Los invitamos a sumergirse en un recorrido de cinco momentos, conformado por fotografías, dibujos, documentales y testimonios de ocho pueblos indígenas, que develan cómo la memoria les ha permitido pervivir en medio del conflicto.

La exposición “Endulzar la palabra, memorias indígenas para pervivir” hace una inmersión en los procesos de memoria histórica de ocho pueblos indígenas de Colombia: Bora, Ocaina, Muinane y Uitoto M+N+KA de La Chorrera, en el Amazonas (AZICATCH); Wiwa, de la Sierra Nevada de Santa Marta (Golkushe Tayrona); Awá de Nariño, Putumayo y Ecuador (Gran Familia Awá Binacional); Nasa del norte del Cauca, Chab Wala Kiwe (ACIN), y Barí del Catatumbo (ÑATUBAIYIBARI). 

El visitante encontrará espacios para escuchar sus voces. Espacios para caminar por sus territorios, en su inmensidad y con todas sus diferencias. Espacios para entender que la memoria también son silencios. Y espacios para reconocer que los pueblos indígenas han sido actores políticos y activos, para hacerle frente al conflicto armado. 

A lo largo de toda la exhibición, liderada por el Centro Nacional de Memoria Histórica en alianza con el Centro de Formación de la Cooperación Española y la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo, se presentarán fotografías, dibujos, documentales y testimonios, producidos en su gran mayoría por los pueblos indígenas. Además, el espectador se encontrará con una serie de preguntas, en las que cada uno de los pueblos interpela y abre el diálogo con los visitantes.

“Todo lo que hagas se tiene que hacer con el corazón frío
Se tiene que hacer con el corazón dulce Y se tiene que hacer con ese corazón de estimación al otro”. 
Gil Farekatde

Sean bienvenidos a una exposición en la que participaron activamente los investigadores locales, lo que permitió hacer el ejercicio de contar en voz propia una historia tantas veces referida por otros. Esta, además, es una oportunidad para comprender que la memoria indígena del conflicto se centra, más que en un repertorio de hechos dolorosos, en un conjunto de saberes y estrategias culturales que les han permitido sanar los estragos de la guerra, y endulzar la memoria del horror desde la palabra de vida. 

Esta exposición fue posible gracias al apoyo de la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID), a través del Programa de Alianzas para la Reconciliación (PAR) operado por ACDI-VOCA. Y a la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID). 

Les invitamos a conocer la programación de actividades culturales y académicas que se llevarán a cabo este mes.

HORARIOS Y FECHAS:

  • Lunes a viernes: 7:30 a.m. a 7:00 p.m.
  • Sábados: 8:00 a.m. a 7:00 p.m.
  • Domingos y festivos: 9:00 a.m. a 7:00 p.m.

LUGAR: Centro de Formación de la Cooperación Española, Calle 36 #2-74, Cartagena

portada memorias que transformanDesde el miércoles 17 de octubre estarán reunidos en Bogotá unos 350 estudiantes y profesores de colegios y universidades de 21 departamentos, para dialogar sobre cómo están trabajando el tema de la memoria como aliada de la paz, desde estrategias pedagógicas e investigativas.

Cerca de 350 profesores de colegio, estudiantes e investigadores universitarios de todo el país, estarán reunidos en Bogotá entre el 17 y el 19 de octubre, intercambiando sus experiencias pedagógicas e investigativas en torno a la memoria y la paz. 

En “Memorias que transforman: encuentro nacional de redes y experiencias educativas para la construcción de paz” estará, por ejemplo, un joven bogotano que está creando una red de estudiantes para, a través de la memoria, aportar a la construcción de paz; una profesora de Nariño quien, con sus estudiantes, construyó un museo de la memoria de puertas abiertas para la comunidad; y un investigador del caribe que diseñó estrategias metodológicas para reconstruir la memoria de manera participativa. 

Este es el primer año en el que se realiza un encuentro de esta magnitud, impulsado por el equipo de Pedagogía del Centro Nacional de Memoria Histórica. Se espera que en este encuentro, además de generar un espacio de diálogo entre docentes, investigadores y estudiantes, se cree una agenda de trabajo común y articulado en los diferentes territorios, que integre a escuelas y universidades. 

memorias que transforman invitacion maestrosLa Red de Maestras y Maestros por la Memoria y la Paz de Colombia -REMPAZ-, es un espacio constituido en el año 2017 bajo el liderazgo del Centro Nacional de Memoria Histórica –CNMH- en el cual confluyen docentes que, en diferentes territorios del país, han diseñado estrategias desde la pedagogía de la memoria. 

Este año uno de los participantes será Cristian Fabián Espinosa, un joven de 18 años egresado del colegio La Giralda, en el barrio Las Cruces de Bogotá. Siendo estudiante tuvo la oportunidad de navegar, con sus compañeros, en el informe “El Salado: esta guerra no es nuestra”. Esa fue la primera vez que muchos de ellos se acercaron a los efectos del conflicto armado en los Montes de María. Después de graduarse, Cristian decidió seguir trabajando en clave de memoria fuera de las aulas, y propuso crear una red de estudiantes para generar espacios de debate y formular propuestas, que permitan transformar positivamente las cotidianidades de su barrio. “Nos falta saber, conocer y tener mayor sentido de pertenencia”, dice Cristian. 

memorias que transforman red estudiantesDespués de graduarse, Cristian decidió seguir trabajando en clave de memoria fuera de las aulas, y propuso crear una red de estudiantes para crear espacios de debate y generación de propuestas. 

Otra invitada al encuentro de este año es Janeth Rosero Faini, docente de Ciencias Sociales del Liceo Central de Nariño de Pasto. Desde allí, en el sur de Colombia, los estudiantes del grado once han venido desarrollando pedagogías de memoria y paz, que les han permitido recorrer sus historias y las realidades del conflicto armado colombiano. Dentro de sus alumnos hay chicos que han sido afectados directamente por la violencia. 

memorias que transforman janeth roseroDesde el 2015, más de 200 estudiantes del Liceo Central de Nariño han trabajado con los materiales pedagógicos de la Caja de Herramientas. 

“A partir del año 2015 comenzamos nuestro andar, construyendo paso a paso una visión crítica y propositiva de la realidad colombiana. Son más de 200 estudiantes los que han participado en este recorrido, los que animados por las actividades de la Caja de Herramientas ‘Un viaje por la Memoria Histórica’ (material pedagógico del CNMH disponible en el sitio web), llevan en su pensamiento y en su corazón, el dolor de la guerra y la esperanza de la reconciliación y la paz”, asegura Janeth Rosero. 

A 1.426 kilómetros de Pasto también hay iniciativas de memoria transformadoras. La reconstrucción participativa de la memoria colectiva en Cartagena, Bolívar y el Caribe Colombiano, es uno de los objetivos que persiguen 10 investigadores, 30 integrantes de semilleros de investigación y 130 gestores locales de memoria, que hacen parte del Grupo Regional de Memoria Histórica de la Universidad Tecnológica de Bolívar. Esta iniciativa se creó formalmente en 2015 pero viene caminando desde el 2011, cuando se conformó el semillero. 

“Durante los últimos tres años hemos centrado nuestras actividades en los Montes de María. Ahora nuestro reto es construir puentes entre diversos ámbitos y actores, para propiciar diálogos que permitan afianzar, desde la memoria, los procesos de construcción de paz y desarrollo humano que avanzan en nuestros territorios”, explica el investigador Pablo Bitbol. 

Este grupo regional, que hará parte del encuentro “Memorias para transformar”, además ha comenzado a recrear (desde el arte, la performatividad y la pedagogía) espacios y momentos de memoria viva que invitan a la reflexión, la imaginación y la innovación social. El mercado campesino y la huerta de intercambio de saberes, que funcionan en el campus de la Universidad Tecnológica de Bolívar, son ejemplo de ello.

Están todas y todos invitados a conocer cómo los profesores y estudiantes están trabajando la memoria desde las regiones, y cómo esos ejercicios están aportando a la construcción de paz del país.

Descargue aquí la agenda

Horarios y Fechas: 

  • Miércoles, 17 de octubre: 7:00 a.m. a 5:00 p.m.
  • Jueves, 18 de octubre: 8:00 a.m. a 5:00 p.m.
  • Viernes, 19 de octubre: 8:00 a.m a 12:30 p.m 

Lugar: Hotel Habitel Centro de Convenciones, Avenida El Dorado 100 - 97, Bogotá

  • El CNMH lanza el informe Catatumbo: Memorias de vida y dignidad, un recorrido por la violencia de larga duración que ha vivido esta región de Norte de Santander, desde la llegada de los españoles al territorio barí hasta la dominación de los grupos armados ilegales que persiste.
  • Entre 1999 y 2006, con la llegada de tres estructuras paramilitares, la región vivió una violencia sin precedentes: casi 100 mil desplazados, 832 asesinatos selectivos y 599 muertos en masacres.
  • La violencia, el abandono estatal y la pobreza hicieron que el cultivo de coca fuera una posibilidad de sustento para los campesinos, y eso los llevó a ser objetivo de políticas de lucha contra las drogas poco efectivas.
  • A pesar de todo, las catatumberas y catatumberos han levantado y fortalecido sus organizaciones, han resistido y se han movilizado para exigir mejores condiciones de vida.

Desde la conquista española hasta hoy, los habitantes de la región del Catatumbo, en Norte de Santander, han hecho frente al abuso de diversos actores legales e ilegales, que han ocupado su territorio y han perpetuado distintos tipos de violencias. Esa es la historia que el Centro Nacional de Memoria Histórica reconstruye en su informe Catatumbo: Memorias de vida y dignidad, que estamos lanzando hoy, y que nació de una propuesta de la Diócesis de Tibú y su Pastoral de Víctimas, a la que luego se sumó la Asociación de Autoridades Tradicionales del Pueblo Barí Ñatubaiyibarí. 

Para el Pueblo Barí, la violencia en el Catatumbo arrancó con la llegada de los españoles, que trataron de imponerles su idioma, su religión y su cultura. Para otros habitantes de la región, esta empezó a principios del siglo XX, con la entrada de las empresas petroleras que provocaron el desplazamiento y la desaparición de miles de indígenas, y a la vez motivaron la llegada de campesinos y trabajadores de esta industria. 

El conflicto armado llegó a finales de los setenta y se agravó a finales de los ochenta, cuando el ELN, el EPL y las FARC fortalecieron sus acciones militares con asesinatos selectivos, secuestros, extorsiones y tomas a poblados. Pero fue entre 1999 y 2006 cuando la región vivió una violencia sin precedentes, con el accionar de tres estructuras paramilitares: el Bloque Catatumbo, el Frente Héctor Julio Peinado Becerra y el Frente Resistencia Motilona. En estos siete años de presencia paramilitar se desplazaron forzadamente 99.074 personas, que equivalen al 59,5% de los desplazamientos de los últimos 32 años. También hubo 832 casos de asesinatos selectivos y 599 muertos en masacres: 403 por parte de paramilitares y 142 por parte de las guerrillas. 

A raíz de estas violencias, del abandono estatal y de la pobreza, los cultivos de coca aparecieron como una posibilidad de sustento para los campesinos de la región, quienes enfrentaban (y siguen enfrentando) difíciles condiciones para la comercialización de sus productos tradicionales. Pero cultivar coca los convirtió en objetivo de políticas de lucha contra las drogas que, además de ser costosas en términos económicos, ambientales, sociales y de salud, en ocasiones justificaron también nuevas violencias. 

Aunque las FARC se desmovilizaron, el conflicto persiste en el Catatumbo. El ELN y el EPL se expandieron en la región y hubo una militarización sin precedentes, que ha producido, entre otras graves vulneraciones, ejecuciones extrajudiciales cometidas por miembros de la Fuerza Pública. A este escenario se suma a la presencia y accionar de Grupos Armados Posdesmovilización. La región presenta hoy grandes desafíos de cara a la construcción de la paz territorial. Sin embargo, y a pesar de la violencia y la precariedad, las catatumberas y catatumberos han levantado y fortalecido sus organizaciones, han resistido y se han movilizado en varios paros campesinos para exigir mejores condiciones de vida en su región. 

En este recorrido por las voces y memorias de los habitantes de esta región se encuentran tres tensiones principales. Primero: a pesar de ser una región exuberante y rica en recursos naturales sus pobladores han vivido en la marginalidad y la precariedad, y las comunidades perciben la presencia estatal especialmente con su cara militar y antinarcóticos, en lugar de ver acciones que busquen suplir las necesidades más sentidas de la gente. Segundo: ante ese panorama, las catatumberas y catatumberos se han organizado y han trabajado comunitariamente por una vida digna, pero por esa razón han sido violentados y desconocidos. Y tercero: sobre ellos y ellas han recaído estigmas que han justificado distintas formas de violencia hasta el presente. 

Ese panorama motivó al Centro Nacional de Memoria Histórica a hacer una serie de recomendaciones que permitan construir las condiciones para que la guerra no se repita, y se consoliden las apuestas por una vida digna en el Catatumbo: atender las necesidades de la gente, reconocer y proteger las dinámicas organizativas, ampliar los espacios de participación, desarmar estigmas y cerrar ciclos de violencia, replantear las políticas frente a la coca y avanzar en procesos de verdad, reparación y no repetición. 

Este ejercicio de reconstrucción de memoria histórica contó con la colaboración de una multiplicidad de personas, organizaciones y entidades de la región.

Navegue aquí el especial multimedia 

Descargue aquí el informe Catatumbo: Memorias de vida y dignidad

portada catatumbo memoria dignidadEl Catatumbo: “casa del trueno” en lengua Barí, es una región fronteriza con Venezuela, ubicada al norte de Norte de Santander, de la que en Colombia se ha escuchado poco. Al Catatumbo lo conforman los municipios de Ocaña, El Carmen, Convención, Teorama, San Calixto, Hacarí, La Playa de Belén, El Tarra, Tibú y Sardinata, alberga los resguardos Motilón-Barí y Catalaura, donde habita el Pueblo Barí.

Ocaña y Tibú funcionan como puertas de entrada a la región y son paso obligado para acceder a los demás municipios.

Estos municipios comparten rasgos socioculturales, históricos y ambientales que permiten comprender al Catatumbo como una misma región. Uno de ellos es el río del mismo nombre, que nace en el Cerro Jurisdicciones sobre los 3.500 msnm en el municipio de Ábrego, (de la unión de los ríos Oroque y Frío, que cuando se juntan toman el nombre de río Algodonal y, una vez terminado su tránsito por Ocaña, adquiere el nombre de río Catatumbo) y desemboca en el Lago Maracaibo, en la República Bolivariana de Venezuela. En su cuenca recibe las aguas de los ríos Tarra, de Oro, San Miguel, Socuavo Sur, Socuavo Norte, Tibú, Sardinata, Nuevo Presidente, entre otros, y recibe también las aguas de cientos de quebradas.

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portada los ninos que no fueron a la guerraEn 25 años la hermana Carolina Agudelo contribuyó, al frente de la Fundación Compartir, a la recuperación psicosocial de viudas y niños huérfanos, víctimas del conflicto armado en Urabá.

Juan Camilo Gallego Castro

La niña se muerde los labios y cruza sus manos en el pecho. Los tres niños alrededor intentan sonreír. Parecen tan felices.

“Es una foto histórica” —dice la hermana Carolina Agudelo, es la foto de los primeros niños que llegaron a la Fundación en el barrio Vélez, de Apartadó, Urabá antioqueño.

El 24 de enero de 1994 fue trasladada a esta región del país, y esa foto es la primera que tomó. Ahora la mira colgada de la pared de su oficina.

—Los perdí de vista, quiero verlos de nuevo.

Esos niños, tan felices que se ven, acababan de perder sus papás, eran niños huérfanos; sus mamás, viudas jóvenes que no pasaban de 30 años.

Arreciaba el temporal.

***

—Mi vida es un misterio, dice la hermana Carolina, vivía muy contenta cuando me llamó una hermana de La Presentación. Tenía 19 años.

Carolina no era la hermana Carolina. Sus dos hermanas mayores eran religiosas. En ese entonces las definía como “mojigatas”. Estaba enamorada, tenía novio.

—Tengo vocación religiosa y vocación para el matrimonio. Respondió entonces.

Trabajaba en la Contraloría de Antioquia, entregó su carta de renuncia y le pidieron que lo pensara: “Señorita Carola, lo suyo es una ventolera. Pero si es su decisión, las puertas seguirán abiertas”. 1961, medio siglo atrás, se fue para el noviciado Los Ángeles, en el barrio Villahermosa de Medellín. Dejó su trabajo, dejó su novio. Eligió la mitad de su vocación.

Aquel hombre se quedó triste, la esperó seis meses, pero Carolina ya no era Carolina, iba en camino de ser la hermana Carolina. Un día cualquiera aquel hombre la fue a buscar, mientras conversaban le dijo: “Negra, como la llamaba, camina para recordar cómo caminabas”. Se puso de pie y fue de un lado a otro. Entonces fue el adiós. Un día su mamá le contó que aquel hombre le había dicho en la calle: “Yo quiero que sepa que la mujer que amé fue su hija”.

***

Ya en 1994, esta mujer que se consagró a la religión, escuchó al entonces obispo Isaías Duarte Cancino que le pidió ocuparse de una fundación para atender a mujeres viudas y niños huérfanos, víctimas del conflicto armado en el Urabá.

Encontró un escritorio, un computador, sillas y 150 millones para empezar.

—Le vamos a enseñar su oficina– le dijeron a su llegada.

“No, yo no quiero oficina, necesito arrendar una casa para atender a las viudas y sus familias”, expresó de inmediato.

los ninos que no fueron a la guerra2En 1994 la Fundación atendió 45 niños huérfanos y hoy tienen más de 1300 en atención de primera infancia. Por fortuna, “ya no todos son hijos de viudas”, dice la hermana Carolina. - Fotografía: Isabel Valdés/CNMH

Hasta 1999 fue un programa de la Diócesis de Apartadó. Durante años organizó algo que llamó las tardes del compartir y así fue como luego se convirtió en la Fundación Compartir. En la primera casa atendían 45 niños huérfanos y a sus madres. La hermana Carolina mira las fotos colgadas en su oficina y se encuentra ante cientos de niños que ahora no son niños.

“Yo escuché las historias de todas las mujeres. Todas en Compartir han sido por muerte violenta. De todas esas mujeres, unas 600, están redimidas gracias a la Fundación. Siempre me dijeron que eran mujeres viudas a causa de la violencia. Yo les decía que no, que fue a causa de la guerra”.

De acuerdo con el Observatorio de Memoria y Conflicto del Centro Nacional de Memoria Histórica, en 1994 hubo en Apartadó 102 asesinatos selectivos. La hermana Carolina recibió 1.960 viudas en los últimos 25 años.

—No hemos superado la guerra, nos tiene en receso. Hay muchas cosas por resolver, por investigar, tantas muertes sin esclarecer, la entrega de la tierra. Los verdaderos dueños ya no existen. Aquí se daba: “si usted no me vende, le compro a la viuda”.

***

A los niños los acompañaron con psicólogos y se quedaron a vivir en sus hogares infantiles. La mayoría de las mujeres llegaron analfabetas. La hermana Carolina dice que les enseñaron a leer y escribir.

—Muchas ya son técnicas y algunas profesionales. Estas mujeres eran apéndices de sus maridos. Los hombres las sacaban de sus casas por la pobreza, la mayoría eran menores de 30 años. Los hijos de la primera viuda tienen 25, 26 años.

La hermana Carolina mira de nuevo la fotografía de los niños sonrientes. Solo recuerda que la niña y el niño que está atrás de ella, tal vez tímido, son hermanos, que la primera de 70 casas de madera que transformaron en la Fundación fue la de esa familia. Que luego hicieron 336 casas con materiales de construcción.

En las paredes de su oficina hay un cristo de hierro marrón, una virgen con su hijo en una ventana, la foto de los niños sonrientes, un cuadro gigante con decenas de fotos de niños, familias, bebés, sonrisas, casas, mamás. Estas fotos y un archivo gigante que la hermana conserva en el segundo piso de la Fundación conforman el archivo de Compartir, uno de los 2043 archivos que el CNMH ha identificado en el país.

Esta mujer de 77 años  nació en Betania, “la capital mundial de la música guasca”, dice que no le gusta “la música metallica, pero hay reguetones buenos”. En enero cumplirá cinco lustros viviendo en Urabá. Dice que quiere encontrar a los niños que ya no son niños y que sonríen en la primera foto que tomó. Es que no más hace unos días un muchacho fue a visitarla. Él no sabía que Compartir aún existía. Solo quería decirle que se va a graduar de la universidad, que es un hijo de Compartir. También otro muchacho que ahora es jefe de sistemas de la Fundación; otro que es concejal de Apartadó.

—Compartir es el comienzo de una esperanza nueva, que no todo está perdido, insiste la hermana, que con la muerte de sus padres no todo estaba perdido. Una de mis grandes satisfacciones a los 77 años es cómo le pude rescatar a la violencia tantos niños que pudieron superar el vocabulario de que esperaban crecer para matar el asesino de su papá.

Y solo escuchar esa frase es suficiente para entender la vocación que tomó la hermana Carolina.

El caso del Salón del Nunca Más de Granada, Antioquia, en grave riesgo por la humedad y el paso del tiempo, es el reflejo de lo que está sucediendo en las regiones con los lugares dedicados a hacer memoria. ¿Cómo asegurar la supervivencia de estos espacios, que son apuestas de vida de las comunidades?

El Salón del Nunca Más de Granada, uno de los bastiones de la memoria en Antioquia, está en riesgo tras nueve años de vida. “Hay problemas de humedad, se le mete el agua por todos lados”, cuenta Gloria Ramírez, una de las lideresas que sacó adelante ese museo. “Entonces baja el agua derecho y moja las fotos y las bitácoras, y hay algunas cosas que se están dañando”. Los años empiezan a desmoronar las paredes de tapia y el techo del edificio, que necesita con urgencia una intervención.

A principio de este siglo, apenas un mes después de que paramilitares del Bloque Metro entraron al casco urbano de Granada y masacraron a 19 personas, cientos de guerrilleros de las Farc hicieron explotar un carro bomba con 400 kilos de dinamita y se tomaron el municipio a plomo, durante casi un día entero. En esa incursión, ocurrida entre el 6 y el 7 de diciembre del 2000, perdieron la vida 23 personas y varias cuadras completamente destruidas. De ese tamaño fue la guerra en Granada.

Su cercanía con la autopista Medellín-Bogotá y con las centrales hidroeléctricas del oriente antioqueño, así como su ubicación entre el Valle de Aburrá y el Magdalena Medio, hicieron de Granada un lugar estratégico para la disputa entre guerrillas, paramilitares y Ejército. Según el informe Granada: Memorias de guerra, resistencia y reconstrucción, del Centro Nacional de Memoria Histórica, el conflicto armado dejó en ese municipio por lo menos 460 muertos, 299 desaparecidos y unos 10 mil desplazados, cifras grandes para un municipio pequeño.

Pero durante esa época, cuando la violencia llegó con más fuerza a la región, sus habitantes respondieron con valentía y dignidad. Para reconstruir el pueblo, cargaron ladrillos al hombro por una de las calles principales en la Marcha del adobe. Prendieron velas blancas y caminaron con ellas en silencio en las Jornadas de la luz. Salieron juntos a recorrer y a reapropiar los lugares del horror en encuentros que llamaron Abriendo trochas. Pintaron piedras de colores y las llevaron al Parque de la Vida para honrar a sus desaparecidos.

Algunos años más tarde, las iniciativas de resistencia en Granada encontraron una casa en ese Salón del Nunca Más, un lugar de memoria creado por la comunidad en 2009 y liderado por la Asociación de Víctimas Unidas del Municipio de Granada (Asovida). En el Salón, ubicado en el primer piso de la Casa de la Cultura, hay exhibidas fotos y relatos de más de 300 víctimas, respuestas sobre lo que ocurrió allí durante el conflicto armado y muestras artísticas que ayudan a comprender la historia de resistencia de la comunidad. “De manera colectiva decidimos dar cuenta de nuestra vivencia en el conflicto”, dice un documento de Asovida.

Ese es el legado que hoy está en peligro.

La coyuntura del deterioro físico motivó a los líderes y lideresas de Granada a hacer un llamado de alerta. “Nosotros disponemos de nuestro tiempo para abrir el Salón, para hacer las reuniones”, dice Ramírez, “pero no podemos disponer de recursos propios para meterle al espacio”. Casi con devoción, ella y otros líderes abren las puertas de viernes a domingo entre 11:00 a.m. y 4:00 p.m. Todos han hecho esto mismo durante casi una década sin recibir contraprestación, pero esta vez sí necesitan el dinero.

“Necesitamos solucionar los problemas físicos, claro, pero también que pueda haber sostenibilidad en el tiempo”, explica Ramírez, “queremos hacer adecuaciones, actualizar algunas cosas y también poder dar algún reconocimiento a las personas guías que trabajan en el espacio”.  Para lograrlo, los granadinos tienen abierto un canal para recibir donaciones que se puede consultar acá. Pusieron un tope de 100 millones, de los que han recaudado poco más de 2 millones. Faltan 37 días para el cierre de la colecta.

En paralelo, la Alcaldía de Granada está gestionando recursos con la Gobernación de Antioquia para hacer un estudio arquitectónico que evalúe cuánto cuesta y cómo debe ser la reestructuración de la Casa de la Cultura entera. Ya hay un presupuesto asignado para eso y el trabajo, que se delegó a la Universidad de San Buenaventura, empezaría este mismo año. Mientras eso pasa, agrega Gloria, “nosotros haremos lo que podamos para recoger recursos y que el Salón no se vea tan deteriorado”.

“¿Qué implica un lugar de estos para el país? Un reconocimiento de que esto sí nos pasó, pero también de lo que podemos ser desde la resiliencia”, dice Lorena Luengas, curadora del Museo de Memoria Histórica de Colombia y quien participó en la creación del Salón. “Alrededor de ese espacio ellos tienen proyectos productivos y proyectos con colegios. Es un espacio que se ha tomado como un deber de la memoria. Y esto no lo hace todo el mundo. Esto es una apuesta de vida”.

Como el de Granada, hay muchos otros lugares de memoria que han sido esenciales para reconstruir los lazos que rompió la guerra. Y de la misma forma que el Salón del Nunca Más, varios han encontrado obstáculos que ponen en riesgo su futuro. Por ejemplo, el museo Tras las huellas del Placer, en Valle del Guamuez (Putumayo), ha pedido públicamente recursos y asesoría para conservar los objetos, crear exposiciones nuevas y fortalecer los procesos comunitarios que se han debilitado con el paso del tiempo. Y en el Centro de Memoria del Conflicto, en Valledupar, a quienes la Biblioteca Departamental les ordenó desalojar el espacio a principios del año pasado. A pesar de los intentos por resolver la situación, hoy tienen las piezas guardadas y trabajan en sus proyectos sin un espacio físico.

Yohana Cuervo, quien ha acompañado desde el CNMH los procesos de varios lugares de memoria, dice que en el de Trujillo, Valle, y otros, pasa algo similar que en Granada: “No hay una inversión en la sostenibilidad económica de los lugares, que se mantienen en parte porque hay una sostenibilidad social: un grupo de personas de la comunidad que están pendientes. Pero ellos no tienen recursos para mantener las estructuras físicas”.

Esa sostenibilidad económica, dice Orlando Carreño, investigador del Centro de Memoria del Conflicto y coordinador del nodo andino de la Red Latinoamericana de Sitios de Memoria, “debería venir por parte de las alcaldías, gobernaciones o el gobierno nacional, aunque no queremos que eso perjudique nuestra autonomía, porque ellos, por poner dinero, pueden querer decidir qué se muestra y qué no”. Pone el ejemplo del Museo Caquetá, en Florencia, que desde el año pasado comparte el edificio con un museo de memoria militar. Para Carreño, mantener esos espacios vivos e independientes es determinante en la coyuntura actual del país porque “ahí está la verdad, ahí nosotros decimos qué pasó, cómo pasó y cómo nos vemos en los territorios”.

Cuando ocurrió el episodio de Valledupar, Gonzalo Sánchez, director del CNMH, dijo que la labor de estos lugares “es de vital importancia para la región y la nación, justo cuando el país está abocado a procesos de construcción de paz y de reconciliación”. Eso es lo que estaría en riesgo de perderse en Granada y otros lugares si no se toman acciones a tiempo. “Estos procesos son ese vehículo hacia la no repetición y no podemos permitir que desaparezcan”, insiste Gloria Ramírez, “porque si estos espacios están abiertos al público la gente puede conocer y comprender que la guerra no es un camino feliz”.

Para homenajear a las víctimas de los ‘falsos positivos’, que se presentaron hace diez años en Soacha y Bogotá, el próximo 14 de octubre se realizará una caravana desde Soacha hasta Ocaña, Norte de Santander. Sus familiares siguen esperando verdad y justicia.

Entre enero y agosto del 2008, 19 jóvenes procedentes del municipio de Soacha y de Bogotá desaparecieron sin dejar rastro. Estos muchachos no se conocían entre sí y sus familias tampoco. Después de meses de búsqueda, sus seres queridos recibieron la noticia de que los cuerpos sin vida de los jóvenes fueron hallados en cementerios y fosas comunes de Ocaña y Cimitarra, Norte de Santander. Y no solo eso. Habían sido presentados como guerrilleros dados de baja en combates con la Brigada 15 del Ejército Nacional.

Luego se conoció que desde el 2005, el Ministerio de Defensa estaba aplicando una directiva (firmada por Camilo Ospina Bernal, ministro de Defensa en el gobierno del entonces presidente Álvaro Uribe Vélez), que les otorgaba recompensas a los militares por cada captura o abatimiento de un líder de organizaciones al margen de la ley.

Los casos de los jóvenes desaparecidos en Soacha y Bogotá presentaban características similares. En su mayoría, eran muchachos que provenían de familias pobres o campesinas con profundas necesidades, que buscaban oportunidades laborales para salir adelante y apoyar a su núcleo familiar.

Desde entonces, y a pesar de las constantes amenazas que han tenido que enfrentar, las madres de Soacha se empezaron a reunir en las plazas públicas, universidades y colegios, para denunciar la desaparición y asesinato de sus hijos, y exigir que se cuente la verdad y se haga justicia frente a estos crímenes cometidos por las Fuerzas Militares. Además, crearon la fundación Madres Falsos Positivos Suacha y Bogotá (MAFAPO). Para ellas, nombrar su territorio como Suacha, y no Soacha, es parte de la identidad que se dieron a sí mismas y a la fundación.

Las muertes de los 19 jóvenes de Soacha y Bogotá no fueron casos aislados. El capítulo de los ‘falsos positivos’ en Colombia, fue sistemático y afectó a las comunidades más vulnerables. Según el libro “Ejecuciones extrajudiciales en Colombia 2002–2010”, escrito por Omar Eduardo Rojas Bolaños, oficial retirado de la Policía, en ese período de tiempo se habrían presentado en el país 10 mil casos de ejecuciones extrajudiciales.

Como cada una de las familias lleva el proceso judicial de forma individual, después de 10 años hay algunos casos en lo que no se ha celebrado ni una sola audiencia, y muchos otros que se han enfrentado a constantes prórrogas. Por eso, el pasado 14 de septiembre, la Fundación MAFAPO presentó ante la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) un informe, en el que solicitaban garantías de seguridad para continuar trabajando en conjunto y llegar a la verdad.

El próximo domingo 14 de octubre MAFAPO conmemorará en Ocaña, Norte de Santander, la vida de los 19 jóvenes silenciados hace diez años. Con este encuentro, que tiene el lema “10 años vivas y unidas por la verdad”, las madres y familiares de los jóvenes buscan crear una plataforma de interlocución, para seguir hablando sobre las ejecuciones extrajudiciales y los múltiples obstáculos que han tenido para llegar a la verdad.

El evento contará con la participación de artistas locales y nacionales, y con movimientos sociales. Además, se realizará una rueda de prensa en que se hará un recorrido por los diez años de lucha de estas mujeres, y por las deudas que el sistema judicial y el país todavía tiene con ellas.

Para mayor información: 

Fecha: 14 de octubre de 2018
Hora: 9 a.m. - 6 p.m.
Lugar: Plaza central de Ocaña - Ocaña, Norte de Santander

Nuestra investigación “Aniquilar la diferencia”, sobre las afectaciones diferenciales a los sectores LGBT en la guerra, ganó el premio principal en la categoría Ciencias y Solidaridad. Además recibieron mención de honor los informes “La palabra y el silencio" y "Buenaventura: Un puerto sin comunidad".

La Fundación Alejandro Ángel Escobar, que desde 1954 trabaja por impulsar la investigación científica y los programas de desarrollo social del país, le otorgó al Centro Nacional de Memoria Histórica el reconocimiento principal del Premio Nacional Alejandro Ángel Escobar, en la categoría Ciencia y la Solidaridad, por el informe “Aniquilar la diferencia. Lesbianas, gays, bisexuales y transgeneristas en el marco del conflicto armado colombiano”. Para los jurados, esta investigación “muestra una experiencia acumulada en la manera de investigar y una forma madura de construcción de la memoria histórica”.

Este es un reconocimiento a la labor del equipo investigador, que durante los años 2014 y 2015 abordó una deuda histórica del país en términos de memoria. Como lo explica Nancy Prada, coordinadora del informe, “aunque existían documentaciones sobre la población LGBT, ningún proceso de memoria de esa dimensión se había concentrado en estas víctimas y menos desde la institucionalidad”.

A través de la voz de un grupo de víctimas lesbianas, gays, bisexuales y trans, que de manera valiente y resistente emprendieron a través de entrevistas y talleres la construcción de sus memorias, el informe plantea diferentes caminos en torno a la pregunta: ¿qué ha significado apartarse de las normas de género y sexualidad, y vivir en medio del conflicto armado colombiano? En primer lugar, indaga sobre los márgenes sociales de las comunidades y los individuos reconocidos como sujetos de derecho en procesos de memoria. Como se relata en el informe, “no todas las personas que conforman una comunidad tienen la misma posibilidad de hablar, ni todas las vidas son susceptibles de ser lloradas”.

Otra idea primordial que surge en esta investigación es que los diferentes actores del conflicto, más allá de las motivaciones económicas, militares o políticas, se han propuesto imponer un orden moral en los territorios. Así, aunque la homofobia no haya surgido como consecuencia del conflicto armado, todos los actores sin excepción compartieron el desprecio a las personas LGBT.

Este premio reconoce la importancia de la línea de investigación en memoria histórica con enfoque de género y, particularmente, con las víctimas de sectores LGBT, para quienes la paz no será posible si persisten las condiciones de segregación y violencia estructurales a las que se enfrentan. “Es un espaldarazo para que los equipos de investigación que abordamos estas temáticas sigamos adelante con el trabajo, porque el país lo necesita hoy más que nunca”, afirma Nancy Prada.

También recibieron mención especial el informe “La palabra y el silencio", que revela que entre 1977 y 2015 fueron asesinados 152 periodistas colombianos por razón de su oficio, particularmente en las regiones. Y la investigación  "Buenaventura: Un puerto sin comunidad", que esclarece la magnitud, la localización y la compleja dimensión de las dinámicas violentas esa región.

La ceremonia oficial de premiación es este 10 de octubre en el Museo Nacional de Colombia, en Bogotá. Se otorgarán cuatro premios y once menciones de honor, elegidas entre 134 trabajos postulados en ciencias y 48 instituciones en solidaridad.

Los invitamos a consultar los informes en los siguientes enlaces:

Nos sumamos al llamado de la presidenta de la  Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), Patricia Linares, para que se respete la autonomía e independencia de esta institución. Replicamos aquí su pronunciamiento al respecto.

La presidenta de la Jurisdicción Especial para la Paz, Patricia Linares, rechaza tajante y rotundamente la indebida intromisión de la Fiscalía General de la Nación a su autonomía e independencia judicial:

En el día de hoy la Jurisdicción Especial para la Paz fue notificada por la Fiscalía General de la Nación, a través de un agente de la policía judicial, sobre la orden impartida para practicar una inspección judicial al caso 001 que se adelanta en esta jurisdicción. Igualmente, se notificó a la presidenta de la Sala que lleva el caso que debería responder a una entrevista para que informara sobre el trámite adelantado. Infortunadamente, la inspección judicial se llevó a cabo el día de hoy (4 de octubre) y la Fiscalía obtuvo la copia digital del expediente, en razón de la forma intempestiva como se llevó a cabo la diligencia en la Secretaría Judicial de la JEP.

Esta actuación es abiertamente violatoria de la reserva judicial que cubre las investigaciones que adelantan los jueces de la Jurisdicción Especial para la Paz. Igualmente, es claramente intimidatoria en relación con la independencia judicial que preserva el actuar de los jueces a cargo del caso. En razón de ello solicito expresamente a la Procuraduría General de la Nación, tomar nota de la situación y adelantar las gestiones que considere pertinentes.

No está de más recordar a la opinión pública que el caso 001 que adelanta la Jurisdicción Especial para la Paz trata de los secuestros de las FAR-EP ocurridos durante la confrontación armada en Colombia, y se adelanta con base, precisamente, en los informes enviados por la propia Fiscalía General de la Nación.

La Jurisdicción Especial para la Paz es una institución judicial de rango constitucional con autonomía e independencia judicial encargada de investigar y decidir los casos de las graves violaciones a los derechos humanos e infracciones al derecho internacional humanitario ocurridas durante el conflicto armado; y como tal, debe ser respetada y acatada por todos los colombianos, pero especialmente por sus autoridades.

portada inauguracion exposicion v3La Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), la Organización Nacional Indígena de Colombia (ONIC) y el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH), presentan la exposición fotográfica “Cuenten con nosotros para la paz, nunca para la guerra”, una apuesta artística y simbólica que hace parte de la construcción del Informe Nacional sobre afectaciones a los derechos individuales y colectivos de los pueblos indígenas en el marco del conflicto armado en Colombia.

La exposición estará abierta desde este 12 de octubre, y durante un mes, en la sede la Jurisdicción Especial para la Paz. Se trata de una estructura museográfica del círculo de la palabra, diseñada para posibilitar el diálogo, y que evidencia la memoria y dignidad de 37 pueblos indígenas en riesgo de exterminio físico y cultural por el conflicto armado, tal y como lo estableció el Auto A-004 de 2009 de la Corte Constitucional.

Precisamente la JEP, en su tarea de avanzar en la defensa y realización de los derechos de las víctimas del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera, recientemente recibió por parte de la ONIC el informe de afectaciones individuales y colectivas que han sufrido los pueblos indígenas de Colombia y que exigen verdad, justica, reparación y no repetición.

inauguracion exposicion2Fotográfia: ONIC

La exposición, que ahora se presenta, retrata la lucha de 37 comunidades:  Wiwa, Kankuamo, Iku-Arhuaco, Kogui, Wayuú, Ebera-Katío, Ebera-Dobidá, Ebera-Chamí, Wounaan, Awá, Nasa, Pijao, Koreguaje, Kofán, Siona, Betoy, Sikuani, Nukak-Makú, U’wa, Ette Ennaka- Chimila, Yukpa, Gunadule-Kuna, Eperara-Siapidaara, Misak-Guambiano, Zenú, Yanacuna, Kokonuko, Totoró, Murui Muina-Huitoto, Inga, Kamentzá, Kichwa, Kuiva, Jiw, Hitnu- Makaguan, Bari y Kisgo.

Asimismo, la exposición está acompañada de testimonios y relatos recogidos en los planes de salvaguarda étnica que junto a las fotografías reflejan la vida, la felicidad, las luchas, la riqueza y la importancia del territorio y la cultura indígena en Colombia. Según la ONIC, la instalación denuncia el etnocidio sistemático hacia los indígenas.

Sean bienvenidos a un espacio pensado para interactuar, comprender la importancia de los mundos indígenas, sus aportes a la construcción de paz y sus luchas milenarias para mantener el equilibrio y armonía de la Madre Tierra.

Principios de unidad, territorio, cultura y autonomía se hacen palpables en cada una de las piezas expuestas la estructura museográfica del círculo de la palabra.

Acompañemos a los pueblos indígenas, rodeemos sus luchas este próximo viernes 12 de octubre en el marco de la conmemoración del Día de la Resistencia Indígena.

Para mayor información:

Hora: 5:00 p.m.
Lugar: Primer piso de la Jurisdicción Especial
Dirección: Carrera 7 #63 - 44. Bogotá, Colombia.
* La exposición estará abierta al público por un mes.

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