chakana, que significa puente o escalera, crea una visión del universo representando lo masculino y lo femenino, el cielo y la tierra, el mundo de los vivos y de los dioses. “Así caminamos con nuestros saberes”, afirmó Waira Jacanamijoy.

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Dentro de los símbolos que forman la Chakana se encuentra el fuego, integrador en todas sus dimensiones: armoniza la palabra, el canto, la danza, las ceremonias y la organización social; y es el que abriga y cocina los alimentos. Alrededor, lleno de flores silvestres, se encuentra el chumbe: tejido que usan las mujeres indígenas que representa las historias y los caminos por donde transita el saber. En frente está el sahumerio, que brinda la limpieza y purificación. La chicha, los tejidos y los alimentos también integraban la Chakana.

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Los cascabeles, carrizos y las zampoñas, son piezas fundamentales en el rencuentro con la música inga. Hoy las futuras generaciones encuentran en las canciones su tradición espiritual, su territorio y su memoria. A pesar de que muchas canciones no han sido entonadas durante la guerra, para el pueblo inga continuarán los sonidos.

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En la conmemoración se usaron plantas medicinales, las cuales son fuente y reserva del conocimiento milenario que tiene el pueblo inga sobre la naturaleza. Desde el eje de espiritualidad y medicina tradicional del plan de vida del pueblo inga, las mamas, sabedoras de los conocimientos ancestrales, buscan nuevos emprendimientos que ayuden a fortalecer a las futuras generaciones en sus conocimientos sobre medicina y botánica.

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Intervención artística de las Yakumamas o madres del agua. Con cantos y sonidos, hechos con el caparazón de una tortuga de agua, se armonizan las conexiones con el territorio y con nosotros mismos. Estos cantos se vuelven una herramienta contra la contaminación de las aguas y de las especies que viven en la naturaleza.

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Los taitas son el pilar fundamental de la organización social del pueblo inga. Son guías espirituales que orientan la permanencia y los desafíos en el territorio: la salud, la educación, la sociedad y la medicina. Muchos de ellos se han vuelto blanco de la guerra y han sido asesinados, al ser señalados de ayudar a la guerrilla, a los paramilitares y al Ejército. Su entrega a la comunidad es completa: con su experiencia ayudan a crear nuevos lenguajes y significados en las nuevas generaciones.

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La tulpa es uno de los espacios fundamentales de encuentro en la cultura inga: allí se cocina; y se abrigan la palabra, el espíritu y el pensamiento. Alrededor del fuego se tejen espacios con los taitas y mamas para compartir historias, consejos, anécdotas y reflexiones. Durante la conmemoración se hizo un homenaje a los taitas y mamas que han muerto pero que han dejado grandes lecciones de amor, respeto y cuidado por las tradiciones ancestrales y el trabajo colectivo.

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La mama Natividad Mutumbajoy es una lideresa espiritual y defensora de la cultura Inga en el Caquetá. Dentro de la institución educativa Yachaicurí lidera el eje de espiritualidad y medicina tradicional, el cual enseña a los niños y niñas el valor de las plantas ancestrales y la relación que tienen con la vida, el camino, el pensamiento y el espíritu. También da clases de inga a los niños y niñas de la institución.

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Hace 21 años, entre el 15 y el 20 de julio de 1997, la violencia paramilitar se instaló en los Llanos Orientales creando un fenómeno de terror entre la población. La masacre de Mapiripán, Meta, fue reconocida por la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) como una de las consecuencias más atroces de la guerra. Hoy en día sus sobrevivientes quieren que se construya una casa de la memoria que cuente la historia de los que ya no están.

Laura Cerón para el CNMH

Eran las cuatro de la mañana del 17 de julio de 2018 y en Villavicencio, Meta, no había un rayo de luz en el cielo. 18 personas, entre ellas niños y niñas, se encontraron en la Plaza de la Gobernación, donde los esperaban dos camionetas 4x4. Empacaron sus maletas y la comida necesaria para empezar un recorrido que terminaría 10 horas después entre carreteras malhechas y trochas embarradas. Recorrieron toda la sabana oriental, les tocó atravesar  nadando cauces del Río Guaviare mientras los carros intentaban atravesar el lodo de forma heroica, todo esto para poder regresar a Mapiripán, ese municipio donde asesinaron y desaparecieron a sus familiares hace 21 años.

Llegar a Mapiripán es encontrarse rodeado por llanura amplia y vacía, que hace contraste con los cientos de hectáreas sembradas de monocultivos de palma que lindan a la orilla del Río Guaviare, el cual divide con sus aguas la Orinoquía de la Amazonía. Allí, hace más de 30 años, se reunían pesqueros, comerciantes y compradores a intercambiar y vender productos. Mapiripán era un pequeño puerto en el que indígenas y colonos podían intercambiar maíz, cacao, arroz, plátano, yuca y pescado.

Los viajeros salieron de los carros, mojados, se instalaron en el hotel y una vez bañados se dirigieron con la tenacidad suficiente hasta la alcaldía del municipio. El calor se mezclaba con un aire denso por los árboles del parque principal. “Venimos para hablar sobre la casa de la memoria”, le dijo, al alcalde sustituto del municipio, Marina Sanmiguel, lideresa de la Corporación Voces que Trascienden y víctima tras el asesinato de su esposo José Rolan Valencia, en la masacre de Mapiripán.

La casa de memoria

Pensar en crear una casa de la memoria en el municipio no es fácil. Su origen parte de una de las medidas de reparación que la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) reconoció al fallar a favor de las víctimas por los hechos ocurridos en la masacre entre el 15 y 20 de julio del año 1997, cuando un grupo de paramilitares  de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), viajó desde el Urabá hasta San José del Guaviare y asesinó a 50 personas.

A pesar de que la orden del CIDH  falló en el año 2005, la idea de construir la casa de memoria se le ocurrió a Marina en 2016. “Como la Sentencia ordena construir un monumento, nosotros pasamos la propuesta a Cancillería que no fuera un monumento estático que no le sirviera a la comunidad. Con la cuestión del monumento, “El puño”, que se colocó, hemos tenido varios problema con la gente”, afirma Marina.

“El puño” fue instalado en 2009, en medio de uno de los periodos más álgidos y violentos por la presencia paramilitar en la región. Era grande, de tres metros de alto y su estructura mostraba un puño cerrado de color dorado. Su creador fue el artista bogotano Luis Alfredo Castañeda y la instalación se realizó en medio de una gran caravana, en la que se hizo el retorno simbólico de más de 450 personas al municipio. “El puño” fue ubicado en la entrada del pueblo, pero el año pasado, 2017, los habitantes lo encontraron totalmente destruido.

En la denuncia pública hecha por el Colectivo de Abogados José Alvear Restrepo, Luis Guillermo Pérez Casas, defensor de Derechos Humanos y representante de víctimas de la masacre de Mapiripán, recordó que este había sido instalado por las mismas organizaciones de víctimas de la región y solicitó que se reconociera públicamente a los responsables, pero, al día de hoy, nada ha ocurrido.

En reuniones anteriores, Marina y las demás víctimas que hacen parte de las organizaciones de víctimas habían logrado concertar un lugar para la construcción de la casa de la memoria. “Nos quieren ubicar un lote que queda a la orilla del río y dentro de unos años ese terreno se lo lleva el agua. Cerca del lote queda el comedor de los abuelos y a ellos ya los reubicaron porque la casa el río se la llevó casi toda”, dice Marina.

En efecto ya habían pensado en varios lugares. El que más les llama la atención es el antiguo colegio del municipio. El lote cuenta con 5 salones amplios que ahora están abandonados. Algunas familias desplazadas provenientes del Guaviare se han asentado ahí al no tener otro lugar a donde ir.

El 18 de julio en la madrugada, la caravana que viajó desde Villavicencio instaló en  el polideportivo del municipio una galería de la memoria, fotos de sus seres queridos asesinados y desaparecidos, como símbolo y antídoto contra el olvido.

Después de una oración por las personas que vivieron la violencia paramilitar en la zona, comenzó un recorrido hasta el cementerio municipal. Allí Viviana Barrera, lideresa y víctima de la masacre, colocó un letrero que decía: “Padre, aquí estoy con tus nietas y más acompañantes conmemorando tus 21 años de muerto. En nuestras mentes siempre vives. Te amamos”.

En medio del sol caminaron hasta el antiguo colegio para poder distinguir el estado de la infraestructura. Sin embargo, a pesar de la voluntad que exista para construir la casa, quedan muchas preguntas: ¿Quién administraría el lugar?, ¿quién financia su construcción?, ¿qué rol van a cumplir las víctimas en el diseño y construcción de los relatos?

Son muchas las esperanzas puestas sobre este proyecto, pues significa darle la oportunidad de crecer y mejorar a un lugar en el que todavía se viven hostigamientos por parte de grupos paramilitares contra la población. “Nosotros le solicitamos al alcalde que nos dé un buen predio, que eso no es para nosotras sino para el pueblo. La construcción de la casa es importante para acordarnos de toda la violencia que vivimos, para que no se nos olvide”, expresa Marina.

Publicado en Noticias CNMH

Conmemorar para no olvidar

Publicado 20 Jul 2019

Desde hace varias décadas en Colombia los sobrevivientes del conflicto han convertido su dolor en lucha contra el olvido. Muchas de ellas se han organizado para exigir justicia, verdad y reparación en un grito unísono.

portada puebloricoLaura Cerón para el CNMH

Una de las acciones que hacen los sobrevivientes es recordar las fechas en las que ocurrieron masacres, desapariciones forzadas, secuestros o asesinatos selectivos –y cualquier hecho victimizante-. Así recuerdan lo que les pasó y comienzan a hablar, a buscar espacios para volver a reunir a la comunidad. A estos se les llaman actos conmemorativos y en ellos se busca reclamar ante la sociedad, muchas veces pasmada por la indiferencia, que la guerra no vuelva a tocar la puerta de ningún colombiano.

En Tumaco, por ejemplo, la Pastoral Social del municipio se reúne junto a las organizaciones de víctimas para conmemorar el asesinato de Yolanda Cerón, una lideresa que con su trabajo ayudó a que se les titularan tierras a miles de afrodescendientes e indígenas. Comunidades que llevaban décadas viviendo en el puerto. Yolanda se opuso a la entrada de grupos al margen de la ley y fue asesinada el 19 de septiembre.

Desde entonces, cada 19 de septiembre se conmemora este día. Para el 2017, la comunidad asistió a una eucaristía y con velas y flores adornaron un busto (de la estatua con la imagen de Yolanda) ubicado en el Parque Nariño, donde también se declamaron poemas y se cantaron canciones. La conmemoración con el paso de los años se transformó, y se convirtió, en un espacio en el que también se recuerda a otros líderes sociales que han muerto en Tumaco por defender a sus comunidades.

En Pueblorrico, Antioquia, cada 15 de agosto el pueblo se reúne para recordar la muerte de 6 niños que, caminando por la vereda La Pica, donde tenían una salida pedagógica, se encontraron con los disparos del Batallón de Infantería número 32 Pedro Justo Berrío, de la IV Brigada del Ejército. Durante varios años las familias, junto a los habitantes de Pueblorrico, han recorrido las calles del pueblo, han ofrecido misas y talleres a los niños y niñas del municipio y han pintado murales en memoria de los que ya no están.

pueblorico * Conmemoración de 2017 en homenaje a los 6 niños asesinados en Pueblorrico, Antioquia - Laura Cerón/CNMH

“Que no se repita y que no se olvide. Que nadie más viva el dolor que nosotros vivimos y que ningún otro niño muera en una guerra injusta”, afirmó durante la conmemoración hecha en 2017 Gustavo Isaza, padre de Gustavo Isaza Carmona, uno de los niños que fue asesinado.

El Centro Nacional de Memoria Histórica, desde el año 2014, ha acompañado más de 70 acciones conmemorativas realizadas en el país en las que han participado más de 10.200 personas. Ahora a este proyecto se le conoce como ConmemorAndo: acciones por la vida, y en él han participado más de 100 organizaciones de víctimas, organizaciones sociales y colectivos artísticos.

Para la realización de estos actos conmemorativos también se han sumado instituciones y aliados de la cooperación internacional que le han apostado a la construcción de memoria histórica en diferentes zonas del país: desde el Atlántico hasta el Valle del Cauca, de Nariño hasta Aguazul, Casanare.

Para este 2018, el CNMH a través de la Estrategia de Participación de Víctimas, acompañará 10 conmemoraciones. Cada acompañamiento sumará esfuerzos técnicos, logísticos y comunicativos entre las organizaciones de víctimas, la comunidad, las áreas misionales del CNMH y diferentes actores sociales con el fin de visibilizar las acciones ante la opinión pública. Cada una de ellas fue seleccionada bajo criterios de pluralidad en los territorios, poblaciones, hechos victimizantes, zonas priorizadas por el plan de desarrollo territorial (PDT), entre otros.

  1. Rescatando raíces de las cenizas de la guerra, en Mapiripán, Meta.
  2. Prohibido olvidar la masacre de los 12 jóvenes de Punta del Este, en Buenaventura, Valle del Cauca.
  3. Conmemoración de víctimas de Desaparición Forzada, en Charras, San José del Guaviare.
  4. Conmemoración de la masacre del Naya, Región del Naya, Cauca.
  5. Rastros del Indio Apolinar Jacanamijoy, en San José del Fragua, Caquetá.
  6. conmemoració Herederos de paz, en Juan Frío, Villa del Rosario, Norte de Santander.
  7. 10 años de los Falsos Positivos en Ocaña, Norte de Santander.
  8. Conmemoración Que florezca la memoria, en Segovia, Antioquia.
  9. Peregrinación Páramo de la Sarna, en Sogamoso, Boyacá.

Si desea conocer otras conmemoraciones que han sido acompañadas por el CNMH, lo invitamos a descargar el libro ‘ConmemorAndo: acciones por la vida’, que reúne más de 50 conmemoraciones realizadas a nivel nacional en un recorrido fotográfico que además reúne las descripciones de las conmemoraciones, testimonios y textos de las organizaciones de víctimas que han participado del proyecto.

Publicado en Noticias CNMH

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