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  • Este mes se lanzó “No señor, guerrilleros no. ¡Somos campesinos y campesinas de Pichilín!, un compilado de cuentos e ilustraciones que narran lo que la comunidad del corregimiento de Pichilín (Morroa, Sucre) vivió durante casi cincuenta años.
  • La construcción del texto se hizo a través de distintos talleres, entrevistas y encuentros con personas de la comunidad.
  • El esfuerzo colectivo de campesinos por recuperar tierras, la incursión de actores armados, las muestras de solidaridad entre sus habitantes y los esfuerzos por volver a ser ejemplo de fortaleza organizativa hacen parte de los relatos.

Quienes visiten Pichilín hoy, hace 10 años o hace 50, se encontrarán con una comunidad “carta cabal”, a prueba de todo.

Y es que, desde sus inicios, sus pobladores, hombres y mujeres campesinos, han acumulado experiencias que los han marcado. Para demostrarlo, basta devolverse al inicio de Pichilín como corregimiento, proceso que, por demás, es tema central del primer capítulo de esta publicación del Centro Nacional de Memoria Histórica.

Para aquel entonces -finales de los sesentas e inicios de los setentas-, la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (ANUC) hizo una movilización nacional que exhortó a los campesinos a recuperar más de mil haciendas y latifundios que estaban sin trabajar. Esta se hizo por todo el país, y en Sucre no fue la excepción. Allí lograron conformarse juntas directivas departamentales respetadas por sus campesinos.

Luego de que otras fincas ganaderas fueran recuperadas, el 12 de octubre de 1971 llegó el turno para la finca Pichilín.

“Bueno, el día de la recuperación de Pichilín, el 12 de febrero de 1971, fecha que nunca olvidaré, nos encontramos temprano como habíamos acordado. Íbamos Donaldo Salgado, Luis Enrique Salgado, Elías Vitola, Bonifacio Salgado, al que le decimos ‘Bone’, Tomás Vitola, Miguel Pérez Vitola y otro poco de campesinos. Éramos un grupo grande y nos repartimos por toda la finca” (fragmento extraído de “La recuperación de nuestras tierras es lo más valioso que hemos hecho en toda nuestra historia”).

Según se señala en el texto, la Policía y Los Pájaros (escuadrones de seguridad que trabajaban para terratenientes), intentaron detener a los campesinos, pero sus esfuerzos fueron infructuosos, pues rápidamente estos empezaron a construir sus ranchos. Fue así como se recuperó a Pichilín, tierra que solo sería titulada 17 años después, el 4 de octubre de 1988.

Sin embargo, Pichilín, al igual que muchos otros territorios en Colombia, ha visto a los ojos a la violencia. La antigua guerrilla de las Farc, grupos paramilitares y agentes del Estado colombiano cometieron hechos violentos contra la población.

Esas dinámicas, también se esbozan en este libro, una publicación que recogió las voces y memorias de sus pobladores mediante un lenguaje literario. Con ello, se buscó seguir estimulando el interés por parte de la población más joven del corregimiento y posibilitar la continuidad generacional de los procesos comunitarios de la región de Los Montes de María.

Así pues, diferentes narraciones del segundo capítulo, “Cuando el conflicto nos golpeó”, confrontan al lector con los impactos que dejaron en Pichilín: el ingreso de las Farc en los inicios de los noventas, la masacre de los paramilitares en diciembre del noventa y seis, los posteriores procesos de desplazamiento y retorno, los años de confrontación entre la Armada y la guerrilla, los asesinatos selectivos y las permanentes sospechas de pertenecer a uno u otro bando.

Con ellos, también llegó un alto nivel de estigmatización hacia su comunidad. Algunos habitantes de pueblos vecinos, de los grupos armados y hasta en el interior del propio corregimiento la ejercieron y produjeron desde ‘la ruptura de los lazos comunitarios, pasando por la desintegración familiar y terminando en una profunda sensación de incertidumbre y desconfianza” (fragmento de “Cuando el conflicto nos golpeó”).

No obstante, en las líneas de este capítulo, también aparece una cotidianidad plasmada de resistencias por quedarse, de acciones para mantener familias unidas y de estrategias para sobrevivir y evadir a los actores armados.

Finalmente, en el tercer y último capítulo del libro, “Ahora la lucha es por las organizaciones”, se asiste al relato del proceso de reconstrucción de esta población entre el año 2004 y el año 2018. El retorno de las Juntas de Acción comunal y los comités, la aparición de organizaciones, la configuración de una Asociación de Víctimas y el liderazgo que están ejerciendo las mujeres son contados con detalle.

“Ahora, con la convicción más fuerte de que pelear por sus intereses y derechos, dar su opinión y visibilizar su inconformidad frente a lo que no les parece justo, no debe ser motivo de estigmatización ni de criminalización”.

Los invitamos entonces a que conozcan una historia de campesinos, de voces que han vivido, resisten y luchan.

* Con este libro se dio cumplimiento por parte del Centro Nacional de Memoria Histórica a la primera sentencia emitida por parte del Consejo de Estado el 9 de julio de 2014 con respecto a la comunidad de Pichilín, a la sentencia de Restitución de Tierras del 3 de junio de 2016 y al PIRC (Plan Integral de Reparación Colectiva) de abril de 2014.

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  • Familiares recordaron a los miembros de la Asamblea, los empleados de RCN y al subintendente de la policía, acribillados durante los hechos que hicieron parte de un secuestro colectivo.
  • El CNMH presentó en Cali un memorial en el marco de la exposición Voces para Transformar a Colombia del Museo de Memoria de Colombia.

Los globos blancos se esparcieron sobre el Museo la Tertulia de Cali. Aquella noche del pasado 4 de octubre el recuerdo se hizo aplausos y la memoria sonrisas. ¡Siguen vivos! es el clamor que aún se escucha tras 17 años del secuestro y posterior asesinato de los 11 diputados del Valle, así como los homicidios de un policía y dos empleados de RCN, a manos de la exguerrilla de las Farc.

El memorial presentado por el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) esa cálida noche en el oeste de la capital del Valle del Cauca, en el marco de la exposición Voces para Transformar a Colombia, fue un motivo más para que familiares de las víctimas se abrazaran y expresaran sentimientos de reconciliación y el anhelo de no repetición.

Alrededor de la ofrenda floral y una placa en homenaje a los políticos, el subintendente y los periodistas, instalada en la plazoleta central del Museo La Tertulia, parientes, amigos y público en general  conversaron sobre aspectos como la importancia de hacer memoria y el por qué los diputados de la Asamblea asesinados “son más que 11”.

“Somos más que 11, porque las víctimas son millones de colombianos desde el momento en que se cercenó la democracia con el secuestro, el 11 de abril de 2002 (…) No podemos dejarlos en el olvido. Son mártires de la democracia y tenemos que luchar por renovar, a partir de eso, los pasos que nos dejaron”, exclamó, Juan Sebastián Pérez, hijo del diputado Édison Pérez.

Las heridas pueden no haber cerrado del todo, pero, coinciden varios familiares de los diputados, el ánimo de un país que transite caminos de reconciliación, el recuerdo vivo de sus seres queridos y sus aportes a la paz son aliciente para nunca olvidarlos y relatar, una y otra vez, sus historias.

A  Laura Charry, hija del corporado Carlos Alberto Charry, aún se le quiebra la voz. Afirma con vehemencia que “al secuestrarlos a ellos también secuestraron a sus familias, a sus hogares, sus sueños, proyectos de vida. Atentaron (las Farc) contra una institución como la Asamblea del Valle (…)” y añade que  “no solo es contarlos a ellos (los diputados), sino a las familias que por más de 5 años se echaron al hombro las marchas para solicitar una salida del cautiverio”.

No olvidarlos

Para Fabiola Perdomo, esposa del asesinado, Juan Carlos Narváez, “los diputados representan la entrega, sacrificio y lucha, y así quiero que los recuerden, más que una cifra, como aquellos que dieron sus vidas para que otros pudieran recobrar su libertad, para que el Gobierno y la guerrilla de las Farc se sentaran a dialogar y construir un acuerdo de fin al conflicto”.

Los relatos sobre lo sucedido no deben escatimar la barbarie de la que fueron víctimas su esposo y compañeros, considera, Luz Helena Grajales, quien acota que “toda Colombia se debe enterar de lo que sucedió durante el transcurso del secuestro hasta la muerte de los diputados, de cómo fueron los maltratos que recibieron, lo que les tocó padecer mientras estuvieron secuestrados, porque muchas veces ellos no solamente sufrían por lo que les hacía la guerrilla, sino también los familiares”.

Con “el Caso de la Asamblea tragedia y reconciliación”, el informe que hizo parte de la serie documental del mismo nombre, el CNMH, de tiempo atrás,  ha venido trabajando un proceso de memoria con las víctimas de la toma de la Asamblea y el asesinato de los secuestrados por parte de las Farc.

De igual manera, en abril pasado, la entidad presentó la exposición “Suenan por ti”, instalada en la sede de la Asamblea del Valle, en tributo a los diputados asesinados, Rufino Varela, Carlos Barragán, Jairo Javier Hoyos, Alberto Quintero, Juan Carlos Narváez, Edinson Pérez, Nacianceno Orozco, Carlos Charry, Francisco Giraldo, Ramiro Echeverry y Héctor Arismendy.

Así mismo, en la muestra se rinde homenaje al subintendente de la Policía, Carlos Alberto Cendales, así como a Walter López y Héctor Sandoval, conductor y camarógrafo de la cadena RCN, también víctimas en el hecho perpetrado por el grupo guerrillero.

Darío Acevedo, director del Centro Nacional de Memoria Histórica, apunta que “los diputados de la Asamblea del Valle asesinados son mártires de la democracia” y añade que “los colombianos no merecimos nunca tanto daño, tantas tragedias, tanto dolor, tanto sufrimiento, tantos millones de viudas, huérfanos y de hogares destruidos. “Terminamos siendo víctimas de paramilitares y guerrilleros que se solazaron con la tragedia”.

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Portada 20 años GutiérrezDesde el año pasado, los sobrevivientes y familiares víctimas del ataque de las Farc a los pelotones de contraguerrilla Texas 2 y Texas 3 del Ejército Nacional, ocurrido el 8 de julio de 1999 en Gutiérrez, Cundinamarca, se reúnen para no olvidar a quienes perdieron la vida por este hecho y para reclamar verdad, justicia y garantías de no repetición.

En Colombia las historias de muerte y desolación a causa de la guerra abundan en la mayoría de los pueblos, por no decir que en todos. El pasado domingo 7 de julio se reunieron más de 100 personas en Gutiérrez, Cundinamarca, para conmemorar uno de los tres ataques guerrilleros perpetrados por las Farc hace veinte años. 

Mujeres, hombres, niños y niñas llevaban en sus manos rosas rojas y blancas que sembraron junto a una piedra en la vereda El Cedral, a escasos kilómetros del casco urbano de Gutiérrez. Allí se abrazaron, cantaron y recordaron a los que la guerra les arrebató el 8 de Julio de 1999, en uno de los ataques más sangrientos que se haya vivido en las cercanías a Bogotá. Una atmósfera propicia para un momento de duelo y encuentro. 

Ese día, los 56 hombres del Batallón de Artillería No 13 “General Fernando Landazabal Reyes” se enfrentaron a más de 500 miembros de la guerrilla de las Farc. Murieron 38 militares, 35 soldados regulares y tres suboficiales. También, se dice extraoficialmente, hubo guerrilleros muertos.

Para la mayor María Fernanda Cifuentes, oficial de víctimas del Departamento Jurídico Integral del Ejército Nacional, quien acompañó la conmemoración, en este hecho se cometieron, por parte de la guerrilla de las Farc, graves violaciones al Derecho Internacional Humanitario (DIH).

“Este fue un ataque indiscriminado, la muerte de nuestros 38 militares fue por tiros de gracia, un delito de lesa humanidad a la luz del Derecho Internacional Humanitario”, comentó la mayor Cifuentes.  

De acuerdo con la oficial, cuando los combatientes dejan sus armas en un enfrentamiento, o lo que militarmente se conoce como deponer, como pasó con algunos soldados en Gutiérrez, “tienen el derecho a que su vida sea salvaguardada, y eso no sucedió acá, fueron vilmente masacrados, y fuera de eso hubo utilización de armas no convencionales como cilindros bomba”, añadió. 

Familiares de las víctimas del ataque se abrazan durante la conmemoración.Familiares de las víctimas del ataque se abrazan durante la conmemoración. - Fotografía: Lizeth Sanabria/CNMH

En Gutiérrez, se conmemoró la vida después de la muerte, en este caso de hombres que estaban prestando servicio militar, con la ilusión, tal vez, de que en el futuro Colombia fuese un mejor país. Pero también se recordó el horror del conflicto para que este no se vuelva a repetir. 

“Me parece excelente que hagan este tipo de eventos, desde el año pasado, después de 19 años de sentirnos olvidados, de sentirnos decepcionados, es algo muy bonito que llegaran a este punto para no olvidar a nuestros compañeros”, dice Marco Tulio Morales, sobreviviente del ataque a Gutiérrez. 

En este caso dos sentencias del Consejo de Estado condenan a la Nación por una desprotección de los militares.

El Consejo de Estado dictamina que este ataque “…da cuenta de varias circunstancias que rodearon la planeación y ejecución de la operación militar que constituyen verdaderas actuaciones omisivas que pusieron a la víctima y sus demás compañeros militares en una situación de indefensión frente al ataque de la subversión”.

Así mismo, las familias de los militares quieren ser reconocidas como víctimas dentro de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) y que su caso sea llevado a la Comisión de la Verdad.

“Presentar una medida de satisfacción en nombre de esas víctimas sobrevivientes y las víctimas indirectas que son los familiares. Todo lo que fueron ataques y tomas guerrilleras fue uno de los componentes del primer informe que presentó la organización ACOMIDES (Asociación Colombiana de Víctimas de Desaparición Forzada y Otros Hechos Victimizantes) a la JEP, que reflejaba los hechos de secuestro y desaparición forzada o los aspectos de ataques a unidades militares”, comparte la mayor María Fernanda Cifuentes. 

El dolor es inevitable en este tipo de espacios, a pesar de los 20 años que han pasado, las heridas siguen abiertas, detalles de la vida. Al escuchar una canción que recuerda un ser querido, o pisar el terreno donde fueron asesinados los hijos de estas madres se remueven sentimientos.

“Queremos que quede en la memoria que gracias a los héroes de Gutiérrez, muchos hoy en día viven, que no nos olvidemos de ellos”, dice Viviana Osorio, hermana del soldado Helmer Revelo Sarmiento, quien murió en este ataque. 

“La verdad es de todos”, expresaron varios familiares durante la conmemoración.  Una frase donde piden saber qué pasó, y a la vez ser escuchados, para que el país conozca sus sentimientos y dolores alrededor de la guerra. 

“Hay esperanza, después de mucho tiempo de nosotros estar creyendo que no teníamos voz, que éramos olvidados de este conflicto y nos dieron una luz de esperanza, de saber que no nos habían olvidado, de que los sobrevivientes todavía estamos en la memoria del Ejército, es un signo de esperanza”, finaliza Marco Tulio Morales uno de los sobrevivientes del ataque a Gutiérrez. 

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Un 10 de julio de hace 15 años las Farc mataron a siete campesinos en San Carlos, Antioquia. Esa fue solo una de las 33 masacres que guerrilleros y paramilitares cometieron en menos de una década en ese municipio.

Después de casi tres años de total abandono, el corregimiento Samaná, en San Carlos, Antioquia, volvió a ser habitado a principios de 2004. Unas 70 personas, que habían huido de sus tierras por culpa de la violencia, creyeron que ya era seguro retornar. Pero no fue así: el 10 de julio, cinco meses luego de su regreso, siete campesinos fueron masacrados por guerrilleros del frente IX de las Farc.

“Se llevaron a todos los hombres, a las mujeres no, y dijeron que si nos poníamos a hacer mucho escándalo que nos mataban a todos por parejo... pero mataron fue a los hombres, que porque estaban cultivando, estaban trabajando en las tierras…”, nos contó una mujer durante la investigación de nuestro informe San Carlos. Memorias del éxodo en la guerra. El miedo forzó a desplazarse a 413 personas.

Ese municipio del oriente antioqueño, ubicado en la zona de embalses que produce una tercera parte de la energía del país, tiene una larga historia de sangre derramada: solo entre 1998 y 2005, los sancarlitanos fueron víctimas de 33 masacres, que dejaron 205 muertos. De esas, 23 fueron cometidas por paramilitares, 6 por las Farc y las demás por grupos sin identificar. Además, en ese mismo periodo, hubo 126 víctimas de asesinatos selectivos, 156 de desapariciones forzadas y 78 de minas antipersonal.

Te invitamos a conocer más acerca del informe "San Carlos. Memorias del éxodo en la guerra"

Hasta antes de 1998, los habitantes de San Carlos recuerdan la presencia cotidiana de las guerrillas: dormían en sus casas, les pedían comida, les robaban animales. Pero la situación empezó a complicarse tras la llegada de los paramilitares en 1999. La guerrilla, que se sintió acosada, empezó a aumentar los retenes, los robos, las minas, los secuestros, las amenazas y los asesinatos selectivos. Y los paramilitares, para desplazar a la guerrilla e implantarse en el territorio, expusieron también su peor repertorio violento.

En nuestro informe explicamos que las masacres fueron parte esencial de la guerra en San Carlos por tres razones. Primero, por su intensidad y persistencia: muchas en muy poco tiempo. Segundo, por el exceso de violencia, la crueldad y en algunos casos la sevicia. Y tercero, por su potencial comunicativo para amplificar el terror. También identificamos tres tipos de masacres: en las que los habitantes fueron convocados y luego asesinados en público, en las que los armados recorrieron rutas del terror por varias veredas y en las que los victimarios instalaron retenes y “lista en mano” buscaron a sus víctimas.

Para los paramilitares, dice la investigación, se trataba de romper lazos sociales y “demostrarle a la población local la incapacidad de la guerrilla para protegerlos y la vulnerabilidad del territorio bajo su control”. Mientras que para la guerrilla las masacres “eran estrategias militares decididas y pensadas como retaliación frente a acciones de los paramilitares”.

La población civil, de poco más de 25 mil habitantes, quedó en medio de esa disputa, en una época recordada por las víctimas como “la guerra total”. Fue tan grave que, según cifras del Registro Único de Víctimas, casi 18 mil personas se desplazaron entre 1998 y 2005. “El desplazamiento fue una estrategia directa que los diferentes grupos armados emplearon para generar el desalojo y obtener el control de territorios con alto valor geoestratégico en el marco de la confrontación armada, o para desterrar a quienes consideraban enemigos directos o colaboradores del bando contrario”, explicamos en el informe.

Te invitamos a conocer el documental "Memorias del éxodo en la guerra"

Ante la devastación del territorio, el exterminio del movimiento cívico y la violencia contra líderes y personas del común, los habitantes de San Carlos buscaron formas individuales y colectivas para resistir o sobrellevar el dominio de los grupos armados: usar los espacios a horas determinadas, adoptar lenguajes cifrados para comunicarse, acudir a su tradición religiosa, no entregar las escuelas a los armados, tratar de negociar con sus victimarios y hasta conformar grupos para enfrentarlos directamente.

También, a medida que pudieron retornar, crearon iniciativas de memoria histórica y reconstrucción del tejido social. Una de las más importantes fue el Centro de Acercamiento para la Reconciliación y la Reparación (CARE), un lugar de memoria que la comunidad creó en 2008 en un edificio que había sido usado por paramilitares y narcotraficantes. A ese lugar se le suman otras iniciativas, como jardines de memoria o mingas muralistas, con las que los habitantes de San Carlos le apuestan a comprender y resignificar lo que pasó en la guerra.

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portada chiva bomba toribioEl 9 de julio de 2011, las Farc hicieron estallar una chiva bomba frente a la estación de Policía de Toribío, Cauca, el municipio con más incursiones guerrilleras en el país.

En Toribío estaban acostumbrados a los estruendos, pero ninguno como el de la mañana del 9 de julio de 2011. Era sábado, día de mercado, y la gente recorría las calles alrededor de la plaza. Los niños jugaban y los adultos cargaban alimentos de un lado a otro cuando, a las 10:30, sonó la primera ráfaga de disparos. Después otra y otra más. Y luego ese ruido que nadie pudo adivinar hasta minutos después: el de una chiva bomba que las Farc hicieron estallar junto a la estación de la Policía.

La guerra ha sido inclemente en el norte del Cauca y ese día es uno de los que peor recuerdan sus habitantes, casi todos indígenas: murieron 3 personas —el cerrajero, el carnicero y un gallero—, 103 quedaron heridas y 460 casas fueron destruidas, según el reporte que dio días después el exalcalde Carlos Banguero. Aunque los ataques, hostigamientos y tomas guerrilleras eran frecuentes, la chiva bomba les sembró una profunda desconfianza: entre otras razones, ese mismo carro los transportaba diariamente por las montañas del departamento.

Varias fuentes coinciden en que Toribío es el municipio que más ataques y hostigamientos guerrilleros ha sufrido en el país. Nuestro informe Tomas y ataques guerrilleros (1965-2013) dice que hubo 32 incursiones en ese periodo. La Policía dice que fueron 72 hostigamientos y un asalto entre 2003 y 2016. La Personería dice que fueron 208 hostigamientos entre 2008 y 2015. Y organizaciones civiles, como Proyecto Nasa, dicen que entre 1983 y 2009 fueron más de 600 hostigamientos.

Te invitamos a conocer más acerca del informe "Tomas y ataques guerrilleros"

Más allá de las precisiones conceptuales entre ataques, tomas y hostigamientos, que desarrollamos en el primer capítulo de nuestro informe, las cifras muestran que el Cauca fue uno de los departamentos con mayor presencia guerrillera. En esa investigación explicamos que las incursiones de las Farc, que fue el grupo que más usó esta forma de violencia en el país, tenían dos objetivos principales en esa región: mantener despejado de fuerza pública el corredor entre el norte del Cauca y el Valle, Tolima, y Huila, y profundizar su influencia en territorios indígenas para incluirlos en su agenda política.

Una de las 460 casas destruidas por la chiva bomba.Una de las 460 casas destruidas por la chiva bomba. - Fotografía: Daniel Sarmiento/CNMH

A pesar de la magnitud de esa violencia, los indígenas caucanos se han caracterizado por su fortaleza para mantener su autoridad sobre el territorio y promover sus formas de vida. En el informe “Nuestra vida ha sido nuestra lucha. Resistencia y memoria en el Cauca indígena”, que publicamos en 2012, decimos que aunque esa región “se convirtió en un teatro regional de guerra estable, las comunidades reforzaron sus estrategias de resistencia y desplegaron importantes iniciativas”.

Te invitamos a conocer más acerca del informe "Nuestra vida ha sido nuestra lucha"

Algunos ejemplos son las “Audiencias por la vida, por la paz y contra la guerra” lideradas por la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca (ACIN), con las que exigieron la desmilitarización completa del territorio, o la presencia de la Guardia Indígena de los Nasa, ganadora del Premio Nacional de Paz en 2004, que busca proteger su cultura ancestral y el ejercicio de la justicia propia.

En 2013, con el desescalamiento de la guerra que produjeron los diálogos de paz entre el Gobierno y las Farc, los indígenas quisieron cambiarle la cara a Toribío, que por muchos años estuvo lleno de grafitis alusivos a las guerrillas. Ese año fue la primera Minga Muralista del Pueblo Nasa, que repitieron en 2017, y entre las dos pintaron decenas de murales para exaltar sus tradiciones y oponerse a la guerra. Uno de los más famosos dice “Menos bazuca y más yuca”.

Te invitamos a conocer más acerca del micrositio de la "Minga Muralista"

Ocho años después, el recuerdo de la chiva bomba sigue vivo y en el pueblo aún se notan los impactos de esa explosión, pero sus habitantes quieren dejar atrás el estigma de la guerra. Desde hace años repiten una y otra vez que “Toribío no es como lo pintan sino como nosotros lo pintamos”.

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Portada Conmemoración GutiérrezEste domingo 7 de julio, desde las 8:00 a.m. se llevará a cabo la conmemoración de los 20 años del ataque a Gutiérrez, Cundinamarca, perpetrado por las Farc, donde, 35 soldados y tres suboficiales murieron, algunos en combate y otros en estado de indefensión.

A poco más de tres horas en carretera desde Bogotá se llega a Gutiérrez, Cundinamarca. Allí, en la madrugada del 8 de julio de 1999, se vivió uno de los ataques más sangrientos de la guerra en el centro del país entre miembros de la Fuerza Pública y la guerrilla de las Farc.

Ese día, según el Ejército Nacional, alrededor de 500 miembros de las Farc, al mando de Henry Castellanos Garzón, alias 'Romaña', llegaron al municipio de Gutiérrez con el fin de atacar a los pelotones contraguerrilla, compuestos por menos de 60 hombres del Ejército, que en su mayoría eran jóvenes de 18 y 19 años que estaban prestando el servicio militar.

Las Farc veían en el municipio de Gutiérrez un corredor estratégico que les permitía conectar a las diferentes estructuras del Bloque oriental de este grupo armado con la ciudad de Bogotá; “sin embargo, la presencia del Batallón de Artillería N° 13 'General Fernando Landazábal Reyes' se convertía en un obstáculo para conseguir su propósito. Por esta razón, se planeó el ataque en contra de las tropas que hacían parte de esta Unidad militar”, dice el Ejército Nacional. 

Por este hecho fue condenada la Nación, a raíz de las condiciones de desprotección de los soldados, que pudieron ser evitadas por el Ejército Nacional. Y hoy, 20 años después, las familias de los militares quieren ser reconocidas como víctimas dentro de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) y que su caso sea llevado a la Comisión de la Verdad. 

El Centro Nacional de Memoria Histórica explica en su informe “Tomas y ataques guerrilleros” que, además de estos ataques, las incursiones a cabeceras municipales y centros poblados “tuvieron un lugar central en la tarea de desmoronar paulatinamente la presencia del Estado en los escenarios locales y regionales.(...) Presentaron una amplia gama de fines que cambiaron con el tiempo debido a las dinámicas de la guerra. Pasaron de ser propagandísticas en su origen a tener unos objetivos plenamente articulados a una estrategia de acumulación territorial, es decir, ampliar las retaguardias de los frentes, mantener los corredores de comunicación y afianzarse en zonas estratégicas por sus recursos o por sus ventajas políticas y militares”. 

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Este domingo 7 de julio en Gutiérrez, se hará memoria sobre los hombres que murieron en este ataque. Las familias realizarán una caminata hacia el terreno donde, el año pasado, sembraron un árbol por cada soldado ausente por causa de estos hechos. Tras ese momento íntimo, se llevará a cabo, en la cabecera municipal, una misa y un acto de honor por parte del Ejército Nacional, para rendir homenaje a estos jóvenes. 

Para Viviana Osorio, hermana del soldado Helmer Revelo Sarmiento quien murió en este ataque, esta conmemoración significa que sus seres queridos no sean olvidados y “lo más importante, transmitir el dolor de una partida que, podrán pasar años, pero sigue latente. Expresar lo injusta que nos parece esta guerra que no solo quita vidas, si no que se lleva consigo una infinidad de cosas. De alguna forma, este evento nos hace estar más cerca a lo último que vivieron y tratar de apaciguar este sentimiento de rabia, de impotencia”.

Para Mónica Andrea Ñañez, directora de la ONG Mil Víctimas del Conflicto, es muy importante dignificar la memoria de estos jóvenes, “y acompañar a los sobrevivientes, así como a las madres, hermanas e hijas, para demostrarles que no están solas”.

Viviana añade “más que solo recordar a mi hermano, [se trata de] recordar a chicos jóvenes, muy jóvenes, con sueños y metas. Muchos de ellos con ganas de sacar adelante a su familia. Chicos que les gustaba jugar fútbol, escuchar música. Les encantaba cierta comida. Quisiéramos que recordarán su juventud y lo mucho que les faltó vivir y [que], aunque no lo decidieron en primera instancia, sabían que sí era necesario, tenían que dar su vida por la patria, por su bandera, por su familia y demás”. 

Conmemoración 

Lugar: Gutiérrez, Cundinamarca 
Día: 7 de julio
Hora: 8:00 a.m. 

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La guerra en Colombia dejó 1.214 militares y policías secuestrados por las guerrillas de las Farc y el Eln. Sus memorias, plasmadas en nuestro más reciente informe “Recuerdos de selva. Memorias de integrantes de la Fuerza Pública víctimas de secuestro”, que hoy presentamos de manera digital, hacen parte de una serie de trabajos realizados por el CNMH desde el 2014.

El secuestro perpetrado por las Farc produjo unas de las imágenes más indignantes del conflicto armado colombiano: personas encadenadas, demacradas, algunas veces encerradas entre alambres de púas, tratando de mantener la compostura mientras grababan un mensaje en video como prueba de supervivencia.

Esas imágenes, que se convirtieron en el retrato de la degradación de la guerra, quedaron grabadas en la cabeza y corazón de gran parte de los colombianos. Según el Observatorio de Memoria y Conflicto del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH), un total de 31.021 personas fueron secuestradas en los últimos 50 años, de ellos, 1.214 eran militares y policías.

¿Qué pasó con ellos después de esos largos años de encierro? Esa es la pregunta que busca responder el informe Recuerdos de selva. Memorias de integrantes de la Fuerza Pública víctimas de secuestro, la tercera entrega de un proyecto que inició en el 2017, y que hoy es presentado de manera digital al público.

“Queríamos revisitar a las personas que padecieron este flagelo y preguntarles en sus propios términos qué fue el secuestro para ellos”, dice María Juliana Machado, relatora del proyecto. Y continúa: “pero más allá de eso, queríamos aprovechar la oportunidad para preguntar ¿cómo es la vida después del secuestro?, ¿cómo han reconstruido sus proyectos de vida? Las personas tuvieron la oportunidad de narrar otros aspectos del secuestro que no habían contado antes”.   

De manera respetuosa con el dolor de las víctimas, el CNMH ha buscado ir en sus trabajos más allá de las lógicas de horror, impuestas por la violencia, como único discurso de lo sucedido. Con esta mirada, en diciembre de 2018 se publicó el informe El caso de la asamblea del Valle: Tragedia y reconciliación, que se convirtió en el primer ejercicio de memoria histórica realizado por los familiares de los diputados del Valle secuestrados el 11 de abril del 2002 por la guerrilla de las Farc. Y ahora, en Recuerdos de selva, nos acercamos a la vida de 16 militares y policías secuestrados por las guerrillas de las Farc y el Eln.

Los momentos de Recuerdos de selva

El informe está dividido en cuatro partes: Quedar secuestrado por el enemigo, El tiempo en pausa del secuestro, La cotidianidad: un entretejido entre daños y resiliencias, y El retorno a la vida en libertad. En ellas está el registro del horror y los daños sufridos por los secuestrados, durante meses y años, en poder de las guerrillas, pero, sobre todo, están las historias de resiliencia de esas víctimas: los desafíos que implicó regresar a la libertad y el nuevo rumbo que tomaron sus proyectos de vida.

En estas páginas el lector se encontrará con el testimonio de José Libardo Forero, policía secuestrado por las Farc durante 12 años, nueve meses y dos días, diciendo: “si esto va a ser una memoria, sirve para que en el futuro las instituciones sepan y entiendan que los que damos la vida por defender una bandera y un escudo, somos humanos, somos seres humanos”.

Y el de Antonio Erira, militar secuestrado por el Eln en 1998, asegurando que durante el secuestro “teníamos un grupito con los policías que nos gustaba mucho el deporte y entonces para pasar el día le dije ‘¡montemos un gimnasio!’, ‘pero ¿cómo? ¿Con qué?’, me dicen, ‘¿cómo vamos a hacer un gimnasio aquí?’, le dije ‘hágame caso, ¡Sígame la idea!’”.

Y también el testimonio de Juan Carlos González Pascuas, secuestrado en 1999 también por el Eln, contando que al ser liberado sus mayores anhelos eran “comerme un pollo asado” y “una pasta de jabón de baño, podérmela echar… apenas llegué a la casa me eché fue un tarro de champú hasta que casi me lo gasto todo (risas)”.

“Los ejercicios de memoria se desarrollaron en escenarios de encuentros grupales con el objetivo de aportar a la dignificación, reconocimiento y visibilización de las víctimas de secuestro integrantes de la Fuerza Pública y sus familias”, explica la relatora María Juliana Machado. Además, dice que sus relatos reflejan tanto sus  vivencias dentro de la institución, como “la humanidad y cotidianidad que trasciende su rol en el Ejército, la Policía o la Armada”. Once de los 16 personajes de este libro, fueron secuestrados por las Farc y cinco por el Eln. La mitad estuvieron secuestrados entre uno y tres años, otro tuvo un secuestro de tres días y, el más largo, estuvo en la selva durante trece años.

Escuchar es tan importante como hablar a la hora de construir memoria. Entre el grupo de personas que hicieron parte de Recuerdos de selva. Memorias de integrantes de la Fuerza Pública víctimas de secuestro había uniformados que nunca habían contado su historia, y para ellos era tan importante tener la posibilidad de oír a sus compañeros, como la de hablar frente al resto. Esta fue, además, una oportunidad para construir lazos de solidaridad. Así, a través del compartir, se fueron forjando dos estructuras que guían el informe: el tiempo en cautiverio y la liberación.

Este ejercicio de memoria, se suma a otros realizados por el CNMH con víctimas del conflicto armado del Ejército, la Policía y la Armada, como Esa mina llevaba mi nombre, la serie radial Los pasos rotos, el informe de esclarecimiento La guerra escondida. Minas Antipersonal y Remanentes Explosivos en Colombia y el especial transmedia Relatos de selva, ejercicio que se hizo en paralelo a esta investigación que hoy presentamos.

Así mismo, van en concordancia con el propósito del CNMH de reconstruir las memorias de las víctimas de la Fuerza Pública y resaltar el trabajo que en ese sentido vienen realizando el Ejército, la Policía y la Armada.

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Ángela Giraldo Cadavid, hermana de Francisco Javier, diputado del Valle del Cauca asesinado por la exguerrilla de las FARC junto a otros colegas, destacó la labor del CNMH  en el proceso de memoria realizado en torno a este crimen e hizo recomendaciones para la exposición “¡Suenan por ti!”.

En una comunicación dirigida a Darío Acevedo, director general del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH), Ángela Giraldo Cadavid, hermana de Francisco Javier Giraldo Cadavid, diputado del Valle del Cauca, asesinado por la exguerrilla de las Farc, pidió tener en cuenta algunos ajustes en la exposición “¡Suenan por ti!”, que actualmente se exhibe en la Asamblea de ese departamento, en la ciudad de Cali.

La señora Giraldo Cadavid, en la comunicación -que está anexa de manera completa en la parte inferior de este artículo- agradeció el trabajo y homenaje que la entidad realizó con familiares de los asambleístas, del subintendente de la Policía y de los miembros de RCN asesinados por el entonces grupo ilegal, y hace recomendaciones para aclarar algunas fechas y “llamar este hecho por su nombre: los diputados no murieron, fueron asesinados a sangre fría, con 95 disparos de fusil AK-47, arma usada por las Farc”.

“En primer lugar, dice la carta, quisiera pedirle colocar (en la exposición) la fecha del secuestro de los diputados, 11 de abril de 2002, así mismo modificar la fecha en la que indican que las Farc hizo público el asesinato de los diputados; aunque el comunicado tiene fecha del 23 de junio de 2007, las Farc lo publicó el jueves 28 de junio de 2007”.

El 11 de abril de este año, día en que se lanzó la exposición, el director del CNMH, Darío Acevedo, expresó en la Asamblea del Valle del Cauca que “(…) No hay ni puede pretextarse una causa que justifique tales hechos atroces. Ni siquiera puede ser válido ni reconocido como argumento exculpador lo sostenido por estos grupos al margen de la ley en el sentido de que ellos tienen su propio código y no tienen por qué atenerse a este cuerpo normativo, ya que son insurrectos”.

Esta muestra, sobre el secuestro por parte de la guerrilla de las Farc  de 12 diputados de la Asamblea del Valle del Cauca, y el posterior asesinato de 11 de ellos, se encuentra abierta al público desde el pasado 11 de abril en la Asamblea Departamental de Cali. En ella se realiza un tributo a los diputados, al subintendente de la Policía Carlos Alberto Cendales, al conductor Walter López, y al camarógrafo de  RCN, Héctor Sandoval. Estos últimos tres fallecieron en el operativo del secuestro.

El trabajo del CNMH se realizó desde la voz de las familias que vivieron el drama del secuestro durante cinco años y que nunca dejaron de buscar la libertad de sus seres queridos, y todas las piezas comunicativas fueron concertadas con ellos. Por tal motivo el Director del CNMH expresó que se realizarán reuniones con los familiares para resolver estas inquietudes.

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