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El Centro Nacional de Memoria Histórica presenta el primer ejercicio de memoria sobre el caso de los diputados del Valle del Cauca, secuestrados y asesinados por las FARC. En esta entrega de la serie documental “Somos más que 11” conocerá la historia del diputado Carlos Alberto Barragán López, administrador de empresas y promotor incansable del sector del transporte. En las pruebas de supervivencia insistió en que “la solidaridad nos compromete con la vida y con la libertad”.

“Hice todo lo posible para que liberaran a mi hijo”, aseguró Carlos Hernán Barragán, padre del diputado del Valle del Cauca Carlos Alberto Barragán, secuestrado y asesinado por la guerrilla de las FARC. “Con el único que no hablé fue con el ‘Mono Jojoy’. Anduvimos muchas veces en la montaña, dormimos en campamentos, pero no fue posible encontrarlo, no estaba escrito en la historia. Una vez el presidente me dijo que iban a despejar Pradera y Florida. Y yo creo que si hubieran despejado esos municipios los habrían liberado”, recordó con nostalgia el padre del diputado. Felipe, hermano de Carlos, también afirmó que lo intentó todo: “les ofrecí plata, canjearme, seguir articulando con el Gobierno... todo... pero no había voluntad de las partes”.

Cuando ocurrió el secuestro, el 11 de abril del 2002,  Carlos Alberto Barragán López apenas estaba empezando su carrera política. Lo motivaba la intención de mantener vivo el legado político de su padre. Por eso aceptó la propuesta del movimiento Amigos del futuro, para hacer parte de su lista para la Asamblea Departamental en el 2000. Sin embargo, como lo recuerdan sus amigos más cercanos, “el corazón de Carlos Alberto estaba en el transporte”.

Su instinto de solidaridad, le permitieron construir una enorme red de cariño entre amigos y empleados de la empresa de transporte de su padre. Lo recuerdan con bolsas de pan y gaseosa para compartir. O guardando juguetes en el carro para repartir en navidad. Ese amor por los demás surgía desde su familia: sus hijos recuerdan a un padre juguetón y cómplice con el que compartieron muchos momentos felices.

Cuando las FARC secuestraron a su papá, Carlos Andrés solo tenía cuatro días de vida. Por eso, tuvo que construir una imagen de él a partir de los recuerdos de la familia y de las pruebas de supervivencia: “Yo me acuerdo mucho de esos videos. En uno decía que le gustaba el color azul, el Deportivo Cali, los perros y las personas que tenían buena energía. También decía que le parecían muy bacanos los deportes, y que tenía una colección de carritos”.

Para la familia Barragán el perdón no es un tema fácil, como lo dijo Carlos Hernán: “con perdonar no se me va a quitar el dolor; con perdonar no se borra esta historia”. Sin embargo, siempre tratan de volver a las palabras que Carlos Alberto les dedicó en su última prueba de supervivencia: “hijos: crecer en mi ausencia es triste, pero crecer sin olvidarme es lo más importante”.

Conozca la historia completa de Carlos Alberto Barragán López descargando aquí el informe “El caso de la Asamblea del Valle: tragedia y reconciliación” y siguiendo la serie documental “Somos más que 11”.

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El Centro Nacional de Memoria Histórica presenta el primer ejercicio de memoria sobre el caso de los diputados del Valle del Cauca, secuestrados y asesinados por las FARC. En esta entrega de la serie documental “Somos más que 11” conocerá la historia del diputado ambientalista Nacianceno Orozco Grisales, líder del municipio de Caicedonia, heredero de una tradición política familiar y gestor del Movimiento Conservador Naciancenista.

Cuentan que durante su cautiverio Nacianceno Orozco Grisales, uno de los once diputados del Valle del Cauca secuestrados y asesinados por las FARC, les enseñaba a sus compañeros las propiedades de las plantas que encontraban en la selva. Nacianceno era el diputado ambientalista.

El 3 de diciembre del 2016, Juliana, su hija, se reunió en un acto de reconciliación con los guerrilleros responsables del secuestro de su padre. Juliana sintió que los miembros de las FARC no dejaron de mirarla directamente a los ojos ni un solo segundo. “Después de mi intervención sentí un descanso, un desahogo, un fresquito, como dicen por ahí. No todas las víctimas tienen la posibilidad de tener a su victimario de frente”. En ese momento terminaba para ella una de las tantas guerras que tuvo que enfrentar la familia Orozco.

José Aldemar, amigo de Nacianceno, relata que en la finca que los Orozco tenían en Aures, Valle del Cauca, “las Farc trataron varias veces de secuestrarlo y no lograron hacerlo. Él me decía: ‘yo sé que la guerrilla me quiere secuestrar pero yo no me dejo llevar vivo’. Por ese motivo siempre, cuando salía de sus fincas en Caicedonia, se vestía como un campesino, se ponía un sombrero, se terciaba un machete y se subía a un Willis cualquiera. Una vez escuché que Nacianceno llegó a una finca en donde las FARC lo estaban esperando, pero se salvó porque no lo reconocieron”.

Su esposa Ruby Jaramillo también recuerda esos años de incertidumbre: “Muchas noches Nacianceno llegaba a la casa y solo me decía ‘esta noche no vamos a dormir aquí’. ‘¿Por qué?’, le preguntaba, pero él no contestaba. Nos íbamos a dormir donde mi mamá o a otra parte. Él no me quería contar nada hasta que por fin me dijo: ‘es que la guerrilla me quiere secuestrar’”.

La guerrilla lo había declarado objetivo militar. Lo acusaban de ser auxiliador de grupos paramilitares. La situación llegó a ser tan difícil que un amigo suyo, gestor de paz, concertó una entrevista con un grupo de jefes guerrilleros. “Nos fuimos para la reunión sin decirle a nadie. Había restos de carros quemados. Yo le dije a Nacianceno: ‘Hermano, la vida ya no nos pertenece’”, recuerda su amigo Miguel Gualteros.

En esa reunión, Nacianceno se fue de frente contra la guerrilla: les dijo que si en el poblado de Aures, de donde él venía, encontraban testigos que lo acusaran de ser auxiliador de las autodefensas, entonces podían fusilarlo. Días después la guerrilla le respondió: “Estese tranquilo. Ya averiguamos bien y usted no tiene nada que ver con esto”.

Conozca la historia completa de Nacianceno Orozco Grisales descargando aquí el informe “El caso de la Asamblea del Valle: tragedia y reconciliación”, y siguiendo la serie documental “Somos más que 11”.

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El Centro Nacional de Memoria Histórica presenta el primer ejercicio de memoria sobre el caso de los diputados del Valle del Cauca, secuestrados y asesinados por las FARC. En esta entrega de la serie documental “Somos más que 11” conocerá la historia de Sigifredo López, el único sobreviviente del secuestro de los doce diputados, símbolo de la vida en medio de la tragedia.

La vida de Sigifredo López, el único sobreviviente del secuestro de las FARC a doce diputados del Valle del Cauca, ha estado marcada por la violencia. Su padre, Guillermo López, fue asesinado cuando Sigifredo tenía 9 meses de edad. Y antes de su nacimiento, su familia había tenido que huir del municipio de Ceilán (Valle) en medio de la guerra entre liberales y conservadores. “Váyanse del pueblo porque a ustedes los van a matar”, les advirtió la esposa del presidente del directorio conservador. “Ese día nos tocó dormir debajo de las matas de café, porque veíamos la chusma pasar por el pueblo. Dos meses después nuestra casa ya había sido quemada”, recuerda Nelly Tobón, la madre de Sigifredo.

La violencia guerrillera también tocaría la puerta de los López. Su madre Nelly sabía que la carrera política que eligió Sigifredo, lo pondría en el blanco de los violentos. “Cuando se iba para Pradera, Florida o Candelaria, ¡ay mija! haga oración para que no le pasara nada. De tantas cosas que pasaron me acuerdo que en el año 96 más de cien guerrilleros se tomaron el municipio de Florida, y que en el 2000 atacaron el municipio de Pradera y nos dejaron sin bancos. Pero nunca imaginé que lo secuestraran en la ciudad de Cali”.

Las Farc habían declarado a los políticos objetivo militar. Y sus amenazas se hicieron realidad el 11 de abril del 2002 en la propia sede de la Asamblea del Valle. El día del secuestro, contó Sigifredo López en su libro “El Triunfo de la Esperanza”, “llegamos como a las ocho de la noche, nos dieron agua de panela con pan y nos permitieron hablar con nuestras familias. Esa fue la última llamada antes de que nos quitaran el celular”. Todos pensaban que esa situación iba a durar poco, pero esa noche era apenas el comienzo de cinco años de secuestro.

Lo que no pudo imaginar entonces Sigifredo, es que tendría que enfrentarse a una cuarta forma de violencia. En mayo del 2012 fue puesto en prisión, luego de que la Fiscalía lo acusara de ser cómplice de la guerrilla en la planeación del secuestro. Estaba sindicado de cometer los delitos de perfidia, rebelión y homicidio agravado. De la prisión guerrillera, pasó a la prisión del Estado.

Un video encontrado en las computadoras de Alfonso Cano, en el que se mostraba cómo había sido planeado el secuestro de la Asamblea del Valle, fue una de las principales pruebas que utilizó en ente investigador. La nariz, las manos, la voz del personaje, que nunca se vio de cuerpo entero, eran como las de Sigifredo, dijeron los acusadores. Él pidió que organismos internacionales intervinieran en el análisis de ese video. Tras los exámenes técnicos, el FBI concluyó que era altamente probable que la voz del video y la suya no fueran la misma. Sigifredo fue liberado en agosto de 2012. Pero la batalla siguió en los medios de comunicación. Después de varias emisiones de Noticias RCN, se abrió un debate en el que Sigifredo seguía siendo acusado de ser cómplice de la guerrilla.

Haber sobrevivido se convirtió en fuente de sospechas y no de esperanza.  Su abogado pudo reclamar un acto de desagravio a Sigifredo por parte de las autoridades. El fiscal  y el director de la Dijín pidieron perdón por lo ocurrido. También lo hizo la periodista de RCN Claudia Gurisati. Sigifredo, por su parte, promovió una Fundación para la defensa de las víctimas de los falsos testigos y de montajes judiciales.

Su esposa Patricia Nieto comentó: “A Sigifredo Dios le puso una misión, la del perdón; no puede haber paz en Colombia si no hay primero perdón. La misión de nosotros es perdonar y eso es lo que hemos hecho como familia. No sé cuál situación ha sido más difícil, si el secuestro de la guerrilla o lo que pasó con la Fiscalía”.

Conozca el relato completo de Sigifredo Lópezdescargando aquí el informe “El caso de la Asamblea del Valle: tragedia y reconciliación” y siguiendo la serie documental “Somos más que 11”.

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El Centro Nacional de Memoria Histórica presenta el primer ejercicio de memoria sobre el caso de los diputados del Valle del Cauca, secuestrados y asesinados por las FARC. En esta décimo primera entrega de la serie documental “Somos más que 11” conocerá la historia del diputado Ramiro Echeverry Sánchez, quien demostró que con educación y persistencia todo se puede lograr. Sus 23 años de ejercicio político en diversos cargos públicos (comisario, contralor, concejal…) se caracterizaron por su pulcritud y eficiencia.

Diana Echeverry, hija del diputado del Valle del Cauca Ramiro Echeverry Sánchez, secuestrado y asesinado por las FARC, recoge en una larga carta la vida y la imagen de su padre, desde que era un niño travieso hasta que recibió la noticia de su muerte. Allí les cuenta a sus sobrinas, que no lo conocieron, cómo era su abuelo. En sus palabras, era un “negro fino, alto de 1.80, de contextura gruesa, canoso, ‘pinchado’ en el vestir, de saco y corbata, zapatos, correa y maletín del mismo color y oliendo a Grey Flanner. Hincha del Cali, fanático del manjar blanco, apasionado por la salsa y la música cubana, buen bailarín de pachanga y charanga, jardinero, fanático de los paseos, seguidor de las pinturas del maestro Bolaños (...) amante de la comida de mar y del Sello Negro”.

“Me contaba que en la vida muchas veces le dijeron: ‘vos negro no vas a llegar a ningún lado’. Para la época, el racismo y la injusticia de la sociedad hacían pensar que ‘ningún negro llegaba lejos’. Pero él mostró que la gente puede decir lo que sea y que pueden existir obstáculos, pero uno siempre puede lograr lo que se propone en la vida”, escribe Diana. Sus compañeros políticos subrayan su liderazgo en el Concejo, su esfuerzo por reducir los impuestos de la tierra para los pequeños propietarios, su coraje para defender el medio ambiente de la quema de la caña de azúcar, su manera de hacer política uniendo fuerzas con sus amigos, su compromiso con las ideas liberales.

Ramiro Echeverry tenía un sueño: ser alcalde de Palmira. Y sus amigos, en broma, le decían: “Los de los clubes de Palmira nunca permitirán que un negro sea alcalde”. Pero en el fondo, no dudaban de que lo lograría porque su dedicación, su carisma y el trabajo social que realizaba con esmero, lo hacían un fuerte candidato. Sus amigos suelen decir que solo su muerte impidió que Palmira tuviera el primer alcalde negro.

Era un hombre disciplinado para el trabajo, madrugador y exigente. El día del asalto de las FARC a la Asamble del Valle, el 11 de abril del 2002, Ramiro Echeverry Sánchezfue uno de los diputados que llegó puntual a la sesión. Ese día, cuando su vida estaba en riesgo, solo pensó en darles tranquilidad a los suyos. Ana Milena, su esposa, aún conserva la nota que le hizo llegar a su familia recién secuestrado: “Ana Milena, tranquila que estoy preparado, por favor no se desespere. Dianita y Ramiro Andrés que tengan tranquilidad, que estén juiciosos y estudien mucho (...). Los quiero mucho. Mucha calma. No se desesperen”.

Diana recuerda que desde el cautiverio su papá mantuvo un ánimo inspirador. Se imaginaba que “seguramente estaba aprovechando esos espacios para estar consigo mismo y con la naturaleza. Todos sabíamos que era un guerrero”. También recuerda que “tocamos muchas puertas para que lo liberaran, pero ninguna se abrió. Durante el cautiverio del abuelo, nuestras vidas también estaban secuestradas. Nuestros días cambiaron. Mi mamá dejó de salir a la calle, le daba miedo que llamaran y no la encontraran. Mi hermano y yo no salíamos a ningún lado, solo a estudiar. Durante esos años también fuimos víctimas de extorsiones por parte de delincuentes comunes que se hacían pasar por miembros de las FARC. Fueron años oscuros, de mucho temor, angustia y rabia”.

Su hijo Ramiro Andrés cuenta que la noticia de la muerte fue difícil pero no sorpresiva “porque sabíamos que era uno de los riesgos del cautiverio. Fue doloroso cómo se dio la noticia: sin cuerpos, con muchas especulaciones. Fue como un velorio de dos meses en donde el dolor se dividió en varios días. Fue una experiencia muy fuerte y se hace más dolorosa cuando uno mira para atrás”.

Conozca la historia de Ramiro Echeverry Sánchezdescargando aquí el informe “El caso de la Asamblea del Valle: tragedia y reconciliación”, y siguiendo la serie documental “Somos más que 11”.

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El Centro Nacional de Memoria Histórica presenta el primer ejercicio de memoria sobre el caso de los diputados del Valle del Cauca, secuestrados y asesinados por las FARC. En esta entrega de la serie documental “Somos más que 11” el protagonista es Jairo Javier Hoyos Salcedo: vicepresidente de la Asamblea, líder conservador y, durante el secuestro, el soporte espiritual de sus compañeros gracias a su alegría, generosidad, fortaleza y positivismo.

Jairo Javier Hoyos, uno de los once diputados del Valle del Cauca secuestrados y asesinados por las FARC, nació en una familia de educadores, fue seminarista y, en compañía de su esposa, fundó varios colegios: el Miguel Ángel Buonarroti, el Lorencita Villegas y el Ciudad del Campo. Su camino en la política comenzó en las juventudes conservadoras. Sus compañeros de campaña lo recuerdan recorriendo todos los rincones del Valle para llevar talleres de capacitación laboral a jóvenes, madres cabeza de familia y pequeños empresarios. En su último período lideraba un proyecto de becas para los jóvenes del norte del departamentos. La Asamblea fue el último tramo de una larga carrera.

Uno de sus doce hermanos, Rodrigo, recuerda que “donde Jairo llegaba apoyaba a la gente sin distinción de color político”; y su hermana Mercedes lo describe como un político “de los de antes”, de esos que nacían, vivían y morían en el mismo partido. “Jairito vivía el partido conservador y lo defendía a morir. Era tanto su amor que tenía el carro azul, pintaba su casa de azul y se vestía de azul”, dice. Su aporte en la creación del grupo Los Leopardos (inspirado en un grupo de jóvenes conservadores de los años veinte que se dieron el mismo nombre) y de las Juventudes Impacto 2000, fueron manifestaciones de esa visión política.

Sigifredo López, el único diputado que sobrevivió a este hecho, recuerda que durante los tiempos difíciles del secuestro Jairo Javier Hoyos se convirtió en el profesor de inglés de sus compañeros. Tenían un diccionario de inglés-español que utilizaba para un juego: adivinar el significado de las palabras que él sacaba al azar. “Juan Carlos, Jairo Javier y Héctor Fabio se aprendieron de memoria casi todo el diccionario de la universidad de Chicago, un diccionario de color amarillo con rojo que tiene 35 mil palabras. Creo que se aprendieron más de 20 mil palabras”, cuenta Sigifredo López.

Durante su carrera política se dio a conocer como el diputado AMP (Actitud Mental Positiva). Pero el largo cautiverio fue apagando ese espíritu. Así lo expresó en una prueba de supervivencia que fue replicada por toda la prensa. “¡Salud, señor presidente! ¡Los que van a morir te saludan! Señor presidente: ¿cuál es la estrategia para nosotros los secuestrados? Con la confidencialidad será esperar hasta que la radio y la prensa den la noticia: ‘encontrados en las montañas unos secuestrados muertos de cansancio de tanto esperar’”, dijo.

Conozca la historia de Jairo Javier Hoyos Salcedo descargando aquí el informe “El caso de la Asamblea del Valle: tragedia y reconciliación”, y siguiendo la serie documental “Somos más que 11”.

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El Centro Nacional de Memoria Histórica presenta el primer ejercicio de memoria sobre el caso de los diputados del Valle del Cauca, secuestrados y asesinados por las FARC. En esta entrega de la serie documental “Somos más que 11” conocerá la historia de Rufino Varela, quien proviene de una familia que tuvo que enfrentar enormes limitaciones económicas. De ascendencia campesina, fue un gran conocedor de la problemática rural, y llevó ese conocimiento y esa lucha a distintos cargos públicos.  

Hay una escena que describe fielmente la personalidad del diputado Rufino Varela. El 11 de abril del 2002 los guerrilleros de las FARC se tomaron la Asamblea del Valle y, con engaños, subieron a varios funcionarios en un bus. Luego les informaron que estaban secuestrados. En el camino, por petición de varios de los políticos secuestrados, la guerrilla liberó a quienes se identificaron como personal administrativo o de apoyo de la Asamblea. Y en ese momento, Rufino tuvo la posibilidad de quedar libre porque no era reconocido como diputado. Y no lo hizo.

En el libro “El Triunfo de la Esperanza”, el único sobreviviente de este hecho, Sigifredo López, recuerda: “Le dije: ‘Rufinito, bájate, estos no te conocen. Aprovecha y bájate vos también’. Pero Rufino se aferró a la banca del camión y me miró con severidad, como si mi propuesta lo ofendiera en lo más hondo. Pocos días después, le pregunté por qué no había aprovechado esa oportunidad. Se rió a carcajadas: ‘¿Y perderme esta experiencia? ¡Estás loco!’”.

Rufino Varela medía 1.80 de estatura, era desgarbado, de caminar lento, como taciturno, recuerda su amigo James Dávila. Si llegó a la política fue a pesar suyo. No se veía con gran proyección en este campo. Estar en el poder no era un fin para él, aunque sí un medio para servir; y eso era lo que había hecho toda la vida, hasta que a los 54 años sus amigos lo convencieron de que fuera diputado. Siempre había rehusado compromisos y aspiraciones políticas. En cambio lo movilizaba y entusiasmaba todo lo que fuera en beneficio y progreso del campo y de la agricultura. En ese campo fue la mano derecha de varios gobernadores. Hacía puente entre ellos y los líderes de las comunidades rurales.

Se dedicó a servir a las comunidades campesinas. Trabajó en el área rural del Valle y cuando el gobierno departamental quiso darle un viraje radical a la política agropecuaria, Rufino fue el gran asesor. Su sueño fue tener una empresa familiar porcícola. Para el momento del secuestro era dueño de una marranera con 120 animales, y tenía planeado dedicarse de lleno a esa tarea al pensionarse.  Quería volver a sus orígenes, como decía su hermano Arnulfo.

Según Arnulfo, él y sus hermanos tuvieron una infancia sin zapatos, de viajes por caminos destapados a Palmira; en una casa familiar en donde diariamente ocurría la multiplicación de la carne y el arroz, para familiares y amigos  que llegaban sin avisar. Arnulfo recuerda con nostalgia: “Cada uno teníamos nuestra taza donde nos servían la comida. Nunca faltaron la olla grande de aguapanela y las tostadas. Por sobre todo, fuimos muy unidos todos los hermanos”.

En una prueba de supervivencia, Arnulfo dijo unas palabras que se quedaron grabadas en la memoria de sus seres queridos: “Aquí el ‘yo soy’ ha empezado a darle paso al ‘yo era’, aunque en mí permanece arraigado el deseo de estar vivo”. Así habló el 26 de marzo del 2007 el hombre que se negó a comprar su libertad con una mentira.

Este relato lo puede leer descargando aquí el informe “El caso de la Asamblea del Valle: tragedia y reconciliación”, y siguiendo la serie documental “Somos más que 11” que estaremos publicando hasta el 10 de diciembre.

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El Centro Nacional de Memoria Histórica presenta el primer ejercicio de memoria sobre el caso de los diputados del Valle del Cauca, secuestrados y asesinados por las FARC. En esta décima entrega de la serie documental “Somos más que 11” conocerá la historia de Juan Carlos Narváez Reyes, presidente de la Asamblea: un apasionado por los debates filosóficos y políticos, que en su discurso siempre hizo un llamado para que los colombianos no se acostumbraran ni al secuestro ni a la guerra. Esta es su historia.

“Ni la humillación, ni las cadenas, ni el maltrato han sembrado en mí rencor ni venganza. Soy de la casta de líderes honestos, valientes y dignos que construirán una patria en paz”, afirmó en una prueba de supervivencia Juan Carlos Narváez, presidente de la Asamble del Valle para el momento en que la guerrilla de las FARC asaltó esa institución y secuestró a doce diputados, el 11 de abril del 2002.

Su liderazgo social aparece siempre en los relatos de sus familiares y amigos. Su hermana Yolanda, quien lo acompañó en una de sus campañas, recorda que cuando Juan Carlos recorría los barrios más pobres de la ciudad decía: “Anótenme todas las necesidades, todo, todo”. “Yo veía que le decían: ‘Doctor necesitamos dinero para pagar los servicios’, y él sacaba de su bolsillo y les daba”, continua Yolanda.

En el distrito de Aguablanca, en Cali, lo conocieron bien y, sobre todo, apreciaron esa cercanía a la gente más vulnerable. Como Consejero de Paz de la Alcaldía de Cali, trabajó por el desarme y la reintegración de los jóvenes de las pandillas, un proyecto que le generó amenazas que no lo frenaron.Fue especialmente crítico con el dominio ejercido en el Valle del Cauca por unas pocas familias y con el monocultivo de la caña, que había dejado en la marginalidad a miles de campesinos. “Sueño con un Valle para todos y distinto para nuestros hijos”, solía decir.

En la misma prueba de supervivencia ya citada, Juan Carlos Narváez aseguraba: “Resisto por amor”. Su familia da cuenta de ese amor. A Fabiola Perdomo, su esposa, quien se convirtió en una de las lideresas más activas por el Acuerdo Humanitario, una de las cosas que más la enamoraba de él era su inteligencia; asegura que muchas personas se referían a él como un hombre “brillante”. Él era un hombre del que todos aprendían, dice Fabiola. Una persona que siempre quería seguir creciendo intelectualmente.

Después de estudiar Filosofía y Letras, quería hacer la carrera de Derecho y Economía. Para él un buen político debía saber comunicar, pensar, saber de leyes y de economía. “No le gustaba bailar y en eso medio le ayudé un poquito. Era un hombre más de irse para una finca o de quedarse en casa leyendo, viendo una película, más de este tipo de cosas”, dice Fabiola.

Daniela, la segunda hija de Juan Carlos Narváez, tenía solo dos años cuando secuestraron a su padre y a sus compañeros de la Asamblea; era muy pequeña para recordarlo, pero lo tuvo muy presente el día de su graduación como bachiller. Ese día la oyeron decir: “Gracias a mi padre, quien a pesar de no estar a mi lado en uno de los días más importantes de mi vida, sí está presente en mi corazón, en mi mente y en mi espíritu. Está en cada risa, en cada lágrima, en cada parte de mí. Lo siento y lo sentiré a mi lado. Este logro es para él y para mi madre, para que estén orgullosos de la hija que tienen, la hija que honrará sus nombres mientras viva”.

Y su hijo mayor, Juan Carlos jr., dice que a pesar de su muerte lo sigue sintiendo muy cerca: “A veces cuando estoy triste voy al cementerio y me siento y hablo dos o tres horas con él, porque yo hago de cuenta que está ahí. Lo saludo y sin que me lo esté preguntando le voy contando mis cosas, las de la familia, pero especialmente de mi hijo Matías, para quien quiero ser un papá tan amoroso como el que yo tuve y darle lo que me faltó recibir por la muerte de mi padre”.

Conozca la historia completa de Juan Carlos Narváez Reyes descargando aquí el informe “El caso de la Asamblea del Valle: tragedia y reconciliación”, y siguiendo la serie documental “Somos más que 11” que estaremos publicando hasta el 10 de diciembre.

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El Centro Nacional de Memoria Histórica presenta el primer ejercicio de memoria sobre el caso de los diputados del Valle del Cauca, secuestrados y asesinados por las FARC. En esta novena entrega de la serie documental “Somos más que 11” conocerá la historia de Edison Pérez Núñez, un diputado que supo enfrentar una limitación visual, con la misma entereza con la que luchó para recuperar su curul en la Asamblea tras demostrar un fraude electoral.

Por once votos, Edison Pérez Núñez casi pierde su curul de diputado del Valle en las elecciones del año 2000. La campaña había sido dura: muchas veces llegaba a su casa a las tres de la mañana y salía tres horas después a seguir explicando sus propuestas en Riofrío, El Dovio, Darién, Buga, Palmira, Tuluá y Cali. Una tarea extenuante cuyo fruto casi le es arrebatado cuando, después de inesperados cortes de energía en el centro de cómputo electoral, el conteo de la votación fue alterado.

Edison no era un hombre que se rindiera sin luchar. Al estudiar el mapa electoral, surgió la primera hipótesis: en un caserío a medio día de viaje desde Buenaventura, con no más de 30 familias, una comunidad que había denunciado que se abstuvo de votar por amenazas de grupos armados, apareció en el conteo oficial con 33 votos. Con ese dato Edison introdujo el caso. Investigaron, se probaron las irregularidades y descubrieron que los números de cédula de los supuestos votantes, no coincidían con los de la comunidad. Así se inició un proceso judicial por suplantación de identidad, que un año y medio después le dio a Edison la entrada como diputado a la Asamblea del Valle.

Edison encaró esa dificultad con la misma decisión con la que había superado en su vida otros obstáculos. Los que lo conocieron recuerdan su interés por la lectura a pesar de sus limitaciones visuales, su inclinación a estar preguntando e investigando, su vocación de servicio; y los buenos resultados de su actividad política en la alcaldía de Tuluá, en donde lideró una ambiciosa reforma administrativa que salvó al municipio de la quiebra. Se propuso, además, animar un movimiento de renovación democrática y creó “Espacios”, un proyecto para estimular empleos y movilizar a personas indiferentes y pasivas.

Para enfrentar sus problemas de visión, usaba un computador con letra grande, una lupa o los ojos de alguien que le leyera. El 11 de abril del 2002, día en que guerrilleros de las FARC secuestraron a doce diputados del Valle, incluído él, su preocupación principal fue tranquilizar a su madre enviándole un mensaje de calma. Nunca en su agitada agenda política dejó de cuidarla.

Cuando estaba secuestrado, Edison Pérez envió un mensaje que su familia y amigos no pueden olvidar. En una de las pruebas de supervivencia, ante la cámara de video, mostró la palma de su mano con el mensaje: “¿Hasta cuándo?”. Esa fue su forma de presionar a un Gobierno renuente a adoptar un Acuerdo Humanitario que, según los familiares de los diputados secuestrados y asesinados en cautiverio, habría podido salvarles la vida. También hay otro mensaje imborrable de esos días de secuestro: uno de agradecimiento por la llegada de unas gafas que reemplazaron las que había perdido.

“Era  un mal político en el sentido de que lo compartía todo y por eso nunca se enriqueció. Si para resolver la necesidad de alguien tenía que sacar parte de su salario, no dudaba en hacerlo”, aseguró el periodista William Loaiza.

Conozca la historia completa de Edison Pérez Núñez descargando aquí el informe “El caso de la Asamblea del Valle: tragedia y reconciliación” y siguiendo la serie documental “Somos más que 11” que estaremos publicando hasta el 10 de diciembre.

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